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Hans Küng, conciencia crítica del catolicismo romano

Con la muerte del teólogo suizo, el cristianismo pierde a una de las mentes más lúcidas y creativas y a un librepensador dentro de la Iglesia

Hans Küng, fotografiado en una calle de Bilbao el 13 de noviembre de 2003.
Hans Küng, fotografiado en una calle de Bilbao el 13 de noviembre de 2003.Fernando Domingo-Aldama

Con la muerte del teólogo suizo Hans Küng el 6 de abril, el cristianismo pierde a una de las mentes más lúcidas y creativas del siglo XX y de las dos décadas del siglo XXI y a un librepensador ―una figura poco frecuente― dentro de la Iglesia católica. Él fue la conciencia crítica del catolicismo romano, del imperialismo vaticano, del fundamentalismo instalado durante siglos en la cúpula de San Pedro y muy especialmente del dogma de la infalibilidad del papa, declarado ególatramente por Pío IX en 1870. Fue un crítico muy severo del rumbo involucionista de los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, que él mismo sufrió en su carne. “Difícilmente”, afirma “habrá entre las grandes instituciones de nuestros países democráticos ninguna otra que proceda de forma más inhumana con quienes piensan distinto y con los críticos en sus propias filas, ninguno que discrimine tanto a las mujeres”.

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Pero ejerció también la función de terapeuta, como le gustaba definirse. Fue un reformador, en continuidad con los grandes reformadores del cristianismo, que defendió un cambio de paradigma eclesial teniendo como referencia no los concilios de Trento y del Vaticano I, sino el Concilio Vaticano II; no el Código de Derecho Canónico ni la actual Constitución jerárquico-patriarcal del Estado de la Ciudad del Vaticano, sino el Evangelio; no la obediencia y sumisión al papa, sino el seguimiento de Jesús de Nazaret.

Practicó el diálogo como talante, estilo de vida, método para la búsqueda de verdad y camino para la resolución de los conflictos. Fue pionero en el diálogo ecuménico entre las diferentes iglesias cristianas. Esa resultó ser una de sus principales aportaciones al Concilio Vaticano II, donde participó como perito teológico invitado por Juan XXIII con apenas 34 años y contribuyó a pasar del anatema, en el que estuvo instalado el papado durante siglos, al diálogo. Sin embargo, unos años después experimentó en su propia persona el cambio involucionista del diálogo al anatema al serle retirado el reconocimiento de “teólogo católico” en 1979 con el silencio cómplice de su colega en Tubinga Joseph Ratzinger, entonces cardenal y arzobispo de Múnich.

Küng fue uno de los teólogos más madrugadores en el diálogo interreligioso desde el convencimiento de que ninguna religión tiene la cartografía completa de la verdad ni es el único camino de salvación-liberación. Considera el diálogo de religiones como alternativa a las multiseculares guerras de religión, de las que quedan todavía algunas reminiscencias, y la teoría del choque de civilizaciones defendida por Samuel Huntington como estrategia en las relaciones internacionales. Un diálogo no centrado en la búsqueda de acuerdos doctrinales, sino en torno a la defensa de valores morales comunes a las religiones y a la ética cívica, como la no violencia activa en el camino hacia la paz y el respeto a toda la vida, la defensa de la naturaleza como hogar común, la práctica de una vida veraz y auténtica, la cultura de la solidaridad y de un orden internacional justo, el reconocimiento de la igualdad entre hombres y mujeres.

El tercer nivel del diálogo de Küng fue el interdisciplinar. Desde los inicios de su itinerario intelectual mantuvo un diálogo fecundo, mutuamente enriquecedor e ininterrumpido con las ciencias naturales y las ciencias humanas, con las ciencias sociales y las ciencias de la vida, con las ciencias de la mente, la filosofía, la ciencia política, la economía, la arqueología, la estética, la música, la literatura... Un diálogo en el que reconoce las aportaciones que unas y otras disciplinas han hecho al pensamiento y los avances que han supuesto para la humanidad, pero en el que entona, al mismo tiempo, la despedida de la excesiva credulidad en la razón, la ciencia y la tecnología.

En dicho diálogo no esquivó los temas más espinosos desde el punto de vista ético y religioso como la muerte digna, en pleno debate sobre la eutanasia y aplicándolo a su propia persona. Para él, el ars moriendi formaba parte del ars vivendi y ambos han de regirse por el principio-responsabilidad. “Me encantaría”, afirma, “morir conscientemente y despedirme con dignidad”. Vivir, pensar, hablar, hacer teología y morir con dignidad es, sin duda, el mejor legado de la vida nonagenaria y del trabajo intelectual de Hans Küng.

Juan José Tamayo es profesor emérito de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de La Internacional del odio (Icaria, 2021, 2ª ed.).

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