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miércoles, 13 de mayo de 2009
Tribuna:Adiós a un gigante de la música

La historia más triste del mundo

Entraron en tromba. Corría 1979 y los cuatro miembros de Nacha Pop ejercían de improbables teloneros de Siouxsie & the Banshees en el teatro Barceló, luego Pachá. Asombrosamente, los espectadores se conocían buena parte de las vertiginosas canciones del grupo español, entonces inéditas: sonaban, en estado de maqueta, en Onda 2, la emisora que cubría los albores de lo que se denominaba nueva ola (y que se universalizaría como movida). Nacha Pop juntaba chicos rebeldes de familias bien: captaron el secreto alboroto del Madrid juvenil, que estaba conquistando el cercano barrio de Malasaña. Una generación que asumía con naturalidad la democracia y ansiaba disfrutar de todas las libertades posibles.

Nacha Pop juntaba chicos rebeldes de familias bien: captó el alboroto juvenil

Antonio Vega Tallés (Madrid, 16 de diciembre de 1957) era el cuarto hijo de un médico y se educó en el prestigioso Liceo Francés, del que conservaba recuerdos ambiguos. Probó a estudiar arquitectura y sociología, pero encontró refugio en la música: hacia 1977, sufriendo la mili en Valencia, esbozó Chica de ayer. Nacha Pop, que se inició al año siguiente, era un cuarteto bicéfalo: Antonio cultivaba un repertorio introspectivo, mientras su primo Nacho García Vega apostaba por las invitaciones hedonistas, aunque los papeles podían intercambiarse. Brotaba una química poderosa, que enriquecía un impulso nervioso tomado de la new wave londinense. Fichados por Hispavox, se estrenaron en 1980 con un elepé arrebatador que produjo Teddy Bautista.

El disco tuvo problemas de masterización, necesitando una segunda tirada. Nacha Pop también chocó con el negocio musical: seguros de sí mismos, no aceptaron las componendas habituales y se crearon fama de arrogantes. A sus idiosincrasias se sumó el hecho de que la mayoría de los grupos de la nueva ola madrileña pincharon con sus estrenos; algunos pretendieron enterrarlos. Su segundo álbum, Buena disposición, salió en 1982, con el entusiasmo de Hispavox bajo mínimos.

Nacha Pop superó esa indiferencia estrechando lazos con su audiencia y sacando discos con la independiente DRO: el incierto Más números, otras letras (1983) fue eclipsado por Una décima de segundo, hermética filigrana que revelaba la ascensión de Antonio Vega a la categoría de autor adulto. De rebote, fueron fichados por la multinacional Polydor, donde salieron dos discos de producción cuidada, Dibujos animados (1985) y El momento (1987), con abundantes canciones de impacto.

Aunque su reputación actual diga lo contrario, Nacha Pop nunca se convirtió en fenómeno de masas. En verdad, sólo alcanzaron el disco de oro con su despedida, aquel doble en directo titulado Nacha Pop 1980-1988. Según reflexión posterior de Antonio, no figuraron en el meollo social de la movida, y eso les quitó protagonismo mediático. Contaban, eso sí, con un público entregado y asombrosamente variado, que abarcaba desde un fervoroso sector pijo a minorías que se habían inclinado por la vida peligrosa.

La carrera en solitario de Antonio Vega se desarrolló bajo la sombra de la heroína. Aunque mantuvo una pudorosa discreción sobre sus problemas, la rumorología contribuyó a rodearle de una enojosa aureola de artista maldito, que podía mostrarse inspirado o limitarse a cubrir el expediente (pero ése era un síndrome que también aquejaba a Nacha Pop). A su manera, la discografía bajo su nombre contaba la historia de su deterioro. Editó cinco colecciones de canciones nuevas en tres compañías: No me iré mañana (1991), Océano de sol (1994), Anatomía de una ola (1988), De un lugar perdido (2001) y 3000 noches con Marga (2005). Trabajos que se hacían desear y que revelaban una creciente dificultad para componer: se rellenaban con versiones, instrumentales y otros trucos para cumplir con el tiempo mínimo.

Para tapar baches, salieron una antología de baladas (El sitio de mi recreo, 1992), un directo (Básico, 2002) o una compilación de colaboraciones y versiones varias (Escapadas, 2004). Es cierto que podía ayudar a novatos desinteresadamente, pero la necesidad de dinero fresco posiblemente explique que Antonio ejerciera de leyenda de guardia, siempre dispuesto a grabar duetos o participar en discos colectivos. Los resultados podían ser triviales o escalofriantes: su Romance de Curro el Palmo abría una vía a la actualización del cancionero de Joan Manuel Serrat. Él mismo fue objeto de uno de los primeros homenajes hechos en España, un trabajo sólido a pesar de su tópico título: Ese chico triste y solitario (1993).

Con el tiempo, el antiguo paladín del pop puro para la gente de ahora adquirió perfil de cantautor, por sus apariciones en pequeñas salas con acompañamiento mínimo. En realidad, las circunstancias le llevaron a convertirse en un artista proteico, que lo mismo exprimía coplas que se transformaba en juglar; podía dejarse arropar por ritmos de bossa o conformarse con rock de estudio. Su habilidad para compartir (y disimular) vivencias íntimas era el hilo conductor.

En 2007, cediendo a la demanda nostálgica, aceptó resucitar Nacha Pop con su primo. Protagonizaron actuaciones de sonido hiperprofesional no participaron Ñete o Carlos Brooking que quedaron en Tour 80-08. Hubo nebulosas promesas de retomar el proyecto conjunto con material fresco, pero Antonio volvió a su ritmo habitual, alternando apariciones con grupo y bolos acústicos.

Nacha Pop, en 1985, compuesto por Ñete, Antonio Vega, Nacho García Vega y Carlos Brooking. / EFE

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