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martes, 24 de mayo de 2011
CAFÉ PEREC

Empobrecimiento

Se ha visto que los tuits son un atentado contra la complejidad del mundo que pretenden leer

Pocos dudan que Internet sea una revolución tan importante como la que produjo Gutenberg con la imprenta. Sobre el futuro del lenguaje, en cambio, hay más dudas, porque todo indica que este ha empezado a perder parte de su energía y en consecuencia el género humano está volviéndose menos humano. Ese es el peligro real que, entre otros, ya advirtió George Steiner en 1971, cuando habló, largo y tendido, del periodo de cambios profundos que comenzábamos a atravesar y citó unos versos maravillosos de Wallace Stevens sobre el mundo de las hojas. Aquellas páginas de Steiner parecen escritas hoy mismo. Pero lo que sí fue escrito hace unas horas, en plena Spanishrevolution, es este tuit: "No había caído hasta hoy en que estamos en mayo. ¿Es el Mayo del 11 que contaremos a nuestros nietos?".

Supongamos que perdura en la memoria el Mayo español y un día hay que contarlo a los nietos. ¿Cómo se contará? Esa es la cuestión, que diría Hamlet. ¿Se narrará utilizando todos los resortes literarios de la complejidad que tanto pueden ayudar a profundizar en el laberinto de la realidad, o bien con el lenguaje surgido de la taquigrafía del tuit? En la Spanishrevolution se ha visto cómo los tuits son un atentado contra la complejidad del mundo que pretenden leer. Tal vez tanta simpleza esté relacionada con el hecho de que la biblia de los rebeldes hispanos sea ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel, un librito de menos de 30 páginas (desde luego un tomito óptimo para un país de lectores perezosos), cuyo propio autor, hombre honesto, viene rogando a sus gandules seguidores que acudan a libros mucho más consistentes y elaborados que el suyo, libros como La voie (La vía), de Edgar Morin, o el ensayo de Susan George, Sus crisis, nuestras soluciones.

El problema de fondo ya estaba hace 40 años cuando Steiner advirtió de que se iban a modificar las formas de comunicación y que era preciso tener bien claro lo que estaba en juego, pues lo mejor del hombre se había relacionado con el milagro del lenguaje, y hasta entonces la humanidad y ese milagro habían sido indivisibles. Antes del hombre, venía a decir Steiner, solo existía un caótico mundo orgánico y animal, poblado de mensajes no humanos. Todo esto lo decía en 1971, poco después del famoso Mayo francés y en pleno ascenso de la generación de los baby-boomers, la generación de Tony Judt, nacido en 1948, muy crítico con ese Mayo francés que jugó tan infantilmente a hacer la revolución. En El refugio de la memoria -libro verdaderamente memorable- nos advierte Judt de que cuando las palabras pierden su integridad, también lo hacen las ideas que expresan. Muy duro con Facebook y Twitter -mundos en los que cree registrar que la concisa alusión sustituye siempre a la exposición-, cree Judt que Internet fue una oportunidad para la comunicación sin límites, pero el sesgo cada vez más comercial del medio ha traído consigo su empobrecimiento: "En la generación de mis hijos, la taquigrafía comunicativa propiciada por su hardware ha comenzado a calar en la comunicación misma: la gente habla como en los mensajes".

El empobrecimiento ya está aquí. Lo registramos en la economía, por supuesto, pero también en el lenguaje raquítico de los políticos y también en el habla tuitera, incapaz en muchos casos de pasar de la lectura de 30 páginas al año. Se está demoliendo el antaño asombroso poder de las palabras para analizar el mundo. Y, como dice Judt, más que padecer la aparición de la "neolengua", nos amenaza el auge de la "no-lengua".

Imposible no recordar a Wallace Stevens cuando escucha, un día invernal, las señales premonitorias de la catástrofe. Capta que ha desaparecido el hálito de héroes sin aliento, e incluso todo murmullo humano, y oye solo un susurro de hojas que no se trascienden a sí mismas, hojas carentes de imaginación, sin significar más de lo que son al encontrarse con el aire, en la cosa misma. "Hasta que finalmente el susurro no le interesa a nadie", concluye.

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