Cambio de hora: la trampa de vivir en el horario de verano para siempre

El Senado de EE UU aprobó acabar con el cambio de hora y quedarse en la estival, decisión que debe refrendar el Congreso y el presidente. Los expertos apuestan por el horario de invierno, que España deja atrás este domingo

Dos trabajadoras del Capitolio ajustan un reloj, el 21 de enero de 2020.
Dos trabajadoras del Capitolio ajustan un reloj, el 21 de enero de 2020.Joshua Roberts (REUTERS)

Aunque Ed Markey, senador demócrata de 75 años, no se mueve precisamente como una estrella de TikTok, decidió grabar el 15 de marzo uno de esos vídeos cortos y algo tontos para celebrar que la Cámara alta de Estados Unidos había aprobado por unanimidad iniciar el trámite para acabar con el cambio de hora. En él, con el Capitolio de fondo, se contoneaba con la gracia de un padre en la boda de su hija, mientras exclamaba: “We’re walking on sunshine!” (¡Caminamos al sol!). El guiño —tanto al nombre de la norma, Sunshine Protection Act (ley de protección del sol), como a aquel éxito de Katrina & The Waves— lo subió a Twitter junto a una lista de Spotify (con lo esperable, francamente: Summertime, en la versión de Janis Joplin; Time’s On My Side, de Rolling Stones; You’re the Sunshine of My Life, de Stevie Wonder…). Además, el senador escribió: “¡El horario de verano desata nuestras sonrisas!”.

El entusiasmo de Markey, promotor legislativo junto al republicano de Florida Marco Rubio, parecía justificado. Sin duda, se trata de una de esas leyes que, más allá del lugar común, incide en la vida de las personas: si prospera en el Congreso (donde su futuro es incierto y aún no hay planes de estudiarla) y la ratifica el presidente Joe Biden (que no parece tener una opinión formada al respecto), Estados Unidos se quedará eternamente en horario de verano (conocido como Daylight Saving Time, DST). Adiós a ajustar los relojes en noviembre y en marzo.

Por si fuera poco, la votación, que fue unánime —y eso sí merece un baile en la América de la polarización extrema—, llegó un par de días después de que el país adelantara sus relojes para perder una hora de sueño y ganársela al ocaso. Esa semana tocaba salir del largo túnel de invierno, así que todos contentos.

Todos, menos la comunidad científica.

“Es una decisión tomada con la mejor de las intenciones, pero en la dirección equivocada”, explica en una conversación telefónica Erik Herzog, profesor de Biología y Neurociencia en la Universidad de Washington en St. Louis. Como el resto de los expertos que han terciado estos días en el debate en Estados Unidos, está de acuerdo en que cambiar la hora dos veces al año no es una buena idea, pero también en que si hay que quedarse con una de las dos opciones, mucho mejor optar por el horario de invierno. “Hay suficientes motivos de salud pública, de seguridad y económicos”, opina. “[Este cambio] Nos va a obligar a levantarnos durante una parte importante del año de noche, con el zumbido de la alarma de un reloj en vez de con el amanecer”.

Herzog dirige una asociación sin ánimo de lucro ni orientación partidista llamada Save Standard Time. Quieren salvar el horario de invierno porque creen que es el mejor para “la salud, la seguridad, la enseñanza, la productividad, los salarios, el medio ambiente y las libertades civiles”. La fundación la creó en 2019 Jay Pea, un ingeniero informático retirado de San Francisco que se define en Twitter como “astrónomo aficionado y fan de la medicina circadiana”, para influir en un debate que se ha intensificado en los últimos años, como ha sucedido también en la Unión Europea, donde la Comisión aprobó en 2018 terminar con el cambio de hora tras una consulta popular en la que participaron 4,6 millones de personas (con un 84% de síes). La aplicación de esa directiva en los 27 países miembros está estancada desde entonces, como prueba el hecho de que este próximo domingo a las dos de la mañana volverán a ser las tres, como es costumbre en España por estas fechas.

Herzog calcula que de los 7.000 millones de habitantes del planeta, “unos 6.000 [millones] viven en el horario correcto”. El resto —como gran parte de los ciudadanos de Europa y de Estados Unidos (menos los de Arizona y Hawái, Puerto Rico y otros territorios de ultramar)— cambian el paso dos veces al año. También lo hacen en México (desde 1996; este año será el 3 de abril), aunque al presidente Andrés Manuel López Obrador no le guste la idea (ni el motivo: el ahorro energético). En Chile, adelantarán el tiempo también ese día (y hasta septiembre), salvo en la región de Magallanes y la Antártica. Y los que solían cambiar el reloj y dejaron de hacerlo han optado por el horario de invierno. Son los casos de Argentina —donde se suspendió la costumbre en 2009, por considerar insignificante el ahorro energético y porque en las provincias cercanas a la cordillera de los Andes veían ponerse el sol en verano casi a medianoche— o de Brasil, donde Jair Bolsonaro eliminó el horario de verano hace dos años, cuatro meses después de entrar en el Gobierno y con el argumento de que no se ahorraba tanto como para justificar la alteración de los biorritmos. En países cercanos al ecuador, como Colombia, no conocen el problema: allí el sol sale y se pone sin apenas variación durante las cuatro estaciones.

Lo que pretenden ahora los senadores estadounidenses ya se probó en 1974, con Richard Nixon en la Casa Blanca y la crisis del petróleo en su apogeo. “Fue un fracaso, se aprobó como una medida excepcional de ahorro [más horas de luz, menos consumo energético] por un periodo de dos años, pero se quitó antes de tiempo”, explica al teléfono David Prerau, ingeniero informático por el Massachussets Institute of Technology y autor de Seize the Daylight (Basic Books, 2006), el “libro definitivo” sobre… el horario de verano (en este país siempre hay un ensayo a la medida de cualquier asunto de interés).

Asesor de varios gobiernos estadounidenses acerca del tema, Prerau explica que lo de cambiar el reloj dos veces al año en origen fue, como tantas, una idea de Benjamin Franklin, que tomó cuerpo en la Inglaterra de principios del siglo XX y empezó a adoptarse durante las dos guerras mundiales para incrementar la producción al final del día. Así se fue quedando en algunas partes, pero no en todas. “Variaba de Estado a Estado, incluso de ciudad en ciudad”, explica. En el libro cuenta que, a principios de los sesenta, un viaje de unos 50 kilómetros en autobús entre Steubenville (Ohio) y Moundsville (Virginia Occidental) obligaba a los pasajeros a siete caprichosos cambios de hora. Hoy, Estados Unidos (excepto Hawái) se divide en tres husos. En 1966, se unificaron las costumbres y en 2007 se fijó el diseño actual: ocho meses en horario de verano, y cuatro en el de invierno. Y ese sigue siendo el sistema ideal para Prerau, que tampoco apoya la idea de los senadores. “No es perfecto, pero creo que quedarnos como estamos es la mejor opción; no perderemos las horas extra de luz del verano, ni tendremos que despertarnos de noche en invierno”, dice.

Aquel experimento de los setenta llegó demasiado pronto para la disciplina científica a la que se dedica la neuróloga Anne Marie Morse, de la Academia Estadounidense de la Medicina del Sueño. “No podemos saber cómo afectó a la salud de las personas, porque carecemos de datos”, aclara en una conversación telefónica. Pero sí sabemos, añade, lo que provoca un cambio como el que se producirá este fin de semana en España: “Crecen los accidentes de tráfico, los ataques al corazón y otras dolencias, así como los ingresos hospitalarios”. “Eso está comprobado que sucede en los días que siguen al inicio del horario de verano”, continúa la experta. “Si bien no sabemos qué efectos tendría si este se hiciera permanente, estamos seguros de que va contra nuestros ritmos circadianos, y sospechamos que tendrá consecuencias psiquiátricas, como depresión, cambios de humor o ansiedad. Eso, por no hablar de que algunos lugares se llevarán la peor parte”. Prerau calcula que en ciudades situadas en la parte más occidental de los husos horarios, como Indianápolis, Salt Lake City, Seattle o Detroit, amanecerá tan tarde como a las 9.00.

¿Por qué entonces votaron los senadores unánimemente, entre tanta abrumadora evidencia médica? Por un lado, está la razón populista. “La gente asocia el DST con la primavera y el verano. ¿Quién no ama esas estaciones?”, se pregunta Morse. Y luego están los motivos económicos. Herzog aconseja seguir el dinero. “Las industrias del golf, el turismo y los caramelos apoyan que anochezca más tarde todo el año”, explica Herzog, que recuerda que Marco Rubio, tal vez el senador que más rabiosamente ha defendido la nueva ley, proviene de Florida, donde esas industrias son poderosas. Curiosamente, fue en ese Estado, apodado del Sol (Sunshine State), donde el aumento de los atropellos a niños que tenían que ir a clase medio dormidos y de noche provocó una de las reacciones más furibundas la última vez que, a mediados de los setenta, Estados Unidos probó a mudarse a un verano sin fin.

Con información de Sonia Corona (México), Naiara Galarraga Cortázar (Brasil), Antonia Laborde (Chile), Federico Rivas Molina (Argentina) e Inés Santaeulalia (Colombia).

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Sobre la firma

Iker Seisdedos

Es corresponsal de EL PAÍS en Washington. Licenciado en Derecho Económico por la Universidad de Deusto y máster de Periodismo UAM / EL PAÍS, trabaja en el diario desde 2004, casi siempre vinculado al área cultural. Tras su paso por las secciones El Viajero, Tentaciones y El País Semanal, ha sido redactor jefe de Domingo, Ideas, Cultura y Babelia.

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