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domingo, 3 de agosto de 2008
Reportaje:

El santuario del Sol

HACE MÁS DE DOS MIL AÑOS SE INICIÓ EL MISTERIOSO CULTO DEL CÍRCULO DE PIEDRA DE STONEHENGE, EN EL REINO UNIDO. EN ESTE RELATO SE RECREA AQUEL VIAJE INICIÁTICO EN BUSCA DEL SOL DE LOS PUEBLOS DE LA EDAD DE PIEDRA.

Umma no se podía creer lo que estaba viendo. Las moles de piedra se elevaban chispeantes bajo el sol, y un águila pasó por encima del gran hueco que formaban mirando hacia abajo como si viese algo extraordinario. Pero ella casi no le prestó atención, estaba deseando poner la rodilla junto a la roca para que se le pasara el dolor. Hacía unos días, antes de emprender el viaje hasta aquí, se cayó de un caballo. Estaba tan nerviosa por la experiencia que le esperaba, por todas las cosas que le habían contado que iba a ver, que no dormía por las noches y por el día se encontraba confusa. Así que cuando aquel lobo atacó a su caballo y el caballo se encabritó, ella no pudo dominarlo y cayó en tierra sobre la pierna derecha. Por supuesto no se lo dijo a nadie, habría sido terrible que después de tantas emociones e ilusiones puestas en la visita al Santuario de Piedra la dejaran allí. En cuanto pudo ponerse en pie, cojeando malamente, recogió algunas hierbas que Ocra le había enseñado que servían para desinflamar los golpes, y por las noches o en ratos en que estaba fuera de la vista de los demás hacía un emplasto con las hierbas y un poco de licor de miel caliente y se vendaba con una tira de tejido de hilo. De forma que cuando llegó el momento de la partida ya apenas cojeaba, aunque le seguía doliendo.

Los días anteriores, para poder estar sentada lo más posible, se había prestado a hacer collares con pequeñas piedras coloreadas a las que pacientemente les hacía un agujero con un punzón y luego les pasaba una hebra de esparto muy trabajada y suavizada con cera de abeja. Sin embargo, para ella y para Ocra hizo dos con las conchas que la chamán de otro clan le había regalado a Ocra para tenerla contenta porque Ocra era la chamán más vieja y poderosa de los alrededores. Tenía 40 años y el pelo largo, rubio y blanco, y tan rizado que apenas se le veían los adornos de hueso que le gustaba ponerse y le ocultaban bastante las arrugas de la frente y de al lado de los ojos.

Escogió cuidadosamente las conchas que tenían un tamaño parecido y luego las tiñó con tierra roja y colorante verde y amarillo extraído de distintas flores. Estuvo a punto de quedarse con el más bonito, pero no se atrevió porque Ocra lo sabía todo y, si quería, podía verlo todo, incluso podía conocer las intenciones de una persona. Con mirar a los ojos de alguien sabía lo que pensaba, lo que deseaba y hasta lo que iba a hacer. A veces sabía cuándo iba a morir el que tenía enfrente sólo con mirarle. La gente decía que sabía cuándo iba a morir ella misma y que por eso estaba preparando a Umma para que ocupase su sitio. De modo que ya era suficientemente arriesgado ocultarle lo de la pierna como para ofenderla no dándole el mejor collar. Y si Ocra hasta ahora no se había percatado de su cojera y sus dolores era porque también andaba muy atareada con los preparativos del viaje y ni siquiera reparaba en su pupila.

Ocra la eligió como su alumna y posible sucesora porque un día estuvo observando cómo Umma grababa en una piedra, previamente alisada hasta la extenuación, algo que había contemplado muchas veces en el cielo y que era como la concha de un caracol. Ese día la chamán no dijo nada, después de mirar, se fue y ya está. Pero en otra ocasión en que Umma grababa con un buril en un cuerno de ciervo otras cosas que también había visto en el cielo, le pidió que la acompañara a recoger flores, hierbas, cortezas y resina de ciertos árboles. Con todo aquello Ocra curaba a la gente, así que era algo muy importante, y Umma debía fijarse bien, debía memorizar todas aquellas cosas. Ocra tenía una memoria terrible. Conocía miles de plantas diferentes, aunque casi iguales en la forma, y también conocía los nombres no sólo de los miembros de todos los clanes conocidos, sino de sus antepasados, sabía cientos de historias de sucesos tristes y algunos graciosos que le habían ocurrido a la gente de la tribu. Y ella lo que hacía era que en las situaciones tristes contaba los alegres, y en las situaciones alegres, los tristes.

-¿Por qué dibujas tan bien, quién te ha enseñado? -le preguntó un día Ocra mientras estudiaba una planta con sus penetrantes ojos azules y luego la metía en el cesto.

-No lo sé -dijo Umma-. Dibujo lo que veo.

-Ya, lo que ocurre es que yo no veo en ningún sitio lo que tú dibujas.

Aquello desconcertó mucho a Umma, tal vez Ocra estaba enfadada, tal vez no estuviera bien que Umma hiciera semejantes dibujos. Algunos los hacía sin pensar, le salían solos de la cabeza, en cambio, otros los hacía para sobrevivir, eran casi tan necesarios para ella como comer. Y empezó a notar cierta ansiedad ante la idea de no poder volver a hacerlos. Se sentía tan inferior a Ocra que no se creía capaz de ser como ella algún día. No tenía su descomunal memoria, ni tampoco poseía su don de saber con total certeza y en cada momento lo que estaba bien y lo que estaba mal. Dudaba si hacer los dibujos estaría bien o estaría mal, seguramente estaría mal. Y además, al contrario que Ocra, ella constantemente se entretenía con tonterías que no servían para curar ni para adivinar los pensamientos del otro, por lo que varias veces al día debía tragarse la amarga sensación de estar engañando a todo el mundo.

Lo que de verdad le gustaba era inventar canciones, y cuando se encontraba sola recogiendo hierbas, sólo las hierbas y los tallos que reconocía bien, se le ocurrían muchas. Pero como tenía poca memoria, luego no las recordaba enteras, por eso se le ocurrió grabar en piedras, cortezas, huesos y trozos de barro las cosas que decían las canciones, eso sí, sin que nadie la viera, porque si la gente del clan se daba cuenta de que no tenía tanta memoria como ellos, la repudiarían y la abandonarían en un bosque perdido. Por suerte, con su sistema de grabar en cualquier superficie sólo tenía que echarles un vistazo a los grabados para recordar historias, plantas, fechas y nombres y así poder pensar en otras cosas más entretenidas. Nadie podría imaginarse cuántas piedras y cortezas grabadas tenía. Las iba metiendo en los huecos de los árboles y dejaba a la vista las que representaban los movimientos de los astros y las olas del agua, las que en realidad no tenían utilidad para ella. Si lo pensaba bien, tenía demasiados secretos, vivía a base de mentiras, y Ocra, tarde o temprano, lo descubriría todo, y entonces más vale que se largase por su propio pie al bosque perdido.

Desde que vivía con Ocra hacía cinco años no tenía que preocuparse por la comida. A Ocra siempre le estaban dando sopa o un trozo de carne de oveja, leche o miel, porque todo el mundo quería tenerla contenta, y ella lo compartía con Umma. Umma por su parte tejía, la ayudaba con las medicinas y a veces cuidaba del ganado de alguien porque ellas no poseían rebaño. Sin embargo, en su casa había dos estupendas pieles, una de uro y otra de oso, con las que se tapaban en invierno y con las que no pasaban frío. Casi todas las paredes estaban llenas de las plantas de Ocra, unas se estaban secando y otras ya estaban secas, otras las machacaba en un mortero y las reducía a polvo, también había palitos de distinta madera y grandes cantidades de semillas, algunas cortezas recién arrancadas, hongos e higos secos y raíces con las formas más extrañas. Algunas se las habían traído otros chamanes de muy lejos, y ésas las usaba poco. Los hongos y flores sagrados no se debían tocar bajo ningún concepto y estaban guardados en un cesto tapado con hojas. Había un olor especial en esta casa que a veces se escapaba hacia fuera cuando movían la piel de vaca que cubría la entrada para entrar o salir.

Le llevó muchos soles y muchas lunas tejer las dos túnicas que le encargó Ocra, una para ella y otra para Ocra, con el hilo más blanco que fueron capaces de encontrar, y que se pondrían antes de entrar en el Santuario de Piedra. Umma puso los cinco sentidos en esta tarea, no quería estropear nada. Cuando la tela empezó a surgir del telar tan fina y hermosa se sintió muy feliz, era una buena señal. Y también cosió unas sandalias de esparto que igualmente usarían para pisar el Santuario.

Y llegó el día. Un amanecer emprendieron la marcha, Ocra, ella, el jefe del clan, encargado de dirigir los rebaños, y el hijo de éste. Ocra se puso unos pendientes de oro que eran como dos pequeñas hojas aplastadas, y el jefe, su brazalete de cobre. El camino había que hacerlo andando, para tener tiempo de pensar durante el trayecto sobre lo que deseaban pedir y encontrar allí. Todos lo habían pensado ya una y mil veces, pero parecía ser que las lunas que los iban separando del poblado los iban preparando para saber con más exactitud lo que esperaban de aquel peregrinaje. El equipaje era ligero, prácticamente la ropa nueva que se pondrían al llegar, algunos adornos y un carnero que seguía al pequeño grupo.

Tardaron cuatro lunas en llegar. Ocra, de vez en cuando, aprovechaba para coger tallos y flores que le llamaban la atención y los guardaba en un morral hecho con raíces y un cuero muy fino, este morral también servía para cargar agua en un momento dado. Al atardecer se dirigía al sol y le hablaba, algo que sólo podía hacer ella, que sabía cómo había que hablarle. Y por la noche, antes de dormir en algún refugio improvisado con ramas, calentaba agua en el fuego y hacía una infusión con alguna corteza y hierbas que arrancaba por allí mismo y se la daba a beber al grupo para dormir bien y reponer fuerzas. Y de paso les contaba cómo para la construcción del Santuario hacía cientos de miles de lunas, lo que equivaldría a dos mil años, habían tenido que transportar los bloques de la arenisca más dura del mundo (conocida más tarde como sarsen), de un peso que equivaldría a 45 toneladas por pieza, desde una gran distancia, equivalente a unos 40 kilómetros, aproximadamente. Pero la casa del padre de todos los astros no podía estar hecha como la casa de un mortal, no se podía regatear esfuerzo, tenía que ser un hogar apropiado para él y extenso en el tiempo, donde Ocra, Umma y el resto entrarían como invitados de honor, de la misma forma que otros muchos elegidos por los distintos clanes. Allí celebrarían el inicio del verano y rogarían que la cosecha fuese abundante. El hijo del jefe pediría fortaleza y valor para saber luchar contra otras tribus y encontrar buenos pastos para el ganado.

Umma siempre esperaba el caldo de Ocra porque la hacía dormir y olvidarse de la rodilla y encontrarse mejor al día siguiente. En los ratos en que descansaban grabó en la piedra más lisa que encontró un círculo que representaba el Santuario y cuatro incisiones rectas que los representaban a ellos y se quedó pensando cómo reflejar en la piedra que las cuatro rectas se dirigían al círculo grande. Y por fin, el quinto día llegaron al río sagrado (entiéndase el río Avon), el río de donde bebía el padre de todos los astros. Ahora sí que estaba nerviosa, el momento se acercaba, los rostros de sus compañeros se habían ido alargando y los ojos parecían mirar hacia dentro de sí mismos. La seriedad lo inundaba todo en medio de la alegría del campo en verano y el ensordecedor trino de pájaros y el vuelo de las mariposas. El jefe del clan llevaba peticiones de otras personas de la tribu para el más alto astro, y él no podía fallarles, debía trasladarlas con la máxima concentración.

Las copas de los árboles volvían verdoso el río en algunos puntos. Mientras se bañaban, el hijo del jefe logró pescar dos truchas. Prendieron un pequeño fuego, y cuando las piedras estaban ardiendo, lo apagaron y pusieron las truchas sobre ellas envueltas en hojas. El agua del río estaba tan fresca y el pescado tan bueno, que después de comer se tumbaron desnudos sobre la hierba. El sol llegaba con una gran calidez hasta ellos, lo que era una buena señal.

Durante estos días de viaje se habían alimentado con un par de conejos y una paloma que el jefe y su hijo lograron cazar, porque el carnero que llevaban con ellos era intocable, sería sacrificado en el Santuario. El carnero también se había echado la siesta sin sospechar el glorioso destino que le esperaba. A Umma le pareció raro que Ocra no se extrañase de que Umma no corriese a cazar, con lo que le gustaba, le gustaba casi tanto como grabar en las piedras. Le gustaba sentir que volaba por el campo y su propia fuerza.

Tumbados, Umma, que tenía 11 años, era tan larga, no ya como el hijo del jefe, que tenía 14, sino como el mismo jefe. A Umma muchas veces le incomodaba cómo la miraban el jefe y el hijo del jefe. Umma era bastante alta y tenía el pelo y los ojos negros, la piel morena, le sacaba media cabeza a Ocra, de anchas caderas y cuyas arrugas le empequeñecían esos ojos del color del cielo que podían ver lo que había dentro de los cráneos y detrás de las piedras. Por sus ojos azules y sus rasgos, Ocra se distinguía de la mayoría de la gente, tanto de su clan como de la de otros clanes. Y se distinguía porque era una chamán, y los chamanes eran seres especiales puestos en este mundo para poder estar en contacto con todo lo que no se puede ver o no se puede tocar y para entenderse con los animales y con el cielo. Sin los chamanes, las personas serían menos que animales.

Pasaron la tarde sentados o cogiendo moras y fresas que llevarse a la boca, porque tenían la costumbre de comer siempre que podían, mientras que Umma prefirió descansar y masajearse la rodilla de vez en cuando con el pretexto de lijar un poco más unos brazaletes de hueso que se pondría el día siguiente. Y al anochecer, después de tomarse el caldo que hizo Ocra con agua clara del río, ésta les contó cuán lejos habían tenido que ir aquellos hombres antiguos para traer las piedras azules, que mañana verían en el Santuario, piedras sagradas hechas del color de lo sagrado y que no todo el mundo era digno de tocar. Llevándose la imagen de las piedras azules a sus sueños, cerraron los ojos pronto porque mucho antes del amanecer tendrían que refrescarse en el río, ponerse la ropa y el calzado nuevos y dirigirse al Santuario.

Umma no pegó ojo. Oyó cómo otros peregrinos también se iban apostando en la orilla del río. Aun así, reposó quieta unas dos horas y luego se entretuvo en mirar la luna, su boca, sus ojos que observaban a Umma atentamente como si sólo Umma existiera en el mundo. Cuántas cosas había en el cielo, qué hermoso era. Y cuando no pudo más se incorporó, sacó de su bolsa de cuero la túnica y los adornos y los colgó de la rama de un árbol para que no se mancharan en la hierba. La túnica era como todas, corta y con dos aberturas a los lados, pero a la luz de la luna le pareció majestuosa. Sobre ella había colocado el collar de conchas, y a un lado, los dos brazaletes de asta. Fue al río y metió los pies en la orilla, se refrescó la cara e hizo sus necesidades, después regresó junto al árbol y se vistió. Se empolvó la cara con tiza en polvo que llevaba en un saquito y se puso el collar y los brazaletes, a continuación se sentó sobre la bolsa de cuero para no mancharse y esperó a que sus compañeros despertasen y se prepararan para el gran momento.

Llegaron aún de noche cuando las estrellas empezaban a desaparecer. El Santuario resultaba más imponente de lo que Umma había imaginado, tal vez porque la luz y la sombra del inicio del crepúsculo agigantaban las piedras y las hacía poderosas y temibles. El grupo de Ocra anduvo por una avenida hasta la puerta donde había apostados varios chamanes de una categoría muy superior a la de Ocra, adornados con anillos de oro, a quienes cada uno de los que entraban debía decir el nombre y la categoría que ocupaba en su clan. Estos chamanes, como la propia Ocra, lo memorizaban todo, y a Umma le inquietó la idea de que si alguna vez llegaba a esta alta posición no sabría cómo podría arreglárselas, cómo podría fingir que recordaba tanto como ellos.

Una vez dentro, Ocra se situó frente a la abertura de dos de las piedras coronadas por el dintel que recorría todo el círculo en forma de anillo de piedra, y el jefe, el hijo del jefe y ella la imitaron. Todo el mundo sabía que había que mirar hacia allí, entonces un sacerdote pegó tres golpes en el suelo con un cayado de madera labrada y un sol dorado y suave comenzó a entrar por aquella abertura entre las piedras, por aquella puerta sagrada. Era como polvo de oro, y Ocra sintió que este polvo le acariciaba y que le penetraba la piel y la recorría por dentro volviéndola luminosa. Cerró los ojos un instante y trató de ser digna de estar allí.

No pudo calcular cuánto tiempo se encontraron en esta posición y en este trance, pero cuando ya el padre de los astros se hizo tan fuerte que no se le podía mirar cara a cara, comenzó la música de los tambores, consistentes en pieles muy bien tratadas y muy finas estiradas sobre bastidores de madera. El sonido fue haciéndose más y más atronador y envolvente, como si saliera de las propias moles. Entonces el chamán del cayado dio otros tres golpes sobre una losa de piedra y esos tres golpes se escucharon por encima del ruido de tambores y cesó la música. El chamán dijo que se sacrificarían primero los animales más grandes, por lo que calcularon que el carnero tendría que esperar unas tres horas. Para cada sacrificio se hacía una ceremonia en la que intervenían los encargados del animal en cuestión. Se sacrificaba sobre la losa y luego se retiraba y se tumbaba a otro y comenzaba de nuevo la ceremonia acompañada de tambores.

El olor a sangre invadía el ambiente. Se repartía licor de miel, y Umma bebió un buen trago de un cuenco de cerámica muy negra, brillante y lisa, decorado con los dos ojos de la Diosa Madre que todo lo ve y lo sabe. Ocra sacó de su morral un pellizco de hierbas molidas y se las tomó, enseguida se le entornaron los ojos como si para ver ya no necesitara mirar. Ahora los bloques de piedra donde golpeaba el sol brillaban y parecía que se acercaban unos a otros. Umma llevaba tanto rato de pie, que la rodilla le escocía, así que la arrimó, primero tímidamente y luego cuanto pudo, a la piedra sarsen. Se decía que sólo había que tocar estos muros para notar el alivio de cualquier mal, por eso habrían transportado las piedras desde tan lejos. Estaban ardientes y cargadas de energía. Pero lamentablemente no hicieron nada por ella, el dolor continuaba, lo que querría decir que no era digna de estar allí, que no era capaz de captar la energía. Se sentía extraña. Entonces Ocra le dijo con una voz más lenta de lo habitual:

-No te preocupes por la rodilla, se te curará en cuanto creas ciegamente que se te va a curar.

Umma sintió un sobresalto, resultaba que Ocra había sabido todo el rato lo de su rodilla.

-Los caldos que he estado haciendo por las noches eran para aliviarte el dolor. No quería que por una caída tan tonta te perdieras esto.

A Umma sólo se le ocurrió murmurar:

-Creer ciegamente.

-Se puede creer -dijo Ocra, sacando otro pellizco de hierbas molidas del morral y poniéndoselo a Umma en los labios-. Toma esto.

Volvieron a beber licor de miel y cerveza, que bebían todos del mismo cuenco, ofrecido por los chamanes y sus ayudantes mientras todos los presentes iban recorriendo uno tras otro el círculo de las grandes piedras. Los animales chillaban y a Umma se le ocurrió una canción y empezó a tararearla. En eso, los tambores callaron, y el chamán del cayado volvió a pegar otros tres golpes. Fue en ese momento cuando por la avenida que llevaba al río entró un grupo de hombres y mujeres jóvenes con preciosos collares de unas piedras transparentes y brillantes como las estrellas que Umma no había visto nunca, y precedidos de un chamán recorrieron el círculo de las piedras azules. Ni siquiera Ocra debía de saber de qué se trataba esta parte de la ceremonia. A Umma, los sonidos, los olores, los colores y el tamaño de las cosas le llegaban con gran intensidad. Las piedras azules parecían ríos o nubes que se iban a tragar a los hombres y las mujeres, casi niños, de los collares transparentes.

Ocra movía ligeramente la cabeza de un lado a otro como en trance, tal vez la misma Umma la estuviese moviendo sin darse cuenta.

-Son los elegidos para viajar a otro mundo y traer noticias y conocimientos a sus tribus -le dijo Ocra.

El hijo del jefe miraba a los elegidos con envidia y con la cabeza baja. Pero Ocra le pidió que condujera él el carnero hasta el altar y esto le contentó un poco. Sacó pecho y estiró el cuello. Su padre, en un gesto nunca visto en un jefe, se quitó el brazalete de cobre y se lo ciñó a él. El brazalete le daba un cierto aire altivo, el viento movió su cabello rizado, que el día anterior se había lavado en el río. Y Umma sintió por él algo que no era capaz de sentir por nadie más de los reunidos en aquel recinto, era de los suyos y eso lo hacía especial, y por eso le dolió que no hubiese sido uno de los elegidos.

Ocra, inclinándose hacia ella, le dijo:

-No puede ir porque morirá dentro de noventa lunas. Tú, en cambio, vivirás más que yo y harás el viaje a otro mundo y verás cosas increíbles.

Cuando el carnero fue sacrificado, el olor a sangre pegajosa ya era insoportable, se mezclaba con el de la cerveza y otros cientos de aromas más imperceptibles. Umma sintió muchas ganas de canturrear, de pronto se acordaba de todas las canciones que había inventado, de todos los nombres que había escuchado alguna vez en su vida, sabía los nombres de todos los astros que podían contemplarse en el cielo y de todos los animales y las plantas. Y vio a gente muy extraña en este mismo lugar, cuyos cuerpos traspasaban los de los presentes sin verlos. Y luego levantó la cabeza y vio cómo un águila descomunal cruzaba por encima del Santuario y miraba hacia abajo asustada o intrigada con unos enormes ojos penetrantes.

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