Tribuna
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El silencio del cardenal Omella

El presidente de la Conferencia Episcopal Española no hizo una sola referencia a los 39 obispos acusados de encubrir la pederastia, 14 de los cuales vivos, durante el discurso inaugural de asamblea plenaria de los prelados españoles

El presidente de la Conferencia Episcopal Española, el cardenal y arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, este lunes durante la sesión inaugural de la asamblea plenaria, en Madrid.
El presidente de la Conferencia Episcopal Española, el cardenal y arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, este lunes durante la sesión inaugural de la asamblea plenaria, en Madrid.Jesus Hellin 2022 (Europa Press)

Asombro, indignación, conmoción, rabia, cansancio: esas fueron las reacciones del presidente de la Conferencia Episcopal Francesa Eric Moulins-Beaufort durante la celebración de la Plenaria de la Conferencia Episcopal Francesa en una rueda de prensa ante la acusación de 11 obispos por agresiones sexuales a menores o encubrimiento, investigados por la justicia francesa y por la justicia canónica Él mismo hizo un relato pormenorizado de los hechos ante los medios de comunicación, reconoció los delitos, asumió los errores en la investigación y mostró arrepentimiento.

El diario EL PAÍS documentó los casos de 39 obispos españoles que, según los testimonios de las víctimas, ocultaron y encubrieron a clérigos pederastas en diferentes instituciones de la Iglesia católica. ¿Cómo? Impidiendo el conocimiento de los hechos, negándose a investigarlos, no permitiendo juicios civiles ni realizando procesos canónicos, manteniendo a los acusados en su destino, cambiándolos de responsabilidad pastoral o enviándolos a otros países, en muchos casos sin advertir en los lugares de destino de las agresiones sexuales que habían cometido.

Los presuntos encubridores pertenecen a todos los rangos de la jerarquía eclesiástica: obispos auxiliares, obispos titulares, arzobispos, cardenales como Narcís Jubany, Ricard María Carles y Lluís María Martínez Sistach, los tres arzobispos de Barcelona, Carlos Osoro, arzobispo de Madrid y vicepresidente de la CEE, presidentes de la CEE como los cardenales y arzobispos de Madrid Vicente Enrique y Tarancón y Antonio María Rouco Varela y secretarios generales de la como José Guerra Campos y Juan José Asenjo.

Según las denuncias de las víctimas presentadas a estos jerarcas, sus testimonios no fueron escuchados ni creídos, peor aún, se les impuso silencio. No fueron acompañados en su dolor, los dejaron solos e indefensos. Ni los obispos a quienes llegaban las denuncias ni los clérigos agresores mostraron arrepentimiento ni pidieron perdón a las víctimas por tamaños crímenes. No tuvieron compasión. Fueron cómplices de tan perversas prácticas. Tales actitudes se encuentran en las antípodas de los valores cristianos auténticos. Con estos comportamientos, en vez de compartir los sufrimientos de las víctimas los multiplicaron.

Muy distinta de la actitud del presidente de la Conferencia Episcopal Francesa ha sido la del presidente de la Conferencia Episcopal Española, cardenal Juan José Omella, quien, en el discurso inaugural de la Asamblea Plenaria que se celebra estos días en Madrid, criticó al Gobierno, a la sociedad, a los legisladores, las políticas sociales que se quedan en buenas intenciones, las leyes sobre Salud Mental y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo, la ley trans, “la llamada autodeterminación de género”, y las “ideologías de género”, a quienes acusó de generar inestabilidad familiar y crisis de identidad.

Pero no hizo una sola referencia a los 39 obispos acusados de encubrir la pederastia, 14 de los cuales vivos y algunos presentes durante el discurso, como tampoco a los numerosos casos de agresiones sexuales a menores dentro de la Iglesia católica que él conoce perfectamente. ¡Qué nueva oportunidad perdida para hacer autocrítica, reconocer los delitos clericales y episcopales, expresar arrepentimiento, pedir perdón y comprometerse a la reparación de los daños causados! Con este silencio el cardenal Omella ha vuelto a alejarse del mensaje de Jesús de Nazaret que afirma: “Misericordia quiero, no sacrificios”, a perder credibilidad ante las víctimas, la sociedad e incluso ante los propios fieles. Y lo más grave, ha vuelto a humillar a las personas agredidas sexualmente por servidores de la Iglesia católica. Le ha faltado compasión, principio ético y virtud religiosa que nos hace realmente humanos y nos lleva a solidarizarnos con las personas que sufren.

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