COLUMNA
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Cuando el rock se hizo arte... e irritó a los cascarrabias

El documental ‘All My Loving’, de 1968, reúne a las estrellas del pop y a sus críticos para debatir si el movimiento musical de ese tiempo era de verdad cultura o solo el modo de ocio de una generación dada a colocarse

Los Beatles, en una foto de Don McCullin, en Londres en julio de 1968.
Los Beatles, en una foto de Don McCullin, en Londres en julio de 1968.CONTACT PRESS

Cuando se estrenó el documental All My Loving, de Tony Palmer, en otoño de 1968, se emitió primero en blanco y negro en la BBC-1 y, unos días después, en color en BBC-2. Así era la tele entonces. Hemos visto muchos reportajes sobre la edad de oro del rock, esos años hippies de finales de los sesenta. Pero tiene especial valor este, rodado en plena fiebre, una de esas joyas que se esconden en los menús de las plataformas (en Filmin y Netlix).

All My Loving enfrenta, en apenas 55 minutos, las reflexiones de algunas de las estrellas del momento (Beatles, Who, Animals, Zappa, Cream, Hendrix, Donovan) con, eso es chocante, las de los cascarrabias que menospreciaban la revolución musical (y social) que se estaba produciendo en ese tiempo bullicioso. La pregunta que se quiere responder es si el pop-rock puede considerarse de verdad un arte o si es solo una moda pasajera, la forma de ocio de una generación dada a colocarse.

Entre los críticos hay alguno un tanto grotesco, que se remite a Sodoma y Gomorra. Otra voz tiene más autoridad, como la del compositor y escritor Anthony Burgess: “Hoy los jóvenes se consideran sabios como los borrachos se creen sobrios. Dicen: menos mal que no tengo que aprender, que no tengo que esforzarme”. Es paradójico que Burgess se convirtiera en un icono de aquella generación de melenudos con su libro La naranja mecánica.

Le da la réplica Frank Zappa: “La música pop, por muy mala que sea, es mejor que casi todas las cosas que se están haciendo”. Añade que el objetivo de sus canciones es desafiar la apatía. Queda claro que aquellos músicos no solo querían cambiar la música, sino su tiempo. Contadas escenas nos recuerdan el contexto político de ese año, de la guerra del Vietnam a la lucha por los derechos de los negros en EE UU; no se llega a recoger la agitación de aquel mes de mayo. Pete Townshend, de The Who, dice: “Es vital que el pop progrese como arte en el sentido de una revuelta total de las ideas de todo el mundo”.

La pregunta de si el rock es arte se responde sola porque precisamente en esos años (a partir del Revolver de los Beatles, del Pet Sounds de los Beach Boys, del Highway 61 Revisited de Dylan), el género había dado un salto de gigante en su ambición creativa. Eric Burdon relaciona ese movimiento con la experimentación con el LSD, que había abierto nuevos horizontes. Pasada la fiebre psicodélica, se había vuelto al sonido potente del rock, pero desde una mirada más madura. Y la tecnología permitía explorar otras vías: el estudio se había convertido en un laboratorio. George Martin, el productor de los Beatles, explica algunas de las innovaciones sonoras que estaba haciendo en ese momento con los de Liverpool y que, admite, es imposible replicar en directo (por eso la banda renunció a los escenarios).

Los años siguientes a 1968 fueron muy fecundos, aunque se fuera perdiendo esa inocencia y el sueño hippy se diera por acabado. Quizás All My Loving, canción de los Beatles festivos y frívolos de 1963, no era el mejor título para un documental en el que habla un Paul McCartney que ya está ideando músicas mucho más complejas. Y que dice sin cortarse: “El pop es la música clásica de hoy”. Envejeció peor el discurso de los resistentes.

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Sobre la firma

Ricardo de Querol

Es subdirector de EL PAÍS. Ha sido director de 'Cinco Días' y de 'Tribuna de Salamanca'. Licenciado en Ciencias de la Información, ejerce el periodismo desde 1988. Trabajó en 'Ya' y 'Diario 16'. En EL PAÍS ha sido redactor jefe de Sociedad, 'Babelia' y la mesa digital, además de columnista. Autor de ‘La gran fragmentación’ (Arpa).

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