Tragedia y miseria

Cabe pedir a los hombres que muestren entereza ante la primera, no es justo que se les exija ser pacientes ante la segunda

Un hombre pasea a su perro en Fuerteventura el 30 de marzo. EFE / Carlos De Saá
Un hombre pasea a su perro en Fuerteventura el 30 de marzo. EFE / Carlos De SaáEFE

Releo La Vida es sueño y en uno de esos días en que me asomaba al balcón de mi casa, pensé que un Segismundo de nuestro tiempo creería encontrarse en un mundo privado de niños, en el cual fuera obligatorio convivir con un animal, desplazarse siempre en su compañía y no dirigir la palabra a otra persona. Me viene a la cabeza un artículo de EL PAÍS del pasado año señalando que en las ciudades españolas hay más perros que personas menores de quince años. Chocante en todo caso el llevar dos semanas sin haber visto un solo niño.

Por el tipo de trabajo, mi vida no ha cambiado en exceso, excepto que introduzco nuevos temas de reflexión. Así, constatando que la parálisis ha reducido drásticamente la contaminación de Barcelona, ante la obvia correlación entre progreso y consumo energético, mi amigo el físico Javier Tejada me insta a replantearnos la devoción común por la palabra misma “progreso”: o priorizamos el ahorro de energía o priorizamos el progreso sin frontera, no se puede ganar en ambas apuestas.

En todo caso el tipo de progreso vinculado a la despiadada frialdad que ha divinizado la ley del mercado contribuye a multiplicar el número de personas (de edad avanzada en general, pero no siempre) que sienten desarraigo en medio de sus propias comunidades vecinal y urbana. De ahí la inversión afectiva en animales de compañía. Se diría que, en ocasiones, estos vienen a paliar la falta de oportunidades para volcar nuestro afecto sobre personas. No se trata de dirimir qué supone para una civilización esta sustitución. Se trata más bien de contemplar todas las implicaciones de la misma.

Ciertamente, no en todos los casos el vínculo urbano con un animal tiene este carácter sustitutivo, y en general es mero complemento del afecto humano, pero también hay casos de preocupante inversión de jerarquía. El 25 de marzo, un periódico de Barcelona presentaba la imagen de una muchacha con aire distendido sosteniendo dos caniches, ante la mirada ácidamente irónica de personas que hacían larga cola para obtener por la ventana de un comedor municipal un paquete de comida.

Y en consonancia también percibo desde mi balcón que hay excepción a la pareja persona-animal: sombras aisladas, humanos que buscan refugio en algún recoveco y para quienes el “quédate en casa” suena a sarcasmo. Me digo entonces que la tragedia (correlativa de nuestra frágil condición natural) no debe ser confundida con la miseria (de orden social y tantas veces evitable). Cabe pedir a los hombres que muestren entereza ante la primera, no es justo que se les exija ser pacientes ante la segunda.

Además de la que transcurre en Orán, en su parábola de 1948 El estado de sitio, Albert Camus evoca una segunda Peste, encarnada en un político a ella identificado, que asola la ciudad andaluza de Cádiz. Camus parecía señalar a Franco, pero muchos son los gestores del mundo que hoy podrían sentirse aludidos. Aterrorizados, los ciudadanos de Cádiz se pliegan, con una excepción, Diego, que lanza a la tiranía: “Habéis olvidado la rosa salvaje, los signos del cielo, los rostros del verano, la gran voz del mar, los instantes de desgarro y ¡la cólera de los hombres!”.

Víctor Gómez Pin es filósofo

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