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Los alumnos despiden al maestro

El veterano profesional ocupó cargos de responsabilidad en Pueblo, Informaciones y EL PAÍS

En mayo recibió el Premio Ortega y Gasset a la trayectoria profesional más destacada

Jesús de la Serna, en 1991.
Jesús de la Serna, en 1991.

Fue el maestro de miles de alumnos, que no solo fueron periodistas o estudiantes de periodismo. A Jesús de la Serna, que murió en la madrugada de este jueves, le importaban los lectores, y a su respeto dedicó sus mayores esfuerzos en el desarrollo de una profesión a la que entregó su vida.

Riguroso, incluso espartano, creía que un periodista no debía aspirar a otros galardones que los que le daba el lector y luchó contra los defectos en que incurrimos como si él mismo fuera un libro de estilo viviente. Dedicó su vida a este antiguo oficio con la convicción de que no estaba aquí para deslumbrar sino para contar la realidad y para hacer que otros la contaran bien. Procuraba la sombra, y desde ahí proyectó a periodistas de mucho renombre. Si lo llamaban maestro, se sublevaba. Esa era, quizá, la única verdad que no toleraba.

Después de 70 años de oficio y 87 de vida, De la Serna, hijo de periodista (Víctor de la Serna) y nieto de escritora (Concha Espina), murió en Madrid tras una larga enfermedad. Había nacido en Cantabria. Hoy será enterrado en El Espinar (Segovia), donde tenía gran parte de su alma. Su vida de periodista fue coronada el último mes de mayo con el Premio Ortega y Gasset a la trayectoria. Le entregaron este galardón los tres directores que ha tenido EL PAÍS (Juan Luis Cebrián, que fue su subdirector en Informaciones y quien lo trajo a este periódico en 1979, Joaquín Estefanía, con quien trabajó en la Escuela de Periodismo UAM/EL PAÍS, y Jesús Ceberio), además del director actual, Javier Moreno, que fue su alumno en aquella escuela.

Como resumen de su vida, Jesús de la Serna dijo en ese encuentro con sus colegas: “Yo no soy yo, soy yo y un montón de gente que me ha acompañado en todos estos años y de los que he aprendido muchísimo, desde los grandes profesionales a los más modestos y desconocidos. Me he incrustado como uno más entre ellos. Este es un oficio que se hace en equipo”.

De la Serna agradece el Premio Ortega y Gasset en mayo pasado.

No era retórica; lo suyo, además, no era la retórica. En la Redacción de EL PAÍS y luego en la Escuela de Periodismo, De la Serna era el punto de referencia de los que tenían tareas directivas (a Cebrián le dijo un día: “Juan, recuerda que el capitán come solo en su camarote”) y de los que empezaban en el oficio o ya se habían curtido en él. Despreciaba halagos y siempre estuvo disponible en su despacho o entre las mesas. Era, en efecto, un veterano incrustado en las filas juveniles. De los viejos tuvo el respeto y de los jóvenes se ganó la admiración. No buscó ni una cosa ni la otra: las obtenía porque su naturaleza desprendía una clase especial de nobleza, rara en un oficio que, como decía Kapuscinski no se hizo para cínicos, aunque abunden. Jesús era lo contrario de un cínico. Era amable y elegante, una persona radicalmente buena.

Porque era todo eso este jueves por la mañana, cuando su cuerpo era velado en el tanatorio de la M-30 por su mujer, Pura Ramos, que también es periodista, por sus ocho hijos (entre los cuales también hay un periodista, Diego) y por los centenares de personas que enseguida acudieron a rendirle homenaje, lo que se vio no fue solo la despedida al subdirector de Pueblo, al director de Informaciones, al subdirector y consejero de EL PAÍS o al que fue presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid y de la Federación de Asociaciones de la Prensa.

Los que se congregaron venían de las más diversas generaciones de periodistas; algunos estuvieron bajo su mando o su consejo, otros eran exalumnos de la Escuela; la mayor parte fueron compañeros suyos de oficio en los distintos medios a los que se dedicó, desde Pueblo a este periódico en el que cumplió, como Defensor del Lector, sus últimas tareas profesionales. No era retórico Jesús de la Serna, y este homenaje multitudinario y multigeneracional tampoco lo era; el afecto que desprendía este maestro de periodistas se basaba (eso le dijo una vez Emilio Romero, su director en Pueblo, a nuestro compañero Rafael Fraguas) “en la empatía”, en la capacidad para mandar con elegancia y respeto. Se decía de él que era el consejero tranquilo, el hombre que sosegaba los ánimos para hallar en medio lo mejor de cada uno. Jesús mandaba mirando.

Escribió poco. Como los grandes periodistas de su generación, se hizo entre galeradas ajenas, cuidando que la Redacción tuviera una guía y que esta no se fijara en virtud de las broncas, las diatribas o las ocurrencias. Sin embargo, en aquella etapa final, cuando asumió la tarea de Defensor del Lector, sí escribió artículos en los que fijó posiciones sobre la duda como alimento del oficio, contra las imprudencias profesionales de las que los periodistas no hacemos autocrítica, contra el mal gusto o contra la (mala) costumbre de no contrastar lo que cree saberse de buena fuente cuando esta es tan solo una fuente.

No hacía ruido, pero tenía entre sus armas un código ético invencible: la búsqueda de la verdad. Dijo cuando coronaron su carrera con aquel premio: “Lo primero siempre es la búsqueda de la verdad y lo segundo comprobarla y verificarla, porque las fuentes no son siempre firmes y seguras. Hay que contrastar constantemente, cueste lo que cueste”. Recordaba un aforismo norteamericano que parecía hecho para su sentido común: “Si tu madre te dice que te quiere, compruébalo”. Que todos querían al maestro que acaba de morir fue una evidencia abrumadora.

De la Serna recibe en su casa a los cuatro directores de la historia de EL PAÍS.