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DOCUMENTAL
Crítica

‘Cover-Up’: Un reportero contra la impunidad del poder y el horror de la guerra

El visionado del documental de Netflix sobre Seymour M. Hersh, el legendario periodista que descubrió la masacre de My Lai y los abusos de Abu Ghraib, es más pertinente que nunca

El periodista de investigación Seymour M. Hersh, protagonista del documental 'Cover-Up'.Netflix

Seymour M. Hersh (Chicago, 88 años) te saluda con la frase “es peor de lo que crees” desde su blog en Substack, donde tiene más de 230.000 seguidores. No es un opinador. Es un periodista de investigación que lleva seis décadas resquebrajando la impunidad de gobiernos con exclusivas como la masacre de My Lai en la guerra de Vietnam, los abusos contra presos iraquíes en la cárcel estadounidense de Abu Grahib o el presunto sabotaje de la CIA de varios gaseoductos en el mar Báltico en los inicios de la guerra de Ucrania.

En Netflix se puede ver Cover-Up: Un periodista en las trincheras (Laura Poitras, Mark Obenhaus, 2025). Sin piedad a la hora de narrar la extrema violencia de la sociedad estadounidense, con espectacular material de archivo, el documental retrata las luces y las sombras de un reportero legendario por su tenacidad frente a los abusos del poder militar, económico y político. En una conversación desclasificada, incluída en el documental, se oye al presidente Richard Nixon comentar a Henry Kissinger —en lo que parece un lamento ante un nuevo scoop de Hersh— “ese hijo de puta es un hijo de puta, pero suele tener razón, ¿no?”.

La película de Poitras (autora de la oscarizada CitizenFour, sobre Edward Snowden) y de Obenhaus (que en 1985 hizo con Hersh Buying the Bomb, un documental sobre un agente pakistaní que quiso comprar componentes para el programa nuclear de su país) revela el proceso que llevó al reportero a descubrir la matanza de My Lai, una masacre de una crueldad tan abyecta que casi acaba con la salud del reportero y conmocionó a la sociedad estadounidense. Hersh confiesa que en las horas más negras de su investigación llamó desde una cabina telefónica a su mujer, Elisabeth Klein, psicoanalista, llorando por los horrores que iba descubriendo. Y Myrtle Meadlo, la madre de Paul Meadlo, un soldado en los asesinatos de My Lai, en una grabación recuperada en el documental dice a cámara, como si mirara a los ojos de los miembros del gobierno del momento: “Les envié a un buen chico y lo convirtieron en un asesino”.

Contra la guerra

La asombrosa historia periodística de My Lai empezó en otoño de 1969, cuando Hersh recibe el soplo de que el Ejército está llevando a cabo un consejo de guerra contra un soldado en Fort Benning (Georgia) por el asesinato de varios civiles vietnamitas. Hersh buscó información en el Pentágono sobre investigaciones criminales en Vietnam, y no encontró nada. Pero por pasillos, oficinas y comedores habló con varios funcionarios, hasta que uno le reveló el apellido Calley, y Hersh ya no soltó la pieza.

Se dedicó a rastrear documentos hasta dar con una nota breve que explicaba que un tal William L. Calley, oficial de infantería, había sido acusado de asesinato por la muerte de un número indeterminado de “orientales” en marzo de 1968. El periodista decidió entonces tomar café con un militar que podía estar informado del asunto, pero en lugar de hacerle preguntas sobre Calley, lo que hizo fue charlar sobre el caso. El militar continuó la conversación, aportando algún dato más, esto es, le confirmó la historia.

A partir de ahí, Hersh consiguió encontrar al abogado de Calley en Salt Lake City y entrevistándolo en su despacho, el reportero consigue leer —¡del revés!— parte del informe de acusación que el letrado tenía sobre su mesa. Después, se desplazó a Georgia, donde recorrió casi 150 kilómetros dentro de Fort Benning —una base militar de más de 700 metros cuadrados—, preguntando por Calley a operadoras de teléfono, a funcionarios, soldados, trabajadores de piscinas, gimnasios, tiendas y bares, hasta que consigue dar con él.

Lo que siguió fue una investigación sobre la matanza de 109 civiles en My Lai —niñas, niños, bebés, abuelas, abuelos, adolescentes y mujeres— una noticia que zarandeó el mundo, y que fue determinante en las movilizaciones contra la guerra de Vietnam.

Abrumado por la violencia de la contienda, Hersh explica en el documental que manejó dos hipótesis: una era que se trataba de un suceso tan atroz que todos estaban en shock y quisieron taparlo, y la otra era que aquello era un suceso tan poco extraordinario que no llamaba la atención. Se centró en la segunda, y acertó. “La clave estaba en el recuento de cadáveres”, explica Hersh a cámara, mientras recuerda cómo leyendo y escuchando a los estrategas militares, entendió que, bajo la tenebrosa lógica militar, ganar o perder la guerra dependía de cuántos muertos tenías (después descubrió que el mismo día había ocurrido una matanza parecida en Co Luy, una aldea cercana a My Lai).

En el pasado Festival de Venecia, Poitras explicó que Cover-Up “es una película sobre los ciclos de impunidad que nos han llevado hasta nuestros días y el papel esencial de una prensa crítica”. Por su parte, Obenhaus advirtió de que mostrar trabajos como los de Hersh “se ha vuelto cada vez más urgente a medida que las fuerzas alineadas contra el periodismo de investigación han aumentado a nivel mundial”.

Carlos Aguilar, crítico de cine en Los Ángeles Times, alaba el hecho de que el último trabajo de Poitras sea sobre Hersh. “En este momento en el que Estados Unidos está viviendo una represión terrible, que ella se enfoque en una figura como Hersh es sumamente acertado”, apunta Aguilar en conversación por correo electrónico. “La importancia de una prensa libre que no esté subyugada por gobierno o por otras fuerzas externas, es sumamente vital”, alerta.

Mentiras y embaucadores

Al borde de los 90 años, Hersh sigue documentando atrocidades. En la película hay una escena en la que habla con una investigadora que le informa sobre sus avances en su estudio sobre el recuento de los niños asesinados en Gaza. Hay muchos otros momentos llenos de crudeza, también a título personal para el periodista, como cuando admite que se dejó embaucar por el líder sirio Bashar al-Assad cuando lo acusaron de usar armas químicas contra la población civil. “Le vi tres o cuatro veces y no creí que fuera capaz de hacer lo que hizo”, confiesa.

En otro momento de la película, Hersh explica que una de las cosas que le impulsó a ser reportero es que le gustaba la gente. Quizás ahora aún siente lo mismo, pero lo han espiado y perseguido tanto por su labor contra los abusos de poder que ya no sabe qué pensar de los demás. “Es difícil saber en quién confiar. Apenas confío en ustedes”, le dice Hersh a Poitras y Obenhaus, medio broma medio en serio.

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