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lunes, 11 de marzo de 1996
Crítica:

Cincuenta años de un genio cercano

  • JAZZ

Concierto homenaje 50 años deJazz

Tete Montoliu (piano), Gary Bartz (saxos alto y soprano), Tom Harrell (trompeta y fiscorno), Pierre Boussagúet (contrabajo) y Alvin Queen (batería). Teatro Monumental.

Madrid, 9 de marzo.

Apenas un suspiro tardó Tete Montoliu en reconocer el teclado amigo en el escenario y ajustarse el faldón de la chaqueta con impaciencia de orador con muchos temas por tratar. Después, dos manos blancas, sensatas y audaces al mismo tiempo, se dispusieron a seguir por enésima vez los consejos de un enorme corazón negro.Lo que vino a continuación fue una llamada al recogimiento, a la concentración en un mensaje puro, y esencial: solemnes acordes que insinuaron canciones tradicionales catalanas, retazos del blues que Tete se dedicó a sí mismo y endiabladas invenciones melódicas en volandas de ritmos con ganas de sorprender, fueron los argumentos irrebatibles que el célebre pianista catalán empleó en los primeros minutos del concierto homenaje que la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) le rindió con motivo de sus 50 años de dedicación al jazz.

A partir de ese momento la velada no fue a más porque, sencillamente, el inicio había sido inmejorable. Tete Montoliu había entregado la historia musical de Cataluña, la del jazz: y hasta la universal en un tiempo récord amparado en una concisión magistral, como si supiera que en tiempos de informaciones ultracomprimidas y raudos cibernautas lo que se impone es condensar el máximo de datos en el mínimo de espacio. Se antojó un Federico Mompou vecino de Harlem, un Thelonious Monk con barretina, un Bud Powell mediterráneo, casi un Sorolla del piano; exquisito y ebrio de luz, dejando en el hueso idea tras idea con pantagruélico apetito.

La aparición en escena del contrabajista Pierre Boussaguet, dignísimo discípulo del gran Ray Brown como evidenció su sonido poderoso y el gusto por los glissandos, irónicos, sonó a des pedida, a prematuro adios de la fascinación que siempre produce el encuentro íntimo del creador con su herramienta única.

El dúo se convirtió después en trío con la batería cantabile de Alvin Queen que, como Billy Higgins, luce una sonrisa perenne para recordar que para él, la música es una fiesta. La SGAE, saltándose su propio lema-eslogan, había impuesto de antemano para el concierto un temario integrado por piezas firmadas por el homenajeado, a pesar de que Tete ha confesado a menudo que no se gusta particularmente como compositor.

Con esta previsión tan poco jazzística desafiaron Montserrat, toda una declaración de amor; Muntaner 83 A, basada en las armonías de la celebérrima On green Dolphin street,- T'Estimo tant, un blues con su pizca de picardía; y Acuarela, sugerente alternativa al Óleo de Sonny Rollins.

Pero Tete encontró en la segunda parte una, forma de saltarse el injustificado protocolo y dar un respiro a la espontaneidad. Gary BartIz y Tom Harrell se sumaron a la tripleta inicial para atacar cinco. piezas compuestas por Tete, la misma tarde del concierto, en colaboración con cada uno de los miembros del quinteto.

La música sin nombre resultó ser un entretenido pretexto para mostrar las habilidades solistas de cada cual. Mención aparte merece la estremecedora, balada interpretada al fiscorno por Harrell, un músico excepcional cruelmente limitado por una enfermedad degenerativa nerviosa, pero colmado con todas las virtudes del poeta genuino.

Tete se despidió radiante de su público. Para entonces seguramente ni se acordaba de la llamativa derrota de su adorado Barça.

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