Análisis
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Rocío, cómo contar una historia para que siga viva

Mediaset tiene un truco infalible para sobrevivir a la resaca de un hito televisivo y ha vuelto a utilizarlo con ‘Rocío: contar la verdad para seguir viva’

En vídeo, tráiler de la entrevista a Rocío CarrascoMEDIASET

La actriz Tallulah Bankhead mitigaba sus resacas con un cóctel llamado Viuda Negra, una mezcla de champán y cerveza negra. Kingsley Amis lo hacía con un combinado de vodka, Bovril y pimienta negra, que bautizó como Bisonte Polaco. En Mediaset el síndrome de abstinencia televisiva de sus grandes pelotazos también lo curan evitándolo. Es decir, volviendo a beber.

El estreno de Rocío: contar la verdad para seguir viva el domingo 21 de marzo se convirtió en un Roci-hito (imposible olvidar el ingenioso mote que le dedicó Maruja Torres en las páginas de este periódico haciendo un juego de palabras con los nombres de los emperadores japoneses): más de 3,7 millones de espectadores (un 33,2% de cuota de pantalla) se sentaron en directo frente al televisor, cifra que ascendió a los 5.467.000 durante el minuto de oro, a las 22.58. A raíz de este éxito no solo de audiencia, sino de monopolio de lo que ahora algunos llaman “la conversación”, como si solo pudiera haber una, parecía pertinente preguntarse cómo demonios iba a conseguir Telecinco repetir la hazaña este domingo, con la continuación de la docuserie sobre la hija de Rocío Jurado. Parecía pertinente, sí, pero no lo es. O no exactamente.

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No lo es porque los programas de Telecinco no forman parte de una parrilla de compartimentos estancos, sino de un ecosistema de contenidos. La cadena trófica es la siguiente: de lo emitido el primer domingo se han alimentado El programa de Ana Rosa, Ya es mediodía, Sálvame diario, Sábado Deluxe, Socialité y Viva la vida. A mediados de semana, con el estreno del tráiler de los dos siguientes episodios, todos ellos pasaron de centrarse en las consecuencias de lo visto a especular sobre lo que iban a ver, a modo de cebo. A esto hay que añadir el debate constante sobre lo ocurrido y sus consecuencias extratelevisivas –la mejor forma de neutralizar las críticas ajenas es fomentarlas desde dentro– a raíz de los testimonios adyacentes, que podemos dividir en tres categorías: las reacciones de los trabajadores de la casa, muchos de ellos implicados personalmente en la vida de Rocío Carrasco; los testimonios ajenos pero vinculados con la historia, y la opinión de profesionales, críticos de televisión, psicólogos, representantes de asociaciones y expertos en violencia de género. Por contar han contado hasta con la intervención de la ministra de Igualdad, Irene Montero. En la cadena amiga, en fin, los entrenamientos son tan importantes como los partidos, no vale pensar, citando uno de sus títulos antológicos, De domingo a domingo.

Y de todos estos ingredientes ha bebido el programa de anoche. Cualquier espectador habitual de Telecinco podía intuir lo que se iba a encontrar porque Telecinco se lo ha contado. Mediaset ha refrendado el éxito de su paradójica estrategia: conseguir que a una legión de seguidores le siga interesando el partido no a pesar de haberle enseñado los goles, sino gracias a ello. Al público se le había adelantado, Sálvame mediante, incluso un desglose de contenidos de los dos episodios días antes de que se emitieran. Se le había avanzado el qué, pero no sabíamos cuánto iba a influir el cómo y si quedaba, como ha sido el caso, algo que desvelar.

Antes de que comenzara la emisión el primer capítulo de la noche, que lleva por título Se nos rompió el amor –qué desaprovechadas en este programa las canciones de Manuel Alejandro, que son el camino, la verdad y la vida, entre tanto aspirante a ganar Eurovisión este año, lo primero que oímos es un mensaje de agradecimiento de Rocío Carrasco a todos los que la han creído, lo cual ya fortalece el vínculo del espectador con el programa, lo convierte casi en interactivo. El plató, conducido en esta ocasión por Carlota Corredera, permite que un formato cerrado como el de la docuserie se complemente con los ecos que ella misma ha provocado.

Y después entramos en materia: el episodio arranca con un predictor, el anuncio del primer embarazo de Rocío. “Fue uno de los días más felices de mi vida, iba a cumplir mi sueño, a tener un hijo”. Pero hasta rememorar este momento de felicidad lleva a su protagonista a llorar de pena. Nos cuenta la reacción de su madre –”Yo abrí la puerta del camerino, me miró, sonrió y me dijo ‘estás preñada’”–, la de su padre –”Me dio un bofetón que la cabeza me dio vueltas como la niña del exorcista y me dijo ‘te lo dije, te ha arruinado la vida’ y la posterior boda, pero en lugar de detenerse en lo que todos conocemos –el “estamos tan agustito” de Ortega Cano, el rap improvisado de Massiel, los detalles, en fin, de color– Rocío… se centra en el testimonio de su protagonista, que tiñe toda la historia de una tristeza omnipresente, la misma que sufre ella. La luna de miel en Isla Mauricio, el nacimiento de su hija y sus primeros meses de vida, la mudanza de la familia a la casa de Rocío Jurado en La Moraleja, sus infructuosos coqueteos con las pasarelas, su segundo embarazo… Se nos rompió el amor funciona como una cara B amarga de las exclusivas en ¡Hola!, de Crónicas marcianas, de Tómbola. Y culmina, a modo de clímax, con el descubrimiento de ella, en sus propias palabras, de la infidelidad de su marido, su posterior ataque de pánico y su decisión de separarse.

Decisión que el segundo episodio de la noche posterga hasta su final. Esta entrega, titulada Ese hombre –seguimos con Manuel Alejandro–, ya no es la cara B desagradable de la crónica rosa que todos conocemos con el melodrama subido. Es una historia de terror psicológico que gira alrededor de la luz de gas. Se habían emitido en repetidas ocasiones a lo largo de la semana unas declaraciones de Rocío que refuerzan el leitmotiv en el que ahora se ha profundizado: “[Me decía] Estás loca, que si las hormonas, que si el embarazo te está afectando a la cabeza, que los celos te están volviendo loca y que por culpa de los celos iba a malparir a mi hijo”. La venida al mundo de David, el hijo pequeño de Rocío y Antonio David, funciona como catalizador de la debacle. “No quiero entrar en los problemas que David tuvo cuando nació, no me parece bien”, aclara su madre. “Solo diré que hubo que trasladarlo de hospital a las seis horas de nacer”. Un tabú, el de la discapacidad del hoy joven de 22 años, que seguirá siéndolo por prescripción materna. El rosario de desprecios y desplantes de su entonces marido jalona todo el relato de Rocío hasta llegar al inesperado clímax del capítulo: durante una discusión entre la pareja, cuando la cosa pasa a mayores, Rocío Jurado interviene, pero Antonio David consigue achantarla. Según Rocío, él le dijo: “‘Y tú te callas, Rocío Jurado, tú no conoces a Antonio David Flores’, y ahí la acojonó. Se calló, se dio la vuelta y se fue”.

Conocemos los pasos del viaje del héroe, muchos teóricos se han dedicado a estudiarlo y a delimitarlo, partiendo del análisis de centenares de relatos épicos. Hace solo un par de meses se reeditó en España El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell. Rocío… parece estar poniendo la primera piedra televisiva para el viaje de la víctima por obra y gracia de Mediaset. Pero esto es algo más que un cuento, por mucho que su protagonista nos lo esté contando y que a lo largo de la noche hayamos recordado cómo tantas veces a Rocío se la acusó de querer vivir de él. “¡Es mi vida la que está en el aire!”, podría gritar, parafraseando a otro personaje de Telecinco, el de Lydia Bosch en Motivos personales.

Mientras en plató los colaboradores analizan lo visto y vuelven a los debates extratelevisivos que se resumen en la especulación sobre una posible reapertura del caso a raíz de lo emitido, ya estamos viendo los cebos de la siguiente entrega. El programa termina. Pasamos, en una de esas chocantes transiciones entre formatos que ya son marca de la casa, de Kiko Hernández dando un discurso sobre la paternidad responsable a Kiko Hernández anunciando una máquina para pedalear sentado frente a la tele. Son las 2.30. En seis horas y veinticinco minutos comienza El programa de Ana Rosa. Rápido, no hay tiempo para la resaca, hay que rellenar la copa para que el espectador siga bebiendo.

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