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Hans Küng, el teólogo rebelde del Concilio

El joven teólogo suizo constituyó el núcleo más abierto y rebelde dentro de los consejeros de los obispos alemanes junto a Ratzinger

Ceremonia de Investidura como doctor Honoris Causa del teólogo Hans Kung por la Facultad de Filosofía de la UNED en 2011.
Ceremonia de Investidura como doctor Honoris Causa del teólogo Hans Kung por la Facultad de Filosofía de la UNED en 2011.LUIS SEVILLANO

Es imposible pensar en el Concilio Vaticano II que fue la revolución teológica de la Iglesia católica sin recordar al entonces joven teólogo suizo Hans Küng. Y con él al teólogo Ratzinger, también una de las voces entonces más progresistas. Ambos fueron consejeros de los obispos alemanes, que constituyeron el núcleo más abierto y rebelde.

Conocí a Hans Küng durante aquel concilio. Era de una gran cordialidad y nos atendía con simpatía a los periodistas que cubríamos las sesiones. Muchos de los textos más abiertos aprobados por el concilio se deben a aquellos dos teólogos que ya preanunciaban la teología de la liberación.

Ambos teólogos después del Concilio acabaron separados ideológicamente. Ratzinger, que como Küng era profesor de teología, acabó apartándose de las tesis más progresistas del concilio y hasta llegó a escribir un libro contestando muchas de las tesis progresistas que él había ayudado a aprobar. Llegó a ser cardenal y volvió a Roma para dirigir la Congregación de la Fe, la antigua Inquisición.

Fue Ratzinger quien acabó condenando a su viejo compañero del Concilio del Vaticano por sus tesis abiertas entre las que destacaban su rechazo de la infalibilidad papal. Küng fue un gran conferenciante, una persona abierta y moderna que nunca abandonó la idea de conciliar una Iglesia renovada que abriera un diálogo con el mundo moderno.

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Después del concilio encontré a Küng en su casa moderna de Tubinga, llena de libros por todas partes y ya entonces modernizado en los medios tecnológicos de comunicación. Trabajaba con varios ordenadores a la vez. Me acogió para una entrevista para EL PAÍS con una gran simpatía y recordamos los tiempos del concilio cuando era acosado por la prensa extranjera que llegaba de todo el mundo junto con los 3.000 obispos de la Iglesia.

La teología moderna debe mucho a aquel joven sacerdote suizo que fue una de las voces de peso en el asesoramiento de los obispos más abiertos. Se debió a Küng uno de los temas más revolucionarios que el Concilio del Vaticano ha llegado a aprobar: que la sexualidad no estaba solo dirigida a la procreación, sino que era un “nuevo lenguaje” de comunicarse las personas.

Küng se habría entendido con el papa Francisco mejor que con los papas anteriores. De él esperaba que acabara con el celibato obligatorio de la Iglesia y diera paso al estudio para que la mujer pudiera entrar en el sacerdocio como lo era en los primordios de la Iglesia. Para el teólogo suizo Francisco trajo una “primavera nueva para la Iglesia y significó una ruptura teológica con Benedicto XVI”.

Küng fue el profeta de una Iglesia que necesitaba revisar sus dogmas para abrirse a un mundo nuevo y tuvo un gran influjo en el clero joven que lo siguió como a un nuevo profeta, creador de una Iglesia abierta al mundo después de haberse despojado del viejo ropaje teológico de una Iglesia que se había apartado de las nuevas necesidades que exigían los nuevos tiempos. A Küng se debe también una teología que abría las puertas a la mujer cuya entrada en la jerarquía de la Iglesia siempre defendió.

Küng tuvo un gran influjo en las nuevas generaciones de sacerdotes jóvenes que se formaron con él en todo el mundo. Aquí en Brasil, donde escribo estas líneas, uno de los seguidores fieles de Küng fue el teólogo franciscano, Leonardo Boff, otro de los puntales de la teología de la liberación con su vertiente moderna de la Teología de la Tierra. Boff, como Küng acabó también condenado por el cardenal Ratzinger que le prohibió enseñar y escribir.

Recuerdo hoy la mañana en que sufrió el proceso con Ratzinger que duró varias horas. Al salir me contó varias anécdotas de aquel duro encuentro. Cuando estaba el cardenal empezando a hacerle las preguntas, Boff, que iba vestido con su hábito religioso, le dijo: “En mi iglesia de Brasil los cristianos solemos hacer una plegaria a Dios antes de iniciar alguna tarea importante. El cardenal con cara seria se puso de pie y le dijo: “Vamos entonces a recitar el “Ven Espíritu Santo”.

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