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La huella negra de la tecnología

Los móviles, los servicios digitales que usamos diariamente y toda la industria tecnológica en general causan un daño constante y poco visible al medio ambiente

Un operario del punto limpio de la calle San Romualdo del distrito de San Blas, en Madrid, revisa los contenedores de residuos electrónicos. Ampliar foto
Un operario del punto limpio de la calle San Romualdo del distrito de San Blas, en Madrid, revisa los contenedores de residuos electrónicos.

De ocho de la mañana a ocho de la tarde, el punto limpio de San Blas, en Madrid, contribuye con su minúsculo granito de arena al reciclaje mundial de aparatos eléctricos y electrónicos. A ese 15,5% de basura tecnológica que se recicla en el mundo, según cálculos de la Universidad de Naciones Unidas. El 84,5% restante no se recupera.

Los coches entran en el recinto, suben una rampa de asfalto y se detienen en la explanada, junto a los fosos donde están los contenedores metálicos. Son cajas enormes, de 28 metros cúbicos de capacidad, listas para engullir los residuos que generan sin tregua los habitantes de la zona. También los hay más pequeños. Un poco más allá están plantados varios arcones cuadrados, de 2.000 litros de capacidad. Uno es para las pantallas planas, en otro se amontonan tres televisores de tubo en un ménage à trois analógico.

Estas teles van aparte por su potencial especialmente contaminador. El resto de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEES) acaba en uno de los grandes contenedores. Se arrojan hacia una caída de dos metros que termina estruendosamente en un lecho picudo de electrónica y tripas informáticas.

En Madrid, el reciclaje ha aumentado en los últimos años. Lo sostiene Víctor Sarabia, director general de Servicios de Limpieza y Residuos del Ayuntamiento de Madrid. “Lo que se puede reutilizar se reutiliza y lo que no, se gestiona sin perjuicio para el medio ambiente, ya sea mediante su destrucción o su neutralización”, incide. En dos años la cantidad de RAEES reciclada prácticamente se ha duplicado, alcanzando las 2.122 toneladas.

“Es importante reciclarlos por el valor de los materiales, algunos de ellos muy valiosos”, comenta Sarabia. “Y también porque contienen compuestos nocivos para el medio ambiente”. La situación ha mejorado, pero también da idea de la colosal tarea que queda por delante.

A nivel mundial, en 2014 la Universidad de Naciones Unidas estimaba que se producían 41,8 millones de toneladas de basura electrónica. Solo una parte de estos residuos se reciclan. Y estos residuos solo son una parte de lo que contamina la industria tecnológica.

Investigadores de las universidades Rey Juan Carlos, de Madrid, y de Valladolid abordan esta cuestión en un nuevo trabajo. La cara oculta de la sociedad de la información: el impacto medioambiental de la producción, el consumo y los residuos tecnológicos, publicado en la revista Chasqui, hace un esfuerzo de recopilación de fuentes fiables que tratan el impacto ambiental que genera la tecnología en nuestros días. Es una llamada de atención, un intento de frenada ante los cantos de sirena del determinismo tecnológico.

Mientras en el contenedor de residuos electrónicos se acumulan los efectos del consumo desmedido de gadgets electrónicos, un operario de uniforme verde-amarillo con bandas reflectantes echa una mano a los visitantes. El fondo repleto de cacharros rotos muestra únicamente la jubilación de la tecnología. Pero antes de que un producto se convierta en un residuo se utiliza y, antes aún, se fabrica. Son dos etapas que también dañan el medio ambiente.

Las emisiones de la sociedad de la información

Los dispositivos consumen energía durante su uso y también lo hacen las instalaciones de las empresas que proporcionan servicios digitales, como Google, Facebook o las operadoras. En La cara oculta de la sociedad de la información recogen que la industria de las TIC consumió en 2013 un 7% de toda la electricidad global.

Con estos datos sería responsable del 2% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero: lo mismo que contamina el sector de la aviación. Y para 2020 se espera que la industria TIC doble sus emisiones al 4% del total en el mundo. En el trabajo de estos investigadores se apunta que el consumo energético se debe en un 82-84% a la fase de uso de las tecnologías. Las redes y los centros de datos son la parte que más aumenta el consumo.

El impacto ambiental del móvil

Hay que rebobinar aún más para encontrar una de las mayores heridas que hace la tecnología al medio ambiente. Hasta la fase de producción. Tomemos como ejemplo un producto que todos llevamos en el bolsillo.

Un teléfono móvil de 80 gramos –hoy los smartphones están por encima de 110 gramos– emplea 44,4 kg de recursos naturales para fabricarse y funcionar. Es la llamada "mochila ecológica". La mayor parte de esta cantidad pertenece a la extracción de materias primas y a los compuestos empleados en su producción. Y en los últimos diez años se han producido 7.100 millones de smartphones.

El peso de la mochila ecológica se ve más claramente en un producto. Para un ordenador de sobremesa se necesitan 240 kg de combustible, 22 kg de productos químicos y 1.500 litros de agua, según recoge el estudio.

Así, la labor de los puntos limpios ataca solo la punta del iceberg. En el de San Blas, el contenedor de residuos electrónicos ya está por la mitad. Cuando se llene se llamará a una empresa gestora, que inicia la labor de recuperación en su planta de tratamiento. El reciclaje es una de las fórmulas para aliviar la extracción de materiales en las minas.

“Un móvil es un equipo muy rico desde el punto de vista electrónico. Podemos recuperar aproximadamente un 90% del peso”, señala Fermín Rodríguez, gerente de Recyberica Ambiental, una de las entidades que recoge los residuos de los puntos limpios. Estima que de una tonelada de móviles se pueden obtener 650 kg de plásticos, unos 250 kg de metales, sobre todo aluminio y cobre, además de unos cinco o seis kilogramos de metales preciosos (oro, plata y paladio).

Pero, además de atraer visitantes, los puntos limpios se enfrentan a otro problema. A la entrada del recinto, un hombre sonriente pregunta a los coches que van a pasar. Muchos no hacen caso, pero un Jaguar azulado para. La conductora se baja y abre el maletero. Si al hombre le interesa algo lo toma y lo mete en su furgoneta, que está aparcada al lado.

“La realidad es que detrás de estos señores hay mafias organizadas que al final llenan camiones y barcos que acaban en África”, denuncia Rodríguez, en referencia al tráfico ilegal de residuos. En San Blas los contenedores tienen sistemas antirrobo y candados que impidan reventar sus cierres. Son un intento de frenar otra plaga: los ladrones que entran por la noche, el colofón a un ciclo que desgasta el planeta distraídamente.

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