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OPINIÓN i

El machismo es la enfermedad del patriarcado

Urge una teoría y una acción feminista racional, infraestructural y global

Una mujer, en la huelga del 8 de marzo en Madrid.
Una mujer, en la huelga del 8 de marzo en Madrid. EFE

El machismo es la enfermedad, la pústula visible del patriarcado, y el feminismo un discurso corrector, aunque temo que la fortaleza del discurso esconda un cristal delicado. Que la educación se transforme en crestomatía de textos, en represiones que se vuelvan contra nosotras. Temo entrar, y me rebelo contra ello, en una competición de feminismos. Tengo miedo —no un miedo paralizante, un miedo de alerta precavida, un miedo estratégico—. Acudo a las manifestaciones y junto mis esperanzas con otras esperanzas, y confío en que mis gritos —siempre afónicos— sirvan para que egoístamente no me llamen fea por mi trabajo. Pero también para que nunca se repita el horror de La Manada y se mejoren las condiciones laborales de las cajeras de los supermercados y se acabe con la brecha salarial. Y, si es posible, de paso, con todas las putrefacciones que adornan nuestro sistema económico.

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Pero hoy, algunos días, me siento desconcertada y llego a pensar que mi debilidad, mi duda, mi renuencia a pertenecer a ciertas tribus, es otra forma de suavísima vindicación que se adapta con más facilidad a ese feminismo tolerado que hace de cada mujer un ser razonable. Un feminismo que no mete mucho ruido o que mete mucho ruido sin producir muchas nueces. Un feminismo espectacular que sale en todos los periódicos porque aspira a cambiarlo todo sin que nada cambie demasiado: hombre o mujer, en Hollywood o en el polígono industrial de Coslada, reproduciendo los mismos papeles de amo/ama-esclavo/esclava. A veces tengo un sueño como Martin Luther King y aspiro a un alter-feminismo que cambie el mundo de raíz. Un mundo de ayudas mutuas. Yo soy de esas feministas que no saben separar el patriarcado del capitalismo.

A veces tengo un sueño como Luther King y aspiro a un feminismo que cambie el mundo de raíz

Soy feminista, pero cuando veo a las damas del Me Too me entra un algo de desconfianza. Sin embargo, en Farándula sugerí que el glamur servía para amplificar la voz a la vez que expresaba mis dudas sobre el compromiso de Angelina Jolie. Lo tolerado y lo no tolerado. La solidaridad como variante —cebollitas, pepinillos…— del comercio y los actos de beneficencia como "nueva política". Todas esas imágenes se me atraviesan dentro como espina de jurel. Me cuesta tanto darle la mano a Oprah Winfrey. Me cuesta tanto darle la mano a Cristina Cifuentes. (…) Al fin y al cabo, soy una mujer que debe hacerse la crítica continuamente, porque ha sido educada con los esquemas patriarcales de su padre, de su madre, de su abuela, de su abuelo, de su colegio, de su universidad, etcétera, etcétera.

Agito la cabeza y quiero salir de ese bucle, pero me llegan voces que dicen: "El Me Too es un movimiento anglosajón y protestante", como si las católicas nominales del Mediterráneo exhibiésemos todo el día una sensualidad de maggiorata que, muerta de calor, saca entre los labios la puntita de la lengua, no porque nadie les pida que hagan un mohín frente al objetivo, sino porque les da la real gana. Me hace gracia que esa definición —"El Me Too es un movimiento anglosajón y protestante"–, como sentencia acusatoria, solo se aplique a un movimiento feminista y no a la inmersión de protestantismo anglosajón que practicamos diariamente a la hora de comer, ver películas, construir nuestra sentimentalidad, preocuparnos por nuestro cuerpo, escuchar música, correr por las calles, hacer barbacoas, comprar productos financieros e hipotecas, contratar empresas privadas de salud…

Nos estamos pensando. A nosotras mismas y al mundo en que vivimos. Como nos recuerda Noelia Ramírez: "Trump, alineado con los críticos del Me Too por 'destrozar' la vida de hombres con 'simples acusaciones', destina 277 millones de dólares a promover la abstinencia sexual". También menciona Ramírez a Tarana Burke, mujer, negra y activista, que inventó el Me Too hace una década y asiste a niñas en riesgo de exclusión. De modo que el puritanismo tiene demasiados rostros y habría que pensar si es más puritano un concurso de Miss Universo, promover la castidad desde las escuelas o la campaña de Emma Watson para educar sobre el orgasmo femenino.

Me preocupan las inmolaciones en plaza pública que no encuentran su raíz en el pensamiento feminista, sino en el uso espurio e irreflexivo, en los linchamientos oclocráticos de las redes sociales y en la deficiente comprensión lectora de textos artísticos y literarios. Nacen en el imperio de la literalidad, la posverdad y la ira que brota de la insuficiencia legislativa, la violencia fundacional del sistema y de todas sus macro y micro-violencias aliadas: explotación laboral, machismo, aporofobia, intolerancia, juicios mediáticos paralelos, muros, reaccionarismo, trata de esclavas.

Por eso, os necesito tanto, hermanas mías. Tanto, tanto. Me arrepiento tanto de mis maldades y de la mezquindad de mis críticas. De mi apisonadora falta de lucidez. De este carácter quisquilloso que atenta contra el sentido de la sororidad, por culpa de mi arcaica conciencia de Barrio Sésamo: arriba y abajo, izquierda y derecha, delante y detrás. Y me hago una serie de preguntas tontas, que daría lugar a respuestas demagógicas de esas que pretenden desbaratar cualquier posicionamiento feminista y colocar a la mujer en el vértice de esa presión comercial relacionada con la falsa elección.

Como si siempre estuviésemos frente al anaquel de un supermercado. (…) Sigo jugando como la niña perpetua que me obligan a ser: ¿Qué prefieres el Me Too o la tribuna Mujeres liberan otra voz?, ¿el feminismo anglosajón o el feminismo francés?, ¿Butler o Beauvoir?, ¿qué prefieres ser mujer rica u hombre pobre? Y me digo que yo lo único que no quiero ser en la vida es mujer pobre. Mujer negra lesbiana pobre. Mujer negra lesbiana pobre enferma analfabeta. Adjetivos especificativos que se retroalimentan y trazan un mapa bastante preciso del mundo en que vivimos y de la urgencia de una teoría y una acción feministas racionales, infraestructurales y globales.

Fragmento de Monstruas y centauras (Anagrama), el nuevo libro de Marta Sanz, en el que reflexiona sobre el #MeToo.

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