Ir al contenido
_
_
_
_
DOCUMENTAL
Crítica

‘Cuando nadie me ve’: el quiero y no debo de Alejandro Sanz

La serie es agradable, porque Sanz es un tipo muy simpático, autor de parte de la banda sonora de nuestras vidas, pero no mete el dedo en la llaga porque para eso es cosa y obra suya

El 14 de diciembre de 1991, después de que Alejandro Sanz actuara en el Pabellón de Deportes del Real Madrid un repertorio de canciones que ya incluía Pisando fuerte y Los dos cogidos de la mano, las fans le cantaron el cumpleaños feliz porque soplaba velas cuatro días después. A su madre, cuyas cenizas reposan junto a las de su padre en la finca que el cantante posee en Jarandilla de La Vera, la llamaba La loba.

En una de las giras sacó al escenario a Farruquito, que recibió abucheos de parte del público porque en esos días el bailaor era noticia nacional por atropellar mortalmente a una persona con su coche. Su primer concierto en Estados Unidos fue en el Beacon Theatre de Nueva York, en pleno Broadway, y tuvo que ser interrumpido en varias ocasiones porque las fans saltaban al escenario.

Pero este no es el artículo de una fan, sino el de una periodista que ha visto la miniserie documental Cuando nadie me ve (Movistar Plus+), y que quiere añadir estos detalles que no aparecen por si resultaran de interés. Tres capítulos de cerca de una hora de duración que disfrutarán los muy cafeteros que siguen llorando cuando escuchan ¿Lo ves?, o será el rito de iniciación para los que desconozcan quién es este muchacho con tan buen pelo pasados los cincuenta que sigue cantando canciones.

La serie es agradable, porque Sanz es un tipo muy simpático, autor de parte de la banda sonora de nuestras vidas que se ha llevado todos los premios posibles del mundo. Repasa canciones y amores y momentos en los que ha estado regular tirando a mal, pero el documental no mete el dedo en la llaga porque para eso es cosa y obra suya. Y si le ha puesto nombre a lo que le ha pasado, no nos lo quiere contar y en parte se entiende, porque es alguien que ha defendido su vida privada de los objetivos de los fotógrafos y de los curiosos. Tan harto acabó de las persecuciones que contrató a dos personas para que se vistieran de pollo e hicieran guardia a las puertas de la casa de un paparazi para que se diera cuenta de cómo se sentía. “La mujer le dijo: o el pollo o yo”, dice muerto de risa.

Cuenta que ha habido momentos en su vida, muy diferentes a esos inicios, vestido con camiseta de acid house y chaqueta de torero, cuando se llamaba Alejandro Magno, llenos de algo que llama “soledad seca”. Un éxito repleto de gente y muy próximo a un agujero negro por el que es facilísimo precipitarse. “La línea que hay entre estar bien y estar mal es muy fina”, dice.

El cantante aprovecha para acordarse de aquellos críticos a los que no le gusta nada lo que hace, que le han llamado simple —“¿y tú me lo preguntas? Simplicidad eres tú”— y de paso se queja de los algoritmos y de la parte más fría de la industria de la música, esa parte poblada de hombres de negocios que han hecho del Excel una extremidad más de sus cuerpos.

El humor, que todo lo tapa, es la coartada perfecta para que los capítulos discurran con fluidez. Y dan a entender que Sanz es de esos que cuando intuyen marejada, tiene listo el chiste fácil, el comentario ligero, y a otra cosa. En la música y en la vida. “Cuando tengo heridas escribo mejor”, dice. Cualquiera que repase sus álbumes y haga lo mismo con su currículo vital sabe que es absolutamente cierto.

Parejas, amigas y admiradoras ‘deluxe’

Aparecen parejas que ya no lo son, amigas como Shakira y admiradoras deluxe como Rosalía, managers de ida y vuelta, cómplices como Rosa Lagarrigue que lo acompañaron durante años y cuya relación profesional acabó en los juzgados. Hay momentos llenos de ternura con sus hijos, otros en los que se ríe de sí mismo y aparece vestido del Sombrerero Loco de la Alicia de Lewis Carrol. Retazos de conciertos que envejecen divinamente. Palabra de fan.

El hijo de Jesús y María es una estrella de la música mal que le pese a algunos y afortunadamente para tantos otros, que sigue llenando estadios pero tirando del depósito de reserva en lo musical, sin rozar siquiera un pedazo de la gloria que tocó con algunos de sus álbumes. Hay un detalle revelador en Cuando nadie me ve, porque detrás de El tren de los momentos vinieron más discos, como Paraíso exprés, Sirope y El disco, pero una amnesia parece hacer olvidar esa etapa de su vida. Sanz se centra en la miel y en lo último que ha sacado, que se llama ¿Y ahora qué?

Hoy es un hombre de 57 años, padre de cuatro hijos y 24 Latin Grammy, que a veces tuitea raro y habla como si ensayara discursos de autoayuda, pero dueño de momentos de gran lucidez, como cuando afirma que “las eternidades son muy románticas, pero los momentos son más honestos”. Y ahora, a ver.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_