Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
EL GRAN DÍA DEL LIBRO

Ferlosio clama contra el rigor del destino

El premio Cervantes 2005 recibe el galardón con un discurso largo, brillante y denso

Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) recibió ayer en Alcalá de Henares el Premio Cervantes de manos del rey Juan Carlos. Con el paraninfo de la universidad alcalaína lleno de personalidades, amigos y admiradores de su obra, y las calles próximas abarrotadas de gente, el escritor dejó el sello único de su enorme talento y de su compleja personalidad. Ferlosio leyó quizá el discurso más largo de la historia de los premios, un texto brillante que durante 40 minutos resumió algunas de sus reflexiones sobre carácter y destino. Agitado como un escolar ante la solemnidad de la cita, pero a la vez feliz por la demostración de afecto general, Ferlosio fue ayer, si cabe, más Ferlosio que nunca: inclasificable, libre, sabio.

"La sin par naturaleza de Don Quijote estaba en ser un personaje de carácter cuyo carácter consistía en querer ser un personaje de destino". Con esas palabras, y ya casi al final, Rafael Sánchez Ferlosio hizo confluir en el caballero de la triste figura las dos grandes cuestiones sobre las que vertebró ayer, en un abarrotado Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, su discurso de aceptación del Premio Cervantes.

Hasta entonces, y con la maestría que le caracteriza, el escritor se había sumergido durante 40 minutos en el complejo desafío de aclarar esos dos conceptos que han marcado su obra entera.

Ferlosio hizo un discurso denso, largo, literario, brillante; un discurso más para leer que para oír; un ensayo de creación pura, lleno de digresiones, hallazgos, viajes en el tiempo, reflexiones filosóficas y sutil intención política.

Leyó a velocidad de crucero, sin subrayados, con su dicción extremeña y la voz tenue

Empezó recordando un paseo por el Retiro en 1959 de la mano de su hija

Fue un Ferlosio en estado puro el que recibió el Premio Cervantes: incómodo por la solemnidad, rígido al recibir la medalla, fatigado al hablar, absolutamente libre ante el reto de la escritura.

Todo había empezado con el desafío de subir unas cuantas escaleras para llegar al estrado desde el que leería su discurso. Visiblemente agitado, se le complicó la tarea de ponerse las gafas y empezó a hablar sin que el micrófono estuviera en su sitio. Pero siguió adelante, sin inmutarse, mientras le arreglaban el artilugio para que su voz llegara a todas partes.

Empezó recordando un paseo por el Retiro, en 1959, de la mano de su hija. Ante el asombro y la entrega con que la pequeña seguía la representación de unos actores de guiñol, Ferlosio comprendió que no hacía falta ningún argumento para que ella disfrutara de aquello, que había allí "para ella otra cosa completa, que se colmaba plenamente y aun se hacía perceptible precisamente liberada del sentido". Algo que se manifestaba en su pura gratuidad, sin máscaras ni retórica.

La hondura y la complejidad del texto de Ferlosio, y la manera suya de leerlo, a velocidad de crucero, sin subrayados, con su dicción extremeña y la voz tenue, complicó un poco el cabal y rápido entendimiento de un texto que pretendía dar cuenta de aquellas dos corrientes que marcan los vericuetos de la relación de los hombres con la vida.

De un lado, el carácter, con su inmediata irrupción, su "manifestación", dijo Ferlosio, y que no necesita explicarse. Como ocurre con "los personajes de tebeo, los payasos del circo, Charlot, los distintos repartos de marionetas italianas o francesas"... "y, por supuesto, Don Quijote y Sancho".

Y, de otro lado, el destino, donde lo que se pone en juego es "la acción con sentido, la proyección de intenciones y designios, los trabajos racionalmente dirigidos al logro de los fines".

Aristóteles fue el primero en asomar en el discurso, y, por su afán de recetar la racionalidad como un placebo frente al mundo en el que impera la "pura sinrazón", fue despedido como "un buen burgués, que prefería la injusticia al desorden".

Más adelante se refirió Ferlosio a Walter Benjamin y a su ensayo Destino y carácter. Recordó que citaba a Nietzsche ("el que tiene carácter tiene también una experiencia que siempre vuelve") y así pudo explicar que quien tiene carácter no tiene destino.

Habló Ferlosio del bachiller Sansón Carrasco, que comentó al inicio de la segunda parte del libro que había muchos que esperaban "más quijotadas" y otros que no querían saber más, y llegó a la fiesta de Camacho, donde Sancho, ante la abundancia de viandas, sacó un mendrugo de pan y "con corteses y hambrientas razones" pidió a un cocinero que le permitiera mojarlo en la salsa de una de las ollas.

"Las cosas huelgan sueltas, desligadas las unas de las otras, yacen desperdigadas sin que nadie las tenga sometidas a control", leyó entonces Ferlosio. En la fiesta de Camacho, la prosa de Cervantes fluye a la manera en que aparecen las cosas "en el orden del carácter". Una atmósfera de fiesta y abundancia, de pura gratuidad, donde la jurisdicción del hambre ha quedado suspendida.

En el orden del destino, en cambio, las cosas no huelgan sueltas porque rige el principio burocrático de "un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio". No hay forma de gastar lo que sobra en fiesta alguna, sino que los excedentes han de sacrificarse en aquello que se llama "creación de riqueza".

Cargado de resonancias biográficas, no sólo por la alusión a su añorada hija, el texto de Ferlosio recogió su admiración por algunas figuras del pasado, sus filias y sus fobias: allí estaban el fútbol ("esos 22 muchachos que se autoinmolan todos los domingos") y la guerra de Irak, como metáforas de la injusticia y la imbecilidad moderna: la inversión total, el sacrificio, el esfuerzo, la ganancia a toda costa, la competición, el rendimiento...

De entre los que admira, se acordó de Velázquez, que sucedió a Cervantes "como paladín del carácter", y habló de sus retratos del Bobo de Coria, del Niño de Vallecas y de tantos otros personajes, "inmóviles en la pintura y la historia", para contraponerlos al conde duque de Olivares, "personaje de destino si los hay".

De Velázquez pasó Ferlosio al 98, a Machado y a Ortega, que veían en "esa atmósfera macilenta de los cuadros de Velázquez" lo que los historiadores han llamado la decadencia de España.

También citó abundantemente a Hegel. Lo hizo para mostrar cómo en el orden del destino la felicidad no tiene sitio. Hay lugar, eso sí, para la satisfacción. Para la satisfacción del deber cumplido en aras de un proyecto, de unos fines, de unas metas. "En el castellano de hoy en día, 'felicidad' y 'satisfacción' vienen a usarse como palabras casi sinónimas", dijo Ferlosio. Y más adelante remató: "Lo cual me hace pensar si no será que en un mundo de sujetos cada vez más dominados por el paradigma competitivo del 'ganar y perder' el lugar de la felicidad viene siendo usurpado y colmado por la satisfacción como única forma conocida de contento humano".

Felicidad y satisfacción. La felicidad de los patinadores de El Bosco como antesala de la satisfacción de ver quién corre más, quién llega antes. Huizinga y los juegos agónicos y anagónicos, esos pobres muchachos que se autoinmolan sólo para ganar...

Y, otra vez, Don Quijote en "su encrucijada, inevitablemente conflictiva, entre el orden del carácter y el orden del destino". Ferlosio encuentra que la mejor definición de destino está en el "refrán más espléndido y a la vez más terrible del idioma español...": "El potro que ha de ir a la guerra, ni lo come el lobo ni lo aborta la yegua".

"Las dos desgracias de las que el potro sale salvo son desgracias de la vida, mientras que la desgracia de ir a la guerra, en que hallará la perdición, es, en cambio, por antonomasia, una desgracia de la historia", resumió el escritor.

Y, con Benjamin, concluyó afirmando que, según la rigurosa concepción de los antiguos, el destino carece de una vertiente que revierta sobre la felicidad, lo que coincide "no sólo con la idea de Hegel, sino con el sentir del alma de Don Quijote".

Después de los cálidos y prolongados aplausos para Ferlosio, tomó la palabra la ministra de Cultura, Carmen Calvo, que trazó una semblanza de la obra del galardonado y destacó que, "frente a una realidad tantas veces frustrante y en un intento de renovar lo existente, Ferlosio provoca la pregunta, quiere, como quería Cervantes, brindarnos un ideal alternativo y mejor".

Calvo elogió al premiado como el "verdadero creador literario" que se arriesgó a "mirar la vida" y que "salvó la palabra".

El Rey cerró el acto con una intervención breve, en la que resaltó que Ferlosio "desde el comienzo de su carrera literaria ha cultivado la investigación lingüística y la experimentación de nuevos recursos narrativos".

En su discurso, don Juan Carlos quiso recordar que "a ambos nos une el mismo lugar de nacimiento, la eterna Roma", y expresó su reconocimiento a un autor que "ha ido forjando con los años una escritura de pureza y perfección clásicas en la que nos ha entregado un mensaje complejo y completo a la vez, comprometido con la literatura y con la realidad".

* Este articulo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de abril de 2005