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La misión de contar muertos

Una organización sin ánimo de lucro de EE UU contabiliza para la ONU los fallecidos en Siria

Los datos son clave con vista a la reconciliación después del conflicto

Una morgue improvisada en el conflicto de Siria.
Una morgue improvisada en el conflicto de Siria.

La cuarta semana de agosto un grupo de voluntarios sirios enterró en Kfar Batna, a las afueras de Damasco, en una fosa común a 16 personas muertas horas antes en lo que las potencias occidentales consideran un ataque con armas químicas. Como nadie reclamó sus cadáveres, a cada uno le pintaron un número en la frente, le hicieron un retrato y envueltos en un sudario los sepultaron en contacto con la tierra. Las fotografías y los números deberían ayudar a sus familias a localizarlos e identificarlos. En unos meses, en años o en décadas. Y a que el mundo sepa quiénes eran, dónde, cómo y quién los mató. Ninguna de esas 16 personas, ni ninguno de los 1.429 fallecidos en aquella matanza --posiblemente la mayor de la guerra--, está contabilizado aún como víctima de la guerra de Siria. Aunque los muertos se cuentan sobre el terreno, el recuento final y oficial del conflicto más cruento de Oriente Próximo se hace en San Francisco (Estados Unidos).

A menudo, en el fragor de las batallas, siempre salpicadas de mentiras y propaganda, es difícil si no imposible conocer la cifra real de víctimas. El tiempo y el trabajo cuidadoso de personas que a menudo carecen del respaldo pleno de las instituciones suele contribuir a asentar unos números más cercanos a la realidad, aunque siempre caben discrepancias o disputas. Pero en los procesos de reconciliación tras las guerras resulta imprescindible conocer la verdad, o aproximarse a ella todo lo posible. El caso de Sudáfrica es el paradigma. Los desaparecidos de Argentina son otro ejemplo. El historiador Julián Casanova recuerda que nunca que sabrá exactamente cuántos fueron los asesinados pero el listado se va reconstruyendo poco a poco. Es una forma de devolver la dignidad a víctimas y allegados y, simultáneamente, es un paso hacia la asunción de responsabilidades en la sociedad.

 

Los investigadores han documentado 92.901 muertes en Siria desde aquellas manifestaciones contra el régimen en 2011 que tras la brutal represión derivaron en la guerra civil. Una cifra que los medios (y los políticos) redondeamos al “más de 100.000 muertos” incluido crónicas y discursos. Es en torno a la mitad de los fallecidos a lo largo del conflicto armado en Colombia, según una reciente y detallada radiografía de las matanzas, los atentados, los secuestros,... que constata que cuatro civiles perecieron por cada combatiente caído. Siria, Colombia, la guerra de Kosovo o la guerra civil española.¿Quién y cómo cuenta las víctimas? ¿Y por qué es importante hacerlo?

Existen 40 grupos que documentan las bajas de los enfrentamientos

Volvamos a Siria. O mejor, al estadounidense Human Rights Data Analysis Group (HRDAG), que se define como “una organización sin ánimo de lucro no partidista que aplica ciencia rigurosa al análisis de las violaciones de derechos humanos por todo el mundo”. Un equipo de HRDAG liderado por la estadística Megan Price --con experiencia en Guatemala-- lleva la cuenta siria por encargo y en nombre de la alta comisionada de derechos humanos de Naciones Unidas, Navy Pillay. Su último balance, el 13 de junio, era de 92.901 fallecidos documentados tras examinar ocho bases de datos (incluidas las del Gobierno de Bachar el Asad y las de la mezcolanza de grupos de activistas rebeldes) y cribarlas (a mano y por ordenador) para asegurarse de que cada víctima es contabilizada una sola vez. De cada uno de los 92.901 saben (al menos) lo más esencial: el nombre, cuándo y dónde murieron. Es decir, los 16 muertos de Kfar Batna no serán incluidos mientras sigan anónimos.

Price, jefa de un grupo que incluye estadísticos, informáticos, demógrafos y científicos sociales, recalcó al presentar el recuento que es un balance de mínimos porque el abanico de fallecimientos sin documentar es amplísimo: muertos sin localizar aún, víctimas de ataques solo presenciados por los agresores, víctimas cuyos allegados no se sienten lo suficientemente seguros para denunciarlo, familiares que no han encontrado a quién contárselo o que han huido de Siria. Pasó en España. Casanova, catedrático de Historia Contemporánea, explica que en el verano-otoño de 1936 “hubo muchas víctimas sin registrar” – asesinados por “militares y falangistas que los dejaron tirados en cunetas, pozos y dehesas”-- en lo que él ha denominado “el terror caliente”.

 

Los muertos son la magnitud más obvia de un conflicto pero contarlos queda muy lejos de medir de verdad la magnitud de lo ocurrido y del sufrimiento padecido e infligido.

Sirve para devolver la dignidad a la víctima y asumir responsabilidades

Afinar los números suele llevar tiempo (y voluntad política) como bien saben en Colombia. El Centro Nacional de Memoria Histórica difundió a finales de julio el informe ¡Basta ya! Es escalofriante aunque incluye más cifras que nombres propios. De cada diez colombianos fallecidos desde 1958 hasta 2012 tres murieron a causa de la guerra. Tres de cada diez. Son 220.000 muertos, 25.000 desaparecidos, 4.744.048 desplazados, 27.023 secuestrados, 10.000 amputados...

La coordinadora del informe, Martha Nubia Bello, explica por teléfono que la cifra de 220.000 “no es la de todos los muertos, son los muertos documentados. Muchas muertes ha sido imposible documentarlas porque ocurrieron en zonas remotas adonde ni llegó el Estado, se destruyeron pruebas, hubo hornos crematorios, se arrojaron cadáveres a los ríos, hubo desapariciones forzadas”. Bello deja claro que ha sido una tarea titánica. Sobre todo documentar el periodo 1958-1985, cuando las cifras oficiales son inexistentes y hubo que recurrir a bitácoras de grupos de derechos humanos e informaciones periodísticas. A partir de 1985 se incorporan los datos declarados por las propias víctimas y los recogidos por la Fiscalía y los institutos de medicina legal, detalla. Asegura que la mayoría de los colombianos está de acuerdo en la magnitud de la tragedia; las disputas afloran en el reparto de responsabilidades. Resumido en una frase, los paramilitares son los que más mataron y la guerrilla, la que más secuestró.

Explica Bello, del Centro Nacional de Memoria Histórica de Colombia, que el fin es “visibilizar lo que los actores de la guerra quisieron ocultar y es una manera de devolverles la dignidad a las víctimas”.

El proyecto Every Casualty (Todas las víctimas) pretende que los Gobiernos se aseguren de que cada fallecido en un conflicto armado sea debidamente documentado, una tarea hercúlea que ahora recae en buena medida en abnegados miembros de la sociedad civil que a menudo trabajan por libre, sin contacto alguno con otros grupos embarcados en tareas semejantes. La investigadora de este proyecto del Oxford Research Center Elizabeth Minor enumera motivos por lo que es necesario que el recuento se haga bien desde el principio: contribuye al reconocimiento de las víctimas como individuos, los registros detallados,verificables y fiables demuestran derechos de las víctimas y sus allegados, pueden ser una prueba vital para que los perpetradores rindan cuentas, puede contribuir a los esfuerzos de buscar la paz y la reconciliación, y puede ayudar a la toma de decisiones políticas o a encauzar la ayuda humanitaria.

Hay que identificar los cuerpos y fijar las condiciones del deceso

Every Casualty ha creado una red de unos 40 grupos que recogen los datos de cada muerto en conflictos armados por todo el mundo (de Darfur, a Guatemala o Somalia). Uno de los objetivos del proyecto es desarrollar unos criterios básicos para asegurar que toda la documentación recabada comparte unos mínimos que garantizan su calidad y credibilidad. Y como en todo, existen buenas prácticas, prácticas no tan buenas o directamente malas.

El denominado Libro de la Memoria de Kosovo es, en opinión de la experta Minor, un buen ejemplo. Incluye serbios y albaneses, civiles, guerrilleros, policías y soldados muertos durante la guerra en la provincia serbia que le da nombre (y que luego se declaró independiente). Y cuenta quién era y como murió cada caído en los tres años (1998-2000) que duró la contienda. Es un proyecto en desarrollo (se ha publicado ya un volumen; otros vienen de camino) que realizan mano a mano los centros de Legislación Humanitaria de Kosovo y Belgrado que además anima, como recalca la citada experta, a las comunidades a comprobar la información publicada y a corregirla si lo requiere. Bajo el lema, “Dejad que la gente recuerde a la gente”, el libro incluye unas frases que resumen retazos de las vidas de cada víctima.

El mal ejemplo que cita esta especialista de Every Casualty es reciente: Libia, hace poco más de dos años. “Las víctimas no fueron contadas con precisión pero había referencias a los números para apoyar diferentes posiciones políticas antes de la intervención de la OTAN ((en marzo de 2011) cuando cifras como “40.000 muertos” eran regularmente citadas sin ningún tipo de fuente o documentación”, explica.

Ya lo dice el libro Sex, Drugs and Body Count: “El anuncio público de un número impresionantemente abultado, al margen de su origen o validez, puede generar una amplia cobertura mediática que, en consecuencia, legitima y perpetua el uso de ese número”. Editado por Peter Andreas y Kelly M. Greenhill, en él diversos expertos analizan “la política de los números” en la gestión del crimen organizado y los conflictos. Un filón en un mundo en el que el anumerismo (la incapacidad para entender lo que las matemáticas más básicas) está a la orden del día.

En España no se ha hecho la tarea correspondiente a la Guerra Civil

En Libia, cuenta Minor, el Ministerio de los Mártires y las Personas Desaparecidas trabaja ahora en colaboración con la Comisión Internacional de Personas Desaparecidas.

La distinción entre combatientes y civiles se considera una de las claves al analizar cualquier conflicto, pero en el balance oficial a fecha de hoy en Siria, más de 100.000 muertos, Naciones Unidas nunca lo desglosa. “El análisis no ha sido capaz de diferenciar consistentemente ((a las víctimas)) como combatientes y no combatientes”, explica la portavoz de la alta comisionada de la ONU para los derechos humanos. Tampoco apunta cuántos han caído por cada bando.

A veces las cifran bailan por discrepancias en la definición de combatiente. La policía civil es un ejemplo clásico. ¿Es civil o combatiente?

Siete décadas después de concluida la guerra civil española, seguida de una represión franquista brutal y sin una comisión de la verdad, aún existen dirigentes políticos que echan mano de cifras (y argumentos) falsos, pura propaganda. “Las consecuencias de la República llevaron a un millón de muertos”, declaró sin despeinarse nada menos que el portavoz adjunto del PP, Rafael Hernando, a finales de agosto en una entrevista en televisión. La iniciativa todos los nombres nació para rescatar las vidas de las víctimas.

El historiador Julián Casanova explicaba (días antes de las palabras de Hernando) que “el número total aproximado de muertos, frente a la cifra mágica de un millón, es de 600.000”. El catedrático lo detalla en su libro España partida en dos. Breve historia de la guerra civil española (Crítica, 2013). Unas 100.000 personas murieron víctimas de la violencia militar/falangista durante la guerra; unos 55.000 de la violencia en la zona republicana y el resto falleció en combate, en los frentes. Añade Casanova que en la represión de posguerra --más fácil de cuantificar que “el terror caliente” del inicio de la contienda porque la mayoría fue fusilado y anotado aunque fuera tras juicios farsa-- perecieron entre 40.000 y 50.000 personas. Él calcula que aún existen en torno a 30.000 muertos en la zona franquista de los que no existe rastro, que nunca fueron registrados.

Aún hay quien lleva la cuenta de los muertos en conflicto en Irak. Este sábado murieron 30 personas en nueve ciudades, según la organización Iraq Body Count. La última víctima documentada se llamaba Jalil; un varón adulto que murió hace dos semanas. Ya han documentado el fallecimiento de más de 114.000 civiles. Alguien algún día abrirá la fosa común de Kfar Batna y probablemente en el futuro sea posible saber quiénes eran esas 16 personas que yacen bajo tierra con un número en la frente. Otra pieza clave para completar el puzle del endiablado conflicto en Siria.