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domingo, 7 de noviembre de 2010
Reportaje:

Luanda cara y pobre

Tiene crudo. Mucho. Y las petroleras, las inmobiliarias, los bancos y China la han elevado a la cúspide en la lista de ciudades más encarecidas del mundo en 2010. Pero la capital de Angola es mayoritariamente pobre. Sus calles muestran la convivencia extrema entre escasez y opulencia en África. Otro buen ejemplo de espejismo económico.

Desde la planta 25 del hotel Presidence, el panorama de la ciudad más cara del mundo es una alucinación, un bosque de grúas sumergido en humo de tráfico y colores de arrabal; entre el sueño que levanta el dinero y el caos de la miseria. La ciudad más cara del mundo no está en Suiza, EE UU o Japón. Ni en China o Rusia. Tampoco figura en ninguno de los países conocidos como "tigres asiáticos", ni en las economías emergentes. Está en África, continente rico en materias primas y maldito por décadas de colonialismo, guerras, sequías, enfermedades, hambrunas y gobernantes sin escrúpulos. La urbe más cara del planeta para los expatriados, según un estudio pormenorizado de la consultora internacional Mercer, es en 2010 Luanda, capital de Angola (en 2009 lo fue Tokio, hoy en segundo lugar). Una ciudad con casi cinco siglos de vida desde su fundación por los portugueses en un puerto natural en el Atlántico, y una nación que ha padecido y padece varios de los grandes males africanos. El más grave, la guerra que duró 38 años, primero contra las tropas coloniales portuguesas y luego entre grupos guerrilleros que lucharon por la independencia (1975). Una guerra que devastó el 70% de las infraestructuras y dejó el país sembrado de minas. El Gobierno -J. E. dos Santos es presidente de la república desde 1979; las primeras elecciones democráticas de 2008 ratificaron al Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), en el poder, al derrotar a la opositora Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA), el gran enemigo durante la guerra civil- ha recuperado la red principal de carreteras entre Luanda y las provincias, pero hay miles de kilómetros de rutas secundarias y puentes por reconstruir.

Un hotel cuesta desde 350 euros al día; alquilar un piso, 9.000 al mes

"Apenas hay producción propia, Todo es caro por-que todo ES importado"

Los barcos repletos de mercancías se pasan meses anclados en el puerto

Su economía gira sobre el oro negro. China es su primer comprador

Con la firma de la paz en 2002, Luanda se convirtió en un hervidero de obras, donde proliferaron los rascacielos, sedes de compañías petroleras, de seguros y bancos, que han enriquecido a promotores inmobiliarios. Las Torres Atlántico, frente a la bahía de Luanda, que albergan las sedes de tres empresas petroleras, Sonangol (la compañía estatal), Esso y British Petroleum (BP), y un edificio de pisos, 250 millones de euros de inversión; la Torre Angola, de 70 pisos, en fase de construcción, y la torre China International Fund, son símbolos del boom económico de Angola que ha dado a luz a la nueva Luanda, una especie de El Dorado para modernos pioneros, hombres de negocios de todo el mundo, y a otras cosas. Durante los primeros años de la posguerra, las críticas a la corrupción imperante en la nueva Administración fueron constantes por parte del FMI y los países donantes, que veían cómo millones de dólares en ayuda se esfumaban del presupuesto del Estado. La corrupción (figura entre los 20 países más corruptos) y las pésimas condiciones de vida de la mayoría de angoleños no han desaparecido del escenario.

"Un termitero", así define el escritor luso José Eduardo Agualusa, hijo de colonos blancos portugueses, la atmósfera de Luanda, con su arquitectura colonial decadente, castigada por impactos de mortero; con los rascacielos que brotan, irregulares, clavados en el enredo de calles demasiado pequeñas y destrozadas para permitir el flujo de todoterrenos y coches de alta gama. En el tráfico congestionado de Luanda, recorrer un kilómetro puede suponer horas, no en vano algunos vehículos llevan tele incorporada; las fuerzas del orden no parecen ayudar a mejorar el tránsito, convirtiendo la "gaseosa", la manera amable de pedir el soborno, en la insistente palabra clave de la capital.

Porque aquí no hay taxis. Para qué, si apenas hay turistas, deben pensar las autoridades municipales. El transporte público está en manos de los candongueiros, minibuses blanquiazules que serpentean por la ciudad por 100 kwanzas (0,7 euros) cargados con hasta 20 pasajeros apiñados en un calor húmedo e insufrible. Las plazas hoteleras en Luanda son limitadas. Por una habitación se debe casi suplicar aquí, conseguirla cuesta tiempo y dinero, no menos de 350 euros diarios. Los pisos de alquiler oscilan entre 3.500 y 14.000 euros al mes, y un almuerzo en un restaurante no baja de 35. El salario mínimo oficial es de 143, pero muchos no ganan más de 36. Dos tercios de la población cuenta con apenas 1,4 euros al día.

Los millones de pobres sobreviven en este lugar de precios disparatados gracias al pulmón del comercio local que es Roque Santeiro, uno de los mercados al aire libre más grandes de África, donde es posible toda compraventa. Ropa, comida, reparaciones, cursos de inglés, hasta pequeños cines en tiendas que emiten el último éxito local. Roque Santeiro es un mercado informal creado por el Estado en una superficie de dos kilómetros cuadrados que tuvo una importancia capital en la economía de Luanda durante 25 años. El volumen de negocios ronda los ocho millones de dólares diarios. En agosto pasado, el Gobierno cerró el mercado que estaba junto al puerto y lo trasladó a 30 kilómetros de la ciudad, por razones de salud pública y delincuencia.

Son algunas estampas de esta ciudad extrema, en la que un técnico expatriado de Washington tiene que duplicar sus ingresos para mantener un poder adquisitivo similar, aunque la calidad de vida no sea la misma, dice el economista angoleño Manuel Ennes Ferreira, que emigró a Lisboa con 25 años en 1980. Vivió los tiempos duros de la guerra, fue dirigente del MPLA, hasta que se pasó a las filas de la disidencia. Ex consultor del Banco Mundial y la CE, entre otros, asegura que todo es muy caro "porque todo es importado, la producción local es casi inexistente. Los costes de importación, transporte y comercialización son elevadísimos y, además, en Luanda no hay competencia porque impera un oligopolio cuando no un monopolio". Las causas de la locura de precios en la capital angoleña no terminan aquí. "No hay suficiente electricidad porque las presas no consiguen abastecer la demanda", prosigue. "La mayoría de empresas tiene generadores que queman fuel por el que pagan un alto precio".

Los costes de transporte, una de las razones de la carestía de la vida en Luanda (algunos ejemplos: caja de queso de untar, 14 euros; cubo de fregona, 70; hamburguesa, 13...), tienen que ver con el funcionamiento deplorable del puerto, carcomido por la ineficiencia y la corrupción. El mar del Marginal, la bahía del paseo marítimo, es verde, químico, está muerto. Y los barcos, repletos de mercancía, permanecen anclados, quietos durante semanas y meses, con la tripulación hundida en el aburrimiento, como si Angola pudiera permitirse el lujo de tirar el dinero. Y no. Su industria es paupérrima; necesita desesperadamente los materiales que no sabe producir por sí misma y la mano de obra que llega de China, Brasil y Portugal, tres de los grandes suministradores.

Hoy en Angola, como en casi todo el continente africano, brigadas de obreros chinos trabajan de sol a sol (capaces de levantar edificios de 20 plantas en dos meses, encerrados en el recinto de obra, con camas calientes) en la construcción de autopistas de seis carriles, puentes, hospitales, presas, centrales eléctricas... El trato es simple. China pone en pie las infraestructuras inexistentes a causa de la guerra o el subdesarrollo a cambio de las materias primas que necesita para alimentar su propio crecimiento: cobre, madera, hierro, aluminio, níquel... En este caso, el material de intercambio es el petróleo. Angola (1,9 millones de barriles/día) es junto a Nigeria (2,1 millones) el mayor productor de crudo de África.

La dependencia del petróleo de la economía angoleña coloca al país en una situación volátil, con altos y bajos, según el vaivén del precio del crudo. En 2007, cuando el barril estaba a 64,2 euros, su economía creció el 21%. Pero la mayoría de los 17 millones de angoleños (la mitad, menores de 20 años) son sumamente pobres. Un informe de Save the Children indica que Angola tiene el mayor índice de mortalidad infantil del mundo en relación a la riqueza nacional, y está en el furgón de cola en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU, con desigualdades sociales gigantescas, epidemias de cólera y sin posibilidad de alcanzar ninguno de los Objetivos del Milenio para el Desarrollo (salud, educación, reducción de pobreza). Gran contradicción: ha exhibido un crecimiento económico imparable en la última década y, al tiempo, pésimas estadísticas sociales... El PIB per cápita ronda los 2.500 euros; el general, los 46.430 millones.

Algunos analistas opinan además que el vigor inaudito de la economía angoleña es ya agua pasada. El FMI prevé un crecimiento para 2011 del 4,5% del PIB. "Vamos a entrar en un nuevo ciclo recesivo, lo que tendrá impacto en la búsqueda de materias primas. Los dos dígitos se acabaron", subraya Ennes Ferreira. Además de petróleo, Angola tiene diamantes, pero el mercado internacional de piedras preciosas cayó y hoy es negocio poco rentable. Las exportaciones de diamantes no llegan a los 1.428 millones de euros anuales, cuando el petróleo supone 28.570 o 35.700 millones.

Así, su economía gira alrededor del oro negro, que genera el 80% de los ingresos del Estado. Recientemente, la petrolera italiana ENI anunció el descubrimiento de un nuevo yacimiento (junto al socio angoleño Sonangol) a 129 kilómetros mar adentro. La perforación llegó hasta 2.300 metros de profundidad y alcanzó dos depósitos, con capacidad para extraer 6.000 barriles diarios.

China es el primer comprador del petróleo angoleño desde que recientemente superó a Estados Unidos. Muchos préstamos bancarios de China a Angola están cerca de su cancelación. El Gobierno albergó un tiempo la esperanza de que Angola sería para China el socio preferente en África. Y que llegarían grandes inversiones a largo plazo en agricultura y creación de un tejido industrial. Sueño roto. China construyó infraestructuras, pero los obreros se marcharon. No era una ayuda desinteresada, y Angola no es la cabeza de puente del gigante asiático en África, a pesar de que su presencia es visible en Luanda, Huambo, Lobito y zonas del interior, donde carteles en caracteres chinos indican la ejecución de grandes obras.

El profesor Ennes Ferreira sospecha que los dos Gobiernos pueden preparar, de cara a las elecciones de 2012, un nuevo acuerdo de cooperación económica en el que las infraestructuras estarán dirigidas al sector vivienda. Algo que el presidente Dos Santos prometió al ganar las elecciones: construir un millón de casas en esta legislatura.

Luanda tiene escasez crónica de viviendas. Salta a la vista. Más de cuatro millones de habitantes (son seis, en total) viven hacinados en los barrios de musseques, un inmenso mar de chabolas en la periferia, que nacieron desordenadamente en la guerra, sin agua ni luz y sin mínimas condiciones de habitabilidad. Allí es donde suenan los ritmos de la kizomba, la semba y el kuduro, danza histérica y tarantulada, género musical que mezcla ritmos electrónicos con el hip-hop suburbial que Angola ha conseguido proyectar al mundo. Su inventor, Tony Amado, vivía con sus cinco hijos hasta hace nada en las musseques, en una de esas casas sin puertas ni ventanas. Y en Benfica, también en las afueras, vive Arauis con su mujer y tres niñas sonrientes llenas de trencitas de colores. "Aquí no hay agua ni electricidad", cuenta. "Cada 15 días tenemos que llenar los pozos contratando camiones cisterna, los mismos que transportan gasóleo. No tenemos alternativa, moriremos jóvenes". Seguramente. En el país donde se alza la ciudad más cara del mundo, la esperanza de vida no llega al medio siglo.

Y tampoco Luanda, esta suerte de far west actual, es meta para turistas. Sobre todo por la enorme dificultad para conseguir un visado -que no existe como tal, sino bajo el eufemismo "visado de corta duración"-, lo cual es muestra del férreo control político imperante. No hay criterio mínimamente claro en el consulado angoleño en Lisboa a la hora de emitirlo o denegarlo. Una vez en el país, el viaje más difícil es, sin duda, a Cabinda, el enclave del norte, entre Congo Brazzaville y la República Democrática del Congo. El 60% de la producción de petróleo angoleño se extrae de esta provincia, que también tiene oro y recursos forestales. El Frente de Liberación del Estado de Cabinda combate desde 1975 por la independencia del enclave. Su última aparición dejó dos futbolistas y un conductor muertos en un atentado terrorista contra la selección de fútbol de Togo en la Copa de África. Para Cabinda hace falta un permiso especial, que se da con cuentagotas. No quieren testigos incómodos, o desconfían de todos.

Aun así, la paz y el crecimiento atrajeron a Angola a portugueses y brasileños que creyeron ver en ella la alternativa a Portugal. Oleadas han llegado a la tierra bendita por la naturaleza, rica en oro, cobre, mármol y granito, azúcar y café. Junto a los cuadros técnicos y trabajadores de baja cualificación, reclamados por empresas angoleñas y portuguesas, hay un porcentaje de aventureros y pequeños empresarios por cuenta propia que buscan suerte. Muchos duran poco en la disparatada Luanda y se adentran en las provincias del interior. Ennes Ferreira critica lo que denomina "comportamiento de manada" de "miles de empresas que se lanzaron a la aventura angoleña sin calcular riesgos. Había que invertir en Luanda para ser considerado un empresario de éxito".

Thiago Patricio, de 32 años, consejero delegado de Monteadriano, un grupo del sector de la construcción, afirma que Angola es tierra de oportunidades. Una tercera parte de su volumen de negocios proviene de Angola. "Preparamos la infraestructura logística para el arranque de las obras", explica. "Era difícil entrar en el interior del país, no había carreteras ni autopistas, nuestra especialidad. Comenzamos por Huambo. En un año construimos 170 kilómetros allí. Es un gran mercado para nosotros. Llegamos a tener 1.600 trabajadores, 250 portugueses, el resto angoleños. El Gobierno ha mejorado en control y planificación, la Administración funciona mejor". ¿Corrupción? Pelotas fuera. "Es un problema mundial. Quien está en los negocios debe estar atento. Ha mejorado". Manuel Borges, ingeniero, es gerente de una empresa de consultoría de proyectos. Nació y vivió en Angola hasta los 13 años. Regresó a los 47. Recuerda los 38 de guerra para subrayar que esta es una nación muy nueva, "sin tiempo para recuperarse y crear infraestructuras. El desarrollo agrícola está en fase inicial, el Estado no ha tenido tiempo de estructurarse". Y tiene la certeza de que "durante años, Angola necesitará mano de obra cualificada".

Pero en este país nuevo, la relación entre la antigua colonia y la metrópoli es complicada. Portugal arrastra un sentimiento de culpa, tal vez por eso las empresas lusas dedican gran esfuerzo a la responsabilidad social y son las que más trabajan en la formación del angoleño. Atacar a Portugal puede ser un objetivo recurrente para el Gobierno del país africano. Pero la población ya no es tan sensible a estos mensajes. Y aunque en las escuelas se explica la lucha contra la esclavitud y el colonialismo, los jóvenes se dan cuenta de que los problemas de Angola no son solo culpa de otros.

FOTOGALERIA: 'Skyline' desde el Atlántico

La capital de Angola es su mayor ciudad y puerto. Vista desde la Ilha de Luanda, sobre el Marginal. / EMANUELE GIUSTO

Emanuele Giusto

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