Miedo al despido y aires de cambio en las oficinas de Twitter

Los empleados de la red social viven con incertidumbre la primera semana del anuncio de la compra de su compañía por el magnate Elon Musk

Las oficinas centrales de Twitter en San Francisco, California.
Las oficinas centrales de Twitter en San Francisco, California.David Paul Morris (Bloomberg)

Las oficinas de Twitter se han convertido en el escenario del culebrón más reciente de Silicon Valley. El lugar vivía este jueves una tensa calma. El cocinero latino de un restaurante asiático en la planta baja asegura que son pocos los empleados que han vuelto, lo que corroboran encargadas de comunicación de la compañía. Twitter, fundada hace 16 años, reabrió a finales de marzo, pero el consejero delegado, Parag Agrawal, dio luz verde a todos los trabajadores para teletrabajar. Los aires de cambio inundan la atmósfera, y en las especulaciones sobre los cambios que podría introducir Elon Musk como nuevo dueño de la empresa cabe todo. Incluso la mudanza. Dan Ives, un analista en temas de tecnología afincado en Los Ángeles, no concibe que Musk se lleve lejos la sede de la compañía, como hizo con Tesla, a la que trasladó a Texas. “San Francisco es una parte central del ADN de Twitter”, afirma.

“Por el momento, y mientras la compra no se haga efectiva, todo sigue igual”, aseveraba esta semana una tweep —como se llaman a sí mismos los trabajadores de Twitterque prefiere permanecer en el anonimato. Muchos de los empleados de la compañía obtienen el 50% o más de sus incentivos y compensaciones de las acciones de la empresa. No está claro qué ocurrirá cuando Musk reúna los 54,20 dólares por título que ofreció para convertir la plataforma en una empresa privada. Los bancos han aceptado prestarle miles de millones de dólares. Y según Bloomberg, el dueño de SpaceX dijo para convencerlos que una vez tome el control habrá recortes en una plantilla que ahora cuenta con 7.500 trabajadores. También ha tuiteado que meterá la tijera a los sueldos de los directores del consejo para ahorrar costes.

Elon Musk, durante la inauguración de la fábrica de Tesla en Berlín.
Elon Musk, durante la inauguración de la fábrica de Tesla en Berlín.DPA vía Europa Press (Europa Press)

En el aire se respira también el fin de una época. “Creo que pude haber hecho las cosas mejor y de forma diferente. Pienso mucho en eso”, admitió el viernes Parag Agrawal a sus empleados en una reunión interna seguida por Reuters. El consejero delegado, que lleva pocos meses en el cargo tras tomar el testigo del fundador de la compañía, Jack Dorsey, informó a los trabajadores de que habrá cambios en la dirección de la firma una vez que Musk se ponga a los mandos, algo que no sorprende si se tiene en cuenta que el milmillonario comparó a Agrawal con Stalin en un meme publicado en diciembre pasado. Y parece que una nueva purga se avecina.

Moments fue una de las respuestas de Twitter a la larga estela de desinformación que dejó la campaña electoral de Donald Trump en 2016. Unas 15 personas vigilaban esta herramienta en Latinoamérica para contrarrestar las fake news. El desasosiego marca hoy el ánimo de todos ellos. “Siempre ha sido nuestra preocupación hacer esta plataforma más segura, seria y libre de desinformación. Ya no estamos seguros de que podamos seguir haciéndolo”, dice una integrante del equipo, que prefiere no revelar su nombre.

Con sus oficinas a medio gas, los empleados han trasladado a la red social el clima de incertidumbre que se respira. “Son tiempos de genuina incomodidad y falta de certezas. Muchos creemos que Twitter va más allá de ser una plataforma tecnológica: tenemos una responsabilidad con la sociedad. Espero que el nuevo dueño comprenda esto”, ha tuiteado el empleado Edward Perez. Este viernes, otro trabajador lanzó una pregunta para los ejecutivos: “Honestamente, ¿qué piensan de la elevada posibilidad de que muchos empleados se queden sin trabajo tras esta operación?”. La cúpula prometió estar atenta al desgaste de los empleados, pero les pidió no filtrar nada a la prensa. Se espera que la transacción tarde entre tres y seis meses en estar lista.

El encaje de Elon Musk, un visionario que arrastra una leyenda negra, en una empresa de perfil progresista, es otra de las incógnitas. Cuando Tesla luchaba con los problemas de producción de su modelo 3, Musk durmió en la planta todos los días de la semana hasta que se alcanzó el objetivo de fabricación de vehículos eléctricos. De ese periodo trascendieron explosivos despidos a trabajadores que no le aguantaban el ritmo. En California, el estilo de liderazgo en algunas plantas de sus empresas ha acabado en los tribunales por demandas de acoso y discriminación. Estas formas contrastan con los modos más relajados de la tecnológica de San Francisco. Jack Dorsey estuvo cerca de ser sacrificado por el consejo hace años porque le gustaba salir a las seis de la tarde para ir a clases de dibujo, yoga o diseño de moda. Dorsey, no obstante, ha sido uno de los promotores de la llegada de Musk.

Esta semana también ha dejado un pulso por venir. El ejército de simpatizantes de Musk, parte de los cuales se mueve ideológicamente en el espectro más radical de la derecha, criticó con dureza a Vijaya Gadde, una de las abogadas responsables de las políticas de moderación y lucha contra el acoso. La avalancha fue provocada por otro meme lanzado por Musk, este de un debate en el podcast del polémico Joe Rogan entre Gadde y un YouTuber de extrema derecha, quien argumenta que la plataforma no es neutral y se inclina hacia la izquierda. “Estoy sorprendida de que la gente haya atacado a dos de nuestras ejecutivas más prominentes”, dijo el martes Lara Cohen, encargada del programa Partners de Twitter. Dos días después, la empleada lanzó un grito de guerra: “Los empleados de Twitter somos resistentes y más fuertes de lo que piensan. Aquí seguimos”.

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Sobre la firma

Luis Pablo Beauregard

Es uno de los corresponsales de EL PAÍS en EE UU, donde cubre migración, cambio climático, cultura y política. Antes se desempeñó como redactor jefe del diario en la redacción de Ciudad de México, de donde es originario. Estudió Comunicación en la Universidad Iberoamericana y el Máster de Periodismo de EL PAÍS. Vive en Los Ángeles, California.

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