De Ucrania a Rusia bajo la sombra del coronavirus

Las malas relaciones entre los dos países dificultan el regreso a casa de ciudadanos para aislarse ante la Covid-19

Dispositivo médico en la estación de Kiev de Moscú, después de que un ciudadano chino presentase síntomas similares a los del coronavirus, el 21 de febrero.
Dispositivo médico en la estación de Kiev de Moscú, después de que un ciudadano chino presentase síntomas similares a los del coronavirus, el 21 de febrero.Ivan Vodop'janov

“A sus puestos antes de que se vean obligados a confinarse donde estén”. Así, como si fuera una orden, quienes por diversos motivos estábamos el lunes de viaje por Ucrania, interpretamos el cese de las comunicaciones ferroviarias por el país a partir del 18 de marzo.

El anuncio llegó el 16 por la tarde, cuando ya había cesado el transporte aéreo regular entre Ucrania y el mundo y al país habían comenzado a regresar contingentes de turistas de abortadas vacaciones y también emigrantes. Estos últimos, invitados a volver por unas autoridades carentes de una alternativa laboral para ellos.

La “movilización para el aislamiento” (MPA) es practicada estos días en todo el continente europeo por el nuevo coronavirus. En su modalidad ruso-ucraniana, la MPA se ve complicada por el sustrato político y los conflictos entre los dos países. Desde que se anularan las comunicaciones aéreas directas (a resultas de los enfrentamientos políticos y bélicos de 2014), la forma más eficaz de trasladarse de un país a otro es volar con escala en un tercer país, pero esta posibilidad dejó de existir esta semana. Rusia, por su parte, anunció que cerraba sus fronteras a los extranjeros no residentes a partir del 18 de marzo y resultó que la Embajada española en Moscú y el Ministerio de Exteriores de Rusia tenían interpretaciones distintas sobre las características del estatus de residencia de los corresponsales extranjeros acreditados en la capital rusa.

El 17 de madrugada en el tren Hunday que cubre el trayecto entre Kiev y Járkov (con salida a las 6.45 y llegada a las 11.31) viajaba esta corresponsal con otros pasajeros, una parte de los cuales estaban allí para regresar a su domicilio en Rusia. Entre unos y otros se fraguaban alianzas mutuamente ventajosas. “Usted va a mirar los trenes de cercanías y yo voy a ver los autobuses”. “Usted me guarda la maleta y yo voy a la taquilla”. “Nos intercambiamos los números de móviles para coordinarnos e intercambiar información”. “Si se entera de algo, me lo dice”.

No hacía falta tener un amigo motorizado en Járkov. El mecanismo para continuar el periplo estaba ya rodado. De uno de los laterales de la estación central partían las marchrutkas (minibuses que operan como taxis colectivos) y el chófer de la mía llenó el vehículo con nueve personas (tres pasaportes rusos, cinco ucranianos y uno español) a razón de 500 grivnas sin recibo. Partimos de inmediato rumbo al puesto fronterizo de Goptivka (parte ucraniana)-Nejoteevka (parte rusa). En Goptivka, el conductor de la marshrutka realizó por si solo todas las formalidades del pasaje y los guardafronteras no nos preguntaron nada. En la tierra de nadie, entre los servicios fronterizos ucranianos y los rusos, tuvo lugar el cambio de postas y de la marshrutka ucraniana. Nosotros y nuestro equipaje nos trasladamos a la marshrutka rusa. El mecanismo recordaba el que existe en Perekop, en el istmo que separa la península de Crimea (controlada de hecho por Rusia), y el resto del territorio de Ucrania, o el que se practica en las lindes de los territorios controlados por los prorrusos en Donetsk.

En Nejoteevka todos dependíamos de todos. Los guardafronteras rusos tenían preguntas diversas para cada uno de nosotros. ”¿Con quién se ha encontrado y a quién ha entrevistado en Ucrania?”, fue la que le formularon a esta corresponsal dos oficiales del servicio. Preguntas como estas son habituales en puestos fronterizos poco habituales en Rusia. Mientras esperamos, conversamos sobre la cartelera teatral y las exposiciones de Moscú con una de las compañeras de viaje, ucraniana de origen. Después de 55 minutos de formalidades, proseguimos el viaje ya en territorio ruso y llegamos a tiempo para el tren rápido que paría de Belgorod a las 16.39 con destino a Moscú. Ante las taquillas había largas colas. En una de ellas, dos mujeres conversaban sobre las asignaciones económicas prometidas por el presidente Vladímir Putin para estimular la maternidad. “Y ahora todos los alcohólicos se dedican a tener hijos y los orfanatos se llenarán de niños”, afirmaba una de ellas. No sé si es verdad, pero podría ser un dato social. Por fin, con el pasaje en la mano, compré un refresco y dos empanadillas en el kiosko de la estación. El precio (76 rublos) era de menos de un euro al cambio de ahora, lo que es un dato económico y social.

Situado en una vía alejada del edificio principal de la estación, estaba el tren, limpio, moderno, con enchufes para móviles y ordenadores, desinfectante gratuito y unos lavabos relucientes. Contrastaba con los desvencijados trenes que (con contadas excepciones) unen Kiev con las ciudades de provincias de Ucrania. El convoy iba casi vacío. Algunos pasajeros llevaban máscaras, pero eran una minoría. Por los monitores se repetían las instrucciones de higiene para prevenir el coronavirus. Al filo de la media noche (una hora menos en Kiev) llegamos a la estación de Kursk en Moscú.

Información sobre el coronavirus

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Sobre la firma

Pilar Bonet

Es periodista y analista. Durante 34 años fue corresponsal de EL PAÍS en la URSS, Rusia y espacio postsoviético.

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