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Se puede tener alguna satisfacción

Bajo un sol de justicia y -aún después de que éste se escondiera- con un calor que superaba los 40 grados, comenzó a las 19.10 horas de ayer el primer concierto de los Rolling Stones en Madrid, en medio del entusiasmo de más de 70.000 personas, que llenaban el campo del Vicente Calderón, a orillas del Manzanares, y ante la tristeza de algunos miles de fans que no pudieron entrar en el estadio y que siguieron el recital desde el exterior. El espectáculo se inició, con una hora de retraso, con la actuación de los teloneros, la J. Geils Band. Cuando, pasadas las 21.00 horas, salieron los Rolling al escenario, empezó a tronar y poco después a llover abundantemente, para regocijo de los asistentes y cierto pánico del grupo, que también se mojó. Entre los espectadores se encontraba Saporta, presidente del Comité del Mundial 82, patrocinador del espectáculo.
El estadio de fútbol del Atlético de Madrid presentaba ayer este aspecto una hora antes de que comenzase el concierto. Al fondo, el escenario.
El estadio de fútbol del Atlético de Madrid presentaba ayer este aspecto una hora antes de que comenzase el concierto. Al fondo, el escenario.

En contra de lo que apunta la famosa e inevitable canción de los Rolling Stones, -I can't not satisfaction-, la tarde tuvo innumerables satisfacciones, la primera cuando salió al escenario el conjunto J. Geils Band, que tocó durante 45 minutos y supo calentar al personal con gran habilidad y muy buen sonido. Aunque no posea el carisma de los Rolling, esta banda norteamericana tiene un buen desparpajo y la imagen de quien se sabe con categoría para superar el papel de telonero.Pero satisfacciones aparte (que las hubo desde el principio ante el solo espectáculo de la concurrencia: cuarentones en traje de baño, treintañeras en bikini, jóvenes que no volverán a ser rebeldes pero que quieren volver a vivir una segunda-juventud, y una gran mayoría que está todavía en la primera), no faltaron los esperados inconvenientes. Por ejemplo, medio centenar de lipotimias, seis de las cuales fueron rápidamente evacuadas en ambulancias de la Cruz Roja, dos peleas de alguna importancia, la detención de media docena de rateros y unas colas interminables porque los organizadores se empeñaron en no abrir todas las puertas y hubo que tomar al abordaje las disponibles para no llegar con retraso al espectáculo. Menos mal que a las seis de la tarde, en lugar de los teloneros, salió una voz por los altavoces pidiendo paciencia "porque hay miles de personas que todavía no han podido entrar". "Como la J. Geils Band son muy buenos, vamos a esperar un rato para que no se lo pierdan los que están fueras", se disculpó la voz. Pero la espera duró más de una hora, que fue otra más entre actuación de teloneros y grupo estelar.

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Ni una protesta airada. Ni mutis alguno cuando empezó a llover. Quienes aún no se habían quitado la camisa, tuvieron la oportunidad o su disculpa. Antes habían abundado las coca-colas, incluso para regarse la cabeza con ellas, o las botellas de agua -nada de cristal, sólo plástico, aunque los cacheos a la entrada eran muy leves para evitar lo contrario-, mientras los más enterados se dirigían hacia los servicios del estadio para remejarse utilizando el agua de las cisternas de los retretes. Sobre el césped, que no sufrió otros desperfectos que los previsibles por las pisadas de varios millares de personas, la espera se consumió mirando a los espectadores de las gradas que hacían lo propio con los que se sentaban en la hierba. Y no faltaron los valientes que, aún teniendo lugar a la sombra a aquellas horas prefirieron aprovechar, antes de la lluvia, las dos mil pesetas que cos taba el recital para tomarse también un generoso bronceado.

Lo demás fue música

Pasadas las ocho de la tarde, con una hora de retraso sobre el programa previsto, seguía habiendo colas para entrar e iba completándose el número de espectadores. Imposible el cálculo, ni aún apelando al billetaje vendido. Para los organizadores, más de 70.000 personas. Para los servicios de seguridad, había que añadir unos pocos miles. Para los porteros, gente como nunca: unas 100.000 personas. Eso sin contar los 500 policías municipales o los 600 miembros de la Policía Nacional, que rodeaban el estadio o patrullaban por el interior del campo, imperturbables y rígidos, aunque sin excesivo trabajo. Sólo alguno se permitió el relajo de tomarse en público un vaso de cerveza en plástico y el no menor atrevimiento (teniendo en cuenta que afuera quedaban compañeros a caballo y el ruido gratuito de algunas sirenas) de sonreír ante el llamativo espectáculo de los no escasos extravagantes que merodearon el concierto. Y hasta hubo quien seguía el ritmo, fusil en mano, con el rock por clavel revolucionario.

Lo demás fue música, satisfacción (alguna vez se puede conseguir lo que quieres, desmintiendo otra de sus), y el corolario que suele poner Mick Jagger a sus actuaciones: "Soberbios, como de costumbre". El sonido que la Administración Nacional para la Aeronaútica y el Espacio -la NASA estadounidense-, ha preparado para el conjunto permitió a los del estadio y a quienes aguantaron en el exterior volver a casa con la seguridad de no haber perdido el tiempo: Rolling Stones sonaron mil metros a la redonda.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de julio de 1982