Los muchos golpes de la pandemia en América Latina

Millones de muertes, destrucción económica, desigualdad y pobreza en aumento y cientos de días de colegio constituyen los principales ítems de la factura de la pandemia en la región

Personal de salud atiende a una paciente con Covid en Lima, en enero de 2022.
Personal de salud atiende a una paciente con Covid en Lima, en enero de 2022.ERNESTO BENAVIDES (AFP)

Veintiséis meses después, con las curvas de casos y muertes en mínimos y las de vacunación en máximos, empieza a ser posible sumar la factura agregada de la pandemia para América Latina y el Caribe: 1,7 millones de muertes confirmadas por covid (uno de cada 400 habitantes), pero hasta 2,5 millones de fallecimientos extra cuando los comparamos con los de años anteriores según estimaciones de The Economist; un aumento de la pobreza hasta el 33% y de la extrema hasta el 14% en 2021 según la CEPAL; una destrucción de producto interior bruto sin precedentes durante 2020 de la que casi ningún país había logrado recuperarse por completo en 2021; y cientos de días de clase perdidos (la media continental es de aproximadamente un año entero) para millones de niñas y niños. Esa es la lista, pero la suma de tan distintos elementos resulta más difícil.

La primera parte de la factura es también la más obvia, y la que más titulares ha concentrado en estos dos años. Pese a que América Latina es un continente relativamente joven, y la covid aumenta notablemente su gravedad con la edad, algunos de sus países han asumido una cantidad desproporcionada de fallecimientos. El caso más destacado es Perú, y por mucho: un 0,63% de su población (1 de cada 130 aproximadamente) ha fallecido a manos del virus. Esta cifra le pone en la liga de países como Rusia o la India, donde el sufrimiento humano ha sido máximo.

En el siguiente escalón están México, Ecuador o Bolivia. Al menos bajo la métrica de exceso de mortalidad, que es la que se basa en una comparación entre las muertes ocurridas durante la pandemia y las que normalmente tenían lugar en el mismo periodo de tiempo antes de ella. Un 0,4% de la población habría fallecido de más en estos países. Un valor considerablemente superior al que cualquiera de sus gobiernos aproxima por sus cifras de muertes confirmadas por covid. En Brasil y Colombia la calidad de los datos parece mejor (la brecha entre los oficiales y los de exceso de muertes es menor), pero eso es magro consuelo para la persona de cada 300 que habría fallecido por la pandemia.

Haber “fallecido por la pandemia” o “durante la pandemia” es un concepto inevitablemente ambiguo: se desconoce la causa específica de todas estas muertes. En países con altos índices de pobreza, acceso deficiente y desigual a cuidados de salud y otros cuidados, el exceso de mortalidad podría incluir una proporción algo mayor de fallecimientos no directamente causados por la covid que en otros lugares. También de causa combinada: contagio y comorbilidades, contagio y falta de soporte necesario. Personas que de otra manera se habrían salvado. Pero, en tanto que la vida se podría considerar como el valor máximo a preservar en una sociedad, la métrica de exceso de mortalidad se vuelve incluso más válida en este contexto, independientemente de su relación más o menos cercana con el virus.

Más allá de los hospitales

Pero el bienestar tiene otras dimensiones: la muerte sólo es su fin más abrupto y definitivo. Hay otros deterioros de la trayectoria vital, y la pobreza es uno particularmente presente en la rutina de una mayoría de los hogares de América Latina. Un tercio de sus habitantes habría cerrado 2021 por debajo del umbral de pobreza según la CEPAL. Son menos que en 2020, pero muchos más que en 2015, cuando apenas eran un 22%. El incremento sostenido desde ese punto, conectado con el descomunal deterioro de la economía venezolana (una inmensa mayoría de sus ciudadanos vive hoy por debajo del umbral de pobreza) y en última instancia de la caída de precio en mercados de exportaciones clave para la región como el petróleo, solo se aceleró durante una pandemia que actuó como una trituradora de empleo, especialmente para quienes lo ejercían de manera presencial y de cara al público (servicios no esenciales en entornos urbanos). Y aunque la tendencia al alza con la pobreza se frenó rápidamente, no sucedió lo mismo con su versión más extrema, que afectó a cierre de 2021 a un 14% de latinoamericanos según estima la CEPAL. Esta diferencia subraya que no sólo el impacto inmediato de la pandemia en 2020 sino su “golpe de cola” durante los meses siguientes ha sido particularmente intenso para los segmentos más vulnerables de la sociedad.

Por países, una vez más Perú concentra el mayor golpe, con una destrucción económica que además ha redundado en un aumento considerable no sólo de la pobreza, sino también de la desigualdad. En general, 2020 tiñó de rojo las cuentas de las familias (y por tanto de las naciones que componen) en los países más grandes de la región, pero no con la misma intensidad: Chile, Bolivia o El Salvador mostraron una resiliencia considerable. También, aunque en menor medida, Brasil o México. En contraste, Colombia o Argentina sufrieron casi tanto como Perú. Lo interesante es que este patrón no parece estar marcado de manera demasiado clara por las políticas seguidas contra el virus, sugiriendo que más que recetas únicas, la interacción entre contexto y decisiones específicas ha determinado la factura asumida por cada sociedad ante la pandemia.

También en el proceso de recuperación posterior: Perú y Argentina asumieron golpes descomunales en su renta anual, pero se han venido recuperando con relativa agilidad según las estimaciones del FMI. Brasil cayó menos y se recuperó más. En Colombia la mejora también está por encima de la pérdida desde 2021, y la senda de crecimiento se estabiliza. Pero en México, el golpe es sensiblemente mayor a la mejora hasta ahora demostrada: la segunda economía de la región en tamaño presenta una senda de recuperación débil que no encaja con la supuesta priorización de la economía llevada a gala durante la pandemia por su gobierno, y que arrastrará no sólo a sus ciudadanos, sino a otros países más pequeños que dependen en mayor o menor medida de la marcha del gigante norteamericano.


Pero quizás los mayores impactos sobre el PIB, la pobreza y, en general, el bienestar durante la pandemia tal vez aún están por ver. El capital más valioso del que dispone una sociedad, el humano, se vio dramáticamente afectado durante los primeros meses de la pandemia. Y eso sí podemos aproximarlo: por días de cierre de los sistemas educativos en países de toda la región. Hasta un curso completo en la mayoría de casos, uno y medio o dos en los más extremos. Esto, para toda una generación que podría ser crucial para el ascenso hasta la estabilidad material de millones de hogares, podría suponer un coste incalculable. Esta parte de la factura, como otras que tienen que ver con el incierto futuro patológico de una enfermedad que con toda seguridad pasará a ser endémica, todavía sigue pendiente.

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Sobre la firma

Jorge Galindo

Es analista colaborador en EL PAÍS, doctor en sociología por la Universidad de Ginebra con un doble master en Políticas Públicas por la Central European University y la Erasmus University de Rotterdam. Es coautor de los libros ‘El muro invisible’ (2017) y ‘La urna rota’ (2014), y forma parte de EsadeEcPol (Esade Center for Economic Policy).

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