La crisis del coronavirus

La mortalidad por covid-19 se dispara en Turquía

Tras meses ocultando los datos, el Gobierno reconoce que hay cerca de 30.000 nuevos casos diarios, una de las cifras más altas del mundo. El exceso de mortalidad durante el último mes y medio duplica el registrado durante el peor momento de la primera ola

Un familiar y un empleado municipal entierran a una víctima de la COVID-19 en el cementerio de Baklaci (Estambul) el pasado 23 de noviembre, mientras las excavadoras abren nuevas tumbas para los fallecidos por la epidemia.
Un familiar y un empleado municipal entierran a una víctima de la COVID-19 en el cementerio de Baklaci (Estambul) el pasado 23 de noviembre, mientras las excavadoras abren nuevas tumbas para los fallecidos por la epidemia.ERDEM SAHIN / EFE

El 26 de noviembre, el concejal estambulí Ibrahim Özkan publicó un vídeo grabado en el exterior de un edificio donde, siguiendo la tradición musulmana, se lavan y amortajan los cuerpos de los difuntos. “Miren, miren, todos estos están esperados a ser lavados”, se le escucha decir apuntando su cámara a una veintena de ataúdes en un parking atestado de familiares de los fallecidos: “Y todos estos, ya han sido lavados”, añade apuntando a otros tantos féretros.

Esto sucedía en uno de los 15 tanatorios que existen en Estambul, en el del distrito de Kuçukçekmece, y da una idea de la situación a la que se enfrenta la principal ciudad de Turquía, donde el número de víctimas de la covid-19 se ha disparado: el mismo día en que se grabaron estas imágenes se registraron 493 muertes en la provincia de Estambul cuando lo habitual para estas fechas es que fallezcan entre 200 y 250. Pero lo mismo ocurre en el resto de un país en el que el número de contagios se ha elevado a en torno 30.000 diarios, una de las cifras más altas del mundo. Oficialmente, la cifra de muertes atribuidas al coronavirus este viernes es de 177 diarias en todo el país, pero ya nadie se cree las estadísticas del Gobierno central. Los estudios sobre exceso de mortalidad indican que, en la última semana, podrían estar falleciendo cuatro veces más personas.

“Todos nuestros organismos sanitarios hacen un gran esfuerzo para gestionar el elevado número de enfermos en Estambul, Ankara, Esmirna, Bursa, Kocaeli y Gaziantep. Nuestra infraestructura es potente pero todo tiene un límite”, advertía el pasado miércoles el ministro turco de Sanidad, Fahrettin Koca, en la comparecencia de prensa en la que, por primera vez en meses, reveló los datos reales de contagios: 28.351 (al día siguiente serían 29.132). El 29 de julio, con cierta nocturnidad, el Ministerio modificó la denominación que utiliza en las tablas con las que cada día informa de la pandemia: los “nuevos casos” pasaron a ser “nuevos enfermos”. Así, el número oficial de infecciones se mantuvo hasta noviembre en unas tasas envidiables (entre 1.000 y 2.000 diarios). Pero ante la presión de los profesionales sanitarios y la oposición, en septiembre, el ministro Koca reconoció que no incluía en el cómputo diario a los asintomáticos, es decir, a la mayoría de los contagiados. La primera consecuencia de revelar el truco fue que Gran Bretaña sacó a Turquía de la lista de países seguros para el turismo.

De hecho, las asociaciones médicas denuncian que tanto el engaño contable como la rápida reapertura del país tras la primera ola -que fue controlada relativamente bien, con unos niveles de mortalidad muy bajos- estaban destinados a atraer turistas durante el verano, en un momento en que la economía turca pasa por una situación crítica. Pero el precio ha sido elevado: Vedat Bulut, dirigente de la Asociación Médica de Turquía (TTB), cree que la ocultación de datos ha sido uno de los factores que ha llevado a la población a no tomarse en serio el riesgo.

Los hospitales comienzan a desbordarse, y eso que Turquía es uno de los países con más UCI por 100.000 habitantes (29), un número similar a Alemania y tres veces más que España (9,7). Según los datos oficiales, la ocupación por cualquier enfermedad de las unidades de cuidados intensivos se sitúa entre el 70 y el 77% pero, una vez más, los médicos desconfían de las estadísticas. Creen que la presión asistencial es mayor. “En los hospitales en que trabajamos las UCI están llenas. A muchos pacientes les tenemos que intubar y dar aire manualmente porque no hay suficientes máquinas de respiración artificial”, denuncia Fadime Kavak, enfermera y representante del sindicato SES en el distrito estambulí de Sisli: “Además, estamos enviando a casa a enfermos que antes ingresábamos en planta porque no hay sitio. Lo cual es peligroso porque en los hogares turcos vive mucha gente y es imposible aislarse”.

“Durante la primera ola, la elevada mortalidad que se registró en España e Italia se debió a la falta de respiradores. Y en Turquía pasará lo mismo si continúan aumentando los casos y no se toman medidas más estrictas”, critica Bulut. La TTB propone un cierre completo de Turquía durante cuatro semanas, pero el Gobierno se niega a escucharles -es más, el partido ultraderechista que forma parte de la coalición gobernante ha pedido la ilegalización de esta asociación médica-. De momento, las medidas consisten en el cierre de bares, restaurantes y escuelas, toque de queda de fin de semana a las 20.00 y el confinamiento de la población mayor de 65 años y menor de 20 excepto durante una franja de tres horas diarias. Estas restricciones aplican en todo el país, como la obligatoriedad de llevar mascarilla en interiores y exteriores.

Los datos oficiales indican que entre octubre y la primera quincena de noviembre, en Turquía murieron 3.312 personas a causa de la covid-19. Sin embargo, una consulta en los registros de defunción municipales y cementerios de 18 provincias -incluidas algunas de las más afectadas por la epidemia como Estambul, Esmirna y Gaziantep- muestra que, en el mismo periodo, han muerto 8.500 personas más de lo esperado. Extrapolándolo al resto de Turquía -teniendo en cuenta la concentración de casos por región-, el exceso de mortalidad del último mes y medio en todo el país podría ser de 15.000 fallecidos.

Provincias como Malatya, Kayseri y Elazig -zonas de Anatolia Central y Oriental- llevan dos meses doblando los niveles normales de mortalidad y, durante noviembre, está ocurriendo lo mismo en otras provincias del oeste de Turquía como Bursa o Kocaeli, y del sudeste, como Gaziantep. En Denizli, situada cerca del mar Egeo, las muertes son el triple de lo esperado. En Esmirna, las propias autoridades reconocen que, desde que el terremoto del pasado 30 de octubre dejara a miles de personas sin hogar, los casos de covid-19 y la mortalidad se han disparado.

Un informe de la consultora NÂR Research publicado en octubre sostiene que durante la segunda ola de la epidemia el Gobierno solo está reportando un tercio de las muertes atribuibles a la covid-19. Es cierto que un médico consultado por este periodista matiza que no todo el exceso de mortalidad se puede achacar directamente al coronavirus: “Parte es porque hay enfermos que posponen sus visitas al hospital por miedo a contagiarse y agravan así su situación”. Pero la mayoría de expertos coincide en que este aumento tan fuerte de la mortalidad solo tiene una explicación.

“En los últimos 10 días hemos registrado el doble de muertes que el año pasado. Desde entonces, que sepamos, no ha habido otra epidemia de enfermedades infecciosas aparte de la covid”, dijo esta semana el alcalde de Estambul, Ekrem Imamoglu. Su oficina ha decidido empezar a publicitar los datos de su registro de defunciones para poner en evidencia la falsedad de los datos del Gobierno central. “Me entristece que [el Ministerio de Sanidad] siga tratando [de ocultar los datos]. Debería ser más transparente, tal y como prometió. Sólo cuando veamos todos los datos nos daremos cuenta de la gravedad de la situación”.

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