La crisis del coronavirus

El estado de alarma tarda cuatro semanas en reducir la incidencia

Los especialistas advierten de que si las medidas han funcionado lo que hay que hacer es mantenerlas y no relajarlas porque las cifras son aún muy malas

Varias personas en un bar de Terrassa este lunes, día en el que volvió a abrir la restauración en Cataluña.
Varias personas en un bar de Terrassa este lunes, día en el que volvió a abrir la restauración en Cataluña.CRISTOBAL CASTRO

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Cuatro semanas ha tardado el estado de alarma en doblegar la curva de nuevos casos de covid. Aquella decisión tuvo el toque de queda como medida única para toda España menos Canarias, debido a la buena situación epidemiológica del archipiélago. Esa restricción se unía a la pléyade de restricciones que ya había en las comunidades, más todas las que se han añadido después (confinamientos perimetrales de distinta extensión, limitaciones de la hostelería, de las actividades no esenciales, de los grupos sociales). El resultado, de acuerdo con el último informe del Ministerio de Sanidad, es que desde el 9 de noviembre la tasa de incidencia acumulada a 14 días está en bajada. En el informe de este lunes se quedó en 374,52. El 26 de octubre, primer día con el estado de alarma, estaba en 410,18. Es la primera vez desde entonces que el indicador diario es menor que el de aquella fecha simbólica. El viernes estaba ligeramente por encima (419,48). En total ha habido un descenso del casi el 30% desde los 529,43 del pico –esperemos que definitivo– de esta segunda ola.

Se trata de un dato envenenado. Los especialistas y responsables de este tema, desde el ministro de Sanidad, Salvador Illa, a los expertos en epidemiología y salud pública, pasando por el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, llevan días intentando combinar la comunicación de la mejoría de la evolución de la pandemia con los llamamientos a la prudencia. Como dijo Simón hace unos días, cuando ve los datos sonríe, pero en su despacho, no en público. La misma prudencia mantienen los Ejecutivos autonómicos, que conservan la mayoría de sus medidas, como anunció el domingo Andalucía y ha hecho este lunes Castilla-La Mancha.

La directora general de Salud Pública, Pilar Aparicio, no duda del efecto del estado de alarma en esta caída. “Se hizo para eso y se empezaron a ver los efectos a partir de las dos semanas”, dice. Y en las comunidades donde este efecto se retrasó (Asturias, Cantabria, Canarias y Comunidad Valenciana), el estado de alarma “está permitiendo ir mejorando”. “El esfuerzo que se está haciendo está dando resultados”, afirma. Aparicio apunta a otro factor que puede explicar variaciones en la incidencia más allá de las medidas tomadas: que cuando se informa de que en un lugar los datos son muy malos, la población responde protegiéndose más. “El comportamiento está siendo fenomenal. Incluso entre la mayoría de los jóvenes”. Ese miedo —o su ausencia— probablemente influya en que comunidades que en la primera ola lo pasaron mejor, ahora estén peor.

Pese a la mejoría de los datos, Aparicio insiste: “Se nos olvida que la situación está muy preocupante, que cuando acabó la desescalada teníamos menos del 5% de positividad, menos de 300 casos diarios y los fallecimientos eran tan pocos que los contábamos por semana. Y ahora vienen fechas importantes, como el puente de la Constitución y las navidades”, advierte.

“Evidentemente las medidas se ponen para que la situación mejore”, dice Óscar Zurriaga, vicepresidente de la Sociedad Española de Epidemiología. “Estamos desbocados poniendo medidas, en una carrera, sin darnos tiempo a ver si funcionan. No tenemos un librito de instrucciones, y ponemos medidas sin saber muy bien su efectividad. Efectivamente, la situación no solo no empeora, sino que empieza a bajar, pero hay que tener en cuenta que la epidemia sube de una manera muy brusca, pero luego baja muy despacio, y esa bajada puede pararse”. Zurriagaes partidario de mantener las restricciones lo más posible. “Seguimos mal, y aunque bajáramos a 300 seguiríamos mal. Ya vimos lo que pasó en junio. Bajamos a menos de 25, pensamos que ya estaba hecho el trabajo, y en julio volvió a empezar”.

“La incidencia está bajando; eso es verdad”, dice la enfermera especialista en salud pública Guadalupe Fontán. “Pero todavía hay una gran presión en los hospitales, que por lo menos parece que está contenida”. Fontán recalca los mensajes de advertencia. “Me da miedo que la gente esté esperando para liberarse. Hay que desmontar que una tasa de 400 es buena. No es un nivel normal y hay que mantener la presión para no tener un rebrote. La curva hay que aplastarla, no que bajarla, y para eso hay que seguir con todas las medidas, las individuales y las colectivas”, insiste.

Mari Cruz Martín Delgado, expresidenta de la Sociedad Española de Medicina Intensiva, afirma que en las UCI “se nota que en los últimos días se han reducido los ingresos. Pero para nada estamos en la situación del año pasado en estas fechas”. “Hace falta que la incidencia se estabilice o que baje un poco para que podamos seguir atendiendo otros casos”, añade. “Aunque estemos mejor, hay que ser muy cautos y estar muy atentos por si hay un punto de inflexión en la curva. Se podrán ajustar las medidas, pero sabiendo que van a ser restrictivas. No me imagino abrirlas, sabiendo que tres semanas después estaremos igual de mal o peor”.

Todos los especialistas consultados advierten de que, además, no todas las comunidades están en la misma situación, “igual que no lo están todos los países de la UE”, como dice Pilar Aparicio. Y ello implica que, salvo que se consiga aislar un territorio, no se puede estar tranquilo hasta que los vecinos no estén igual de bien. Pero eso no es fácil. Esa diversidad obliga a “imponer medidas muy específicas”, dice Zurriaga. Y la situación “puede cambiar por factores muy diversos”, Aun así advierte que “esto no es una lotería. Si supiéramos todos los condicionantes lo podríamos controlar mejor. Pero no los sabemos”.

“Existe una tendencia a la baja respecto a la incidencia acumulada que sin duda es algo positivo, pero esta evolución no debe hacer que nos relajemos. La bajada puede ser debido al efecto sinérgico de las diferentes medidas aplicadas junto con un mayor miedo social a un confinamiento más estricto como el que vivimos en marzo. Yo mantendría las medidas unas semanas más para asegurar la evolución”, resume Patricia Guillem, epidemióloga de la Universidad Europea de Valencia.

El menos optimista de los especialistas consultados es Daniel López-Acuña, exdirector de Acción Sanitaria de la OMS. “Las medidas son insuficientes para quebrar la curva y producir una rápida inflexión que la haga descender. Como consecuencia el descenso de la incidencia y de la presión asistencial hasta llegar a niveles seguros tardará varias semanas”, afirma. Como muchos de sus colegas y de las autoridades, le preocupa especialmente que “entraremos en un frenesí navideño de relajación sin tener condiciones de seguridad y nos encaminaremos a una tercera ola en enero y febrero”. Para evitarlo, “lo mejor sería un confinamiento domiciliario de tres a cuatro semanas para abatir la curva y tener las condiciones más seguras al comienzo de las navidades”, concluye.

Fe de errores: el vicepresidente de la Sociedad Española de Epidemiología se llama Óscar Zurriaga, y no Óscar Zumárraga como decía esta información.

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