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domingo, 13 de junio de 2010

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La poesía tiene su tiempo. El de la crisis es creativo. Una brillante generación de jóvenes poetas ha tomado el relevo de la palabra. Son curiosos, ambiciosos y eclécticos. Esta es la gran primera hornada del siglo XXI en España.

Entre las musas, el aire, las preguntas y los laberintos del lenguaje van encontrando sitio. Los poetas de ahora en España, los más jóvenes prestidigitadores de la palabra son eclécticos, vivos, atentos y comunicativos. Han logrado una brecha generacional y tienen muchas cosas que contarnos sobre este mundo en crisis... Aunque no precisamente creativa.

Nacieron entre finales de los sesenta y principios de los ochenta. Es decir, se han criado en democracia. Han leído con voracidad. Han viajado como nunca una generación literaria lo hizo antes en su propio país. Son poetas globales, urbanos, directos y en permanente conexión. Aman el placer y escupen contra el mundo a partes iguales. Se indignan y también se ríen de lo que les rodea. Cantan al amor y a la pérdida. Subliman el sexo y la filosofía. No predominan hombres sobre mujeres. Han roto a conciencia con una tradición de raíz española y se echan en brazos de referentes americanos del norte y el sur, africanos, asiáticos o europeos.

"Internet es para ellos como los antiguos cafés, pero no tiene ningún efecto en las ventas, según los editores" , dice Luis Antonio de Villena

Buscan una voz propia: algunos ya la han hallado. "Hemos de encontrar una rareza, eso está claro", comenta el catalán Lorenzo Plana (Lleida, 1965). Mientras tanto, no desprecian ninguna tendencia: simplemente eligen la que más les satisface sin retirar el saludo a quien se adentra en la contraria. Viven tanto de la experiencia y la aventura como del pensamiento reflexivo y bien cuajado. La calle y la meditación de altura a partes iguales les definen. Pero también, sin complejos, la cultura de masas, el rock and roll, las lecturas masivas, el cine e Internet.

Varias antologías ya les ponen en relieve. Las editoriales especializadas -Visor, Hiperión, DVD o Renacimiento- y otras mayores como Tusquets, Pre-Textos o El Acantilado les dan cobijo. Los críticos tratan de bautizarlos, pero es difícil. Precisamente por su variedad, por su riqueza. Juegan al perro y al gato con las etiquetas. Si alguna les puede venir bien es la de generación del 2000, que adelanta Luis Antonio de Villena en la antología que ha publicado sobre ellos y que se titula La inteligencia y el hacha (Visor). Pero no es el único estudio que ha aparecido recientemente sobre este grupo. También está el más que polémico Poetas y poéticas para la España del siglo XXI, de Rafael Morales Barba, u otros anteriores que concitan más elogios, como Cambio de siglo, de Domingo Sánchez Mesa, o ahora el reciente Mejorando lo presente, del peruano Martín Rodríguez Gaona.

En ellos están varios de los mejores, aunque nunca llueve a gusto de todos y las ausencias o las elecciones de uno u otro signo no hacen sino acentuar esa sensación de variedad. En el caso del trabajo de Villena, entre el mayor de los seleccionados, Juan Antonio González Iglesias (Salamanca, 1964) y el menor, David Leo García (Málaga, 1988) se expande un abanico de simbolistas, poetas de la experiencia, surrealistas, barrocos o amantes del haiku. Tratan de estirar y agrandar el conceptismo y el culteranismo, las infinitas fronteras entre Góngora y Quevedo, pero sin sacar la navaja.

"Se ha producido un corte estético muy grande. Estos poetas han roto con la predominante poesía de la experiencia que cultivaba la generación de los ochenta, con ese realismo meditativo, y han explorado otros caminos", asegura Villena. Tampoco es una renuncia a ese realismo. Pero nace con otra mirada. Mucho más lejana a los compromisos de aquella naciente democracia que debían preservar sus hermanos mayores de la generación de los ochenta, entre los que andan Luis García Montero, Benjamín Prado, Felipe Benítez Reyes, Carlos Marzal, Julio Llamazares, Blanca Andreu... O antes los novísimos, entre los que se encuentra el propio Villena.

Ellos, a priori, no renuncian a ninguno de los dos, como indica Javier Rodríguez Marcos (Nuñomoral, Cáceres, 1970), uno de los más brillantes exponentes de la nueva generación: "Por primera vez no hemos sentido necesidad de matar al padre (la poesía de la experiencia) o reivindicar al abuelo (los novísimos). Esa transición pacífica se da porque no han existido banderas, ni escuelas, ni facciones enfrentadas. No hemos declarado ninguna guerra literaria".

Más bien al contrario, en un mundo cada vez más ajeno a las purezas, han decidido aliarse con varias tradiciones y salvar la poesía como oficio de excelencia. Tal vez porque el mundo en el que viven merece serios correctivos: "La sociedad es burda", asegura Plana. "Es grosera", añade Antonio Lucas (Madrid, 1975).

Los rasgos comunes son varios y les dan carácter como generación. A un maestro como José Manuel Caballero Bonald, que les sigue, les alienta y a quien se puede encontrar a veces codo con codo con muchos de ellos, le resultan valientes y distintos: "En conjunto, me llama la atención que hayan renunciado a los cánones del realismo. Han inventado un nuevo simbolismo y eso me hace pensar que van a ocurrir cosas importantes", asegura el poeta jerezano. "Una de sus escuelas consiste precisamente en la ausencia de las mismas. Viven una variedad saludable. Pero lo más destacable es, repito, esa búsqueda simbolista a través de materiales del pasado como el surrealismo".

Villena apunta otros rasgos más generales: "Dominan el lenguaje. Conocen el oficio, aunque la mayoría no han encontrado una voz propia todavía. Eso se debe a que la propia pluralidad, la variedad imperante les hace mucho más difícil definirse que a otros grupos anteriores. Han construido una cáscara muy bien forjada, pero la mayoría no la han roto aún", comenta el antólogo. "Les falta un referente estético. Que se haya publicado a tantos jóvenes ha ocasionado una falta de rigor. Por eso, quizá, todavía carezcan de un libro de referencia, una bandera como fue en su día para los de los ochenta Habitaciones separadas, de Luis García Montero, o Arde el mar, de Pere Gimferrer, para los novísimos en los años sesenta", comenta el editor Chus Visor, tras más de 40 años en guardia con su sello ante la poesía.

Es la cuenta que debe pagar el eclecticismo: "Se declaran más influidos por poetas extranjeros que por españoles. Tienen referentes filosóficos claros...". Lo confirman tanto Carlos Pardo (Madrid, 1975) y Rodríguez Marcos como Ana Gorría (Barcelona, 1979). "Entronca con lo que Jorge Volpi califica como literatura posnacional. Las salidas al extranjero nos convierten no sólo en lectores sino en mediadores entre otras tradiciones literarias y su propio lenguaje", dice la poeta barcelonesa.

Viven un sano optimismo, como apunta Elena Medel (Córdoba, 1985): "La poesía atraviesa un buen momento en España, tanto a nivel creativo (con textos de enorme interés) como de difusión. Aunque se escribe más que se lee, yo quisiera destacar la sana convivencia de estéticas. Nos leemos, nos respetamos: es posible escribir muy distinto de otro, sentir curiosidad por esa otra poesía, dialogar". ¿E Internet? ¿Lo utilizan? ¿Le sacan partido? ¿Enriquece o empobrece? "Internet para ellos es como los cafés para las generaciones del XIX o principios del XX. Pero a la hora de expandir o ampliar el campo, según los propios editores, no tiene ningún efecto. La poesía sigue siendo minoritaria", afirma Villena. "No me da la sensación de que eso les haga vender más", certifica Visor.

Aun así, utilizan las redes sociales tanto como las revistas literarias. Comunican en sus blogs tanto o más que en publicaciones como Anmemona, Nadadora, Litoral, Catálogos del Valverde, La Bella Varsovia... "Tal vez esta es la primera generación que no ha usado sólo las revistas especializadas como plataforma sino la red. La primera cibergeneración", comenta Rodríguez Marcos. Son conscientes de la herramienta, aunque esta no les vaya a hacer ni más ricos ni más famosos. No la desprecian, han crecido con ella. Si acaso les sirve para satisfacer una mayor necesidad de expansión, de apertura, pero sin renunciar la búsqueda formal, a la persecución de una excelencia. Ese y no otro es el motor de la autenticidad poética. Un vuelo alto. Una ambición.

"Quizá nos expresamos con mayor precisión, justo debido a nuestro eclecticismo formal", asegura Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1973), ganadora del Premio Antonio Machado con Croniria (Hiperión). "Vivimos en una era de comunicación inmediata y virtual. Nuestro estilo es directo y claro, pero con una gran firmeza conceptual", comenta la poeta.

Pero tampoco renuncian a sus soledades, a su íntima perseverancia en la búsqueda de una voz única. En ello están, además de quienes aparecen en este reportaje, los más clásicos o deudores de la tradición, como Lorenzo Oliván (Castro Urdiales, Cantabria, 1968) o José Luis Rey (Puente Genil, Córdoba, 1973), o los que concitan el culto, como Mariano Peyrou (Buenos Aires, 1971), y las más desgarradas en su compromiso, como la contundente Isabel Pérez Montalbán (Córdoba, 1964).

Luis Muñoz (Granada, 1966) es uno de los grandes referentes. El autor de Querido silencio (Tusquets) es un poeta ascético y moderno, con una devoción mayúscula por uno de los grandes inclasificables de la historia: Juan Ramón Jiménez. "No me siento como poeta de ninguna generación. Nuestro panorama es, visto con un poco de perspectiva, una república general de la poesía que viene de una luminosa constelación de soledades", dice Muñoz.

También les une una curiosidad hambrienta por todo lo que les rodea: "Creo que nuestra generación es especialmente devota de la ciencia, el arte, la filosofía, y esa curiosidad es la que la hace especialmente experimental", añade Carlos Pardo. Desde un compromiso radical con la libertad creativa y de comportamientos: "Todo es material de construcción. Todo sirve. Como dice Raoul Vaneigem, nada es sagrado, todo se puede decir", asegura Antonio Lucas.

Eso les anima a jugar y a desacralizar mucho el mundo poético. En sus luces mezclan sin ningún complejo a los autores clásicos con el consumo de masas. Un ejemplo magistral es el de González Iglesias en poemas como La canción del verano suena más que la 'Eneida' o Síndrome de la Fnac. "Lo hace sin que chirríe", comenta Rodríguez Marcos. "Es una manera de entonar un hasta luego a la tradición".

Algo para lo que cita dos ejemplos: "Una versión tecnopop del Polifemo de Góngora grabada por el dúo catalán Hydrogenesse o los shows que se marcaba la inclasificable Ajo, precursora de la micropoesía, junto al músico Mastretta". Precisamente Ajo ha celebrado el pasado mayo una movida de agitación en Santander. Su poesía para telefonillos. "Muy fácil, vas a un portal, pulsas al portero automático y en vez de anunciar que llega su pizza recitas un poema al vecino", comenta.

Ajo es una de las poetas más solicitadas en acontecimientos ante el público. Y una de las que mejor reivindica, como hace también Carlos Pardo, el sentido del humor en la estela de Joan Brossa. El catalán alertaba sobre la "utilidad de la inutilidad" que encierran unos versos: "No deja de parecerme llamativo que la poesía esté de moda en un mundo en el que nada rima con todo. Supongo que tiene que ver con el hecho de que, al estar el futuro tan encima y con tan poca gracia, buscamos refugio dentro de algunas palabras", comenta Ajo. "Sé que yo escribo para averiguar lo que pienso y para, quizá, defenderme de lo que siento. La poesía es una excusa para llamar a las cosas por su otro nombre".

Otra clave de esta generación es salir del encierro y lanzarse a las aceras. Lorenzo Plana cree que es un rasgo fundamental que evita capillas y enfrentamientos. La interacción es dogma de fe: "Compartir es luchar para nosotros". Eso les aleja de aislamientos que les repelen. La variedad, una vez más, les sirve de empuje: "La vivencia poliédrica en estos tiempos locos nos sirve de vacuna contra la alienación".

Pero ese compromiso entre la mayoría de ellos tiene sus desventajas, cree Martín López-Vega (Po de Llanes, Asturias, 1975). "Uno de nuestros graves problemas es la ausencia de discusión estética. Hay poetas muy distintos, pero también mucha desgana por pensar", afirma. Otra de las cosas en las que no se debe caer es en la ausencia de rigores estéticos. Eclecticismo y posmodernismo sean bienvenidos, pero sin pasarse. "Creo en una idea fuerte de la tradición", asegura López-Vega. "A veces, entre poetas, uno oye estupideces del tipo: 'Para mí ha sido más importante Bob Dylan que Quevedo'. Si es en su vida, correcto. Pero si sus poemas se parecen más a las letras de Dylan que a Quevedo, no me interesa nada. A no ser que les ponga una música como la del cantautor, entonces me interesará, pero como cantante. Yo prefiero estar en la estela de Auden, no en la de Fofito".

HACIA NOSOTROSLorenzo PlanaPara Xut

Piedra y noche, la torre no envejece.

Mi corazón es piedra y también noche.

Las escaleras son los fuegos muertos

que han muerto para que yo no muera.

La belleza del mundo cesará

para que un gran absurdo se haga luz.

Será el absurdo clave para amar.

Podré saltar del campanario al fin,

como soñaba hacerlo allá en la infancia:

podré aceptarlo todo como nuevo.

y tan sólo en el centro de los pechos

tendrá sentido el resto de las cosas.

¿Por qué la infancia es más que la verdad?

La torre no envejece para el niño,

la torre es piedra y noche y las estrellas.

Hay otra forma de premiar al hombre.

Ni la verdad ni la belleza bastan.

La torre es mucho más que la belleza:

es camino infinito hacia nosotros.

Existe una belleza que es más que la belleza.

Y crece una verdad que es más que la verdad.

El Todo es una torre que no quiere saciarse.

INOCENCIAAntonio Lucas

De la infancia, del oxígeno donde la tarde se ensancha.

De todo lo disuelto.

De la rica vena del estar vacío.

De tanta selva desganada: de ahí viene

el mundo.

No has traicionado aún lo que amas.

Crees venir de lo que el cielo devuelve

y suena tu risa a junio, a río innumerable,

a cabaña.

Yo te quiero sobre esta tierra lavada.

Yo que acabo donde el sol unifica pasiones.

Yo que nombro las cosas con derrotas que simulan palabras,

emitiendo sonidos que al decirse estallan

y habitan los albinos tejados del idioma.

Por eso acelero mi vida hasta otra vida.

Y si tú me preguntas qué puede delatarnos,

qué sonoro escombro es amor, qué sangres reúne,

qué juventud humillada es la nuestra,

qué desencanto traspasó los años

y las ardidas cosechas de la amistad...

Si me preguntas,

no sabré decir qué sucedió.

Ni si este breve forcejeo de cuerpos

ha servido para algo.

INSTRUCCIONES PARA LA ELABORACIÓN DE COLORES PARA LA PINTURAMartín López-Vega

Para elaborar el color azul, recorta un pedazo

de este cielo de agosto y sumérgelo unos minutos

en un vaso de agua de mar: ganará en transparencia.

Naranjas, rojos y violetas te los regalarán el amanecer

y el ocaso si sabes cómo sonreírles.

Si necesitas del verde

no pidas nada a los árboles,

pero arranca el manojo de hierbas

sobre el que tu pelo haya estado acostado antes.

Y el dorado, el dorado recógelo cuidadosamente,

de tan frágil, de las esquirlas de este instante.

ES ASÍ, LA BELLEZAJavier Rodríguez Marcos

Es así, la belleza

se mide por milímetros.

Igual que el hielo quiere

ser sólo agua corriente,

la belleza se mide por milésimas

de segundo, por micras.

No por eternidades.

No en toneladas, grandes

cumbres, espacios

que sobrecogen. Siempre

se resuelve en la foto

finish, no en lo sublime. Nunca.

Al final la hermosura

se decide por poca diferencia.

Cero a cero. No hay mucho

que añadir. ¿Quién no ha visto

la luna, despistada,

sobre los edificios,

sobre la niebla tóxica,

rompiendo el cielo sucio

un lunes a las diez

de la mañana?

MINIMALISMO Carlos Pardo

Dibuja un cero alrededor

de la toalla de su padre.

Trabaja para la memoria

del mundo.

Como yo cuando vierto

en un cuaderno los residuos

de la experiencia.

Como tu ojo que olvida

los poemas pequeños.

MADRE NATURALEZAElena Medel

Para Araceli Navarro

I

Mientras la noche, suena el teléfono: me preguntas cómo estoy, yo te cuento mi día. ¿Para qué escribir después, entonces? ¿Qué más voy a decir?

II

Caída de la nariz, alegría del cielo limpio: nos parecemos al abrir la ventana.

Prefieren la ciudad, pero de vez en cuando escapan al campo a por las musas. De izquierda a derecha y de arriba a abajo aparecen Martín López-Vega, Javier Rodríguez Marcos, Ana Gorría, Luis Muñoz, Antonio Lucas, Elena Medel, Lorenzo Plana y Carlos Pardo. / JUAN ALDABALDETRECU

De izquierda a derecha, aparecen Martín López-Vega junto a Antonio Lucas (camisa y americana de L'Habilleur y pantalón By Basi), Javier Rodríguez Marcos (camisa de Armand Basi y pantalón By Basi), Elena Medel (vestido azul Tsumoda, pantalón de Tommy Hilfiger y sombrero de L'Habilleur) y Lorenzo Plana (camisa de lino lila de Hartford, tejano de Lacoste y fular de L'Habilleur). / JUAN ALDABALDETRECU

Lorenzo Plana lee su poema Hacia nosotros.

VIDEOGALERIA: Así escribe la primera hornada de poetas del siglo XXI en España / J. RUIZ MANTILLA / PAULA CASADO

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