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La cara más sucia del dragón

La pirotecnia utilizada en las celebraciones del Año Nuevo chino dispara la polución y crea toneladas de residuos cuyo tratamiento es dudoso

Es la guerra, y no hay tregua. Salir a la calle entraña grandes riesgos. Hay quienes pierden dientes, y hasta la mandíbula, otros acaban en el área de grandes quemados de los hospitales. Los estallidos retumban en todos los hogares, vibran las ventanas, y algunos edificios incluso terminan en llamas. El olor a pólvora lo inunda todo, y el aire se convierte en una sustancia corpórea. Es una cortina gris que solo se rompe con el destello de cada explosión.

Podría ser cualquier zona de guerra, pero es la capital económica de China en plena celebración del particular Año Nuevo del gigante asiático. Es el 4710, el turno del dragón, el signo más deseado del zodiaco chino. Así que no se puede reparar en gastos. Y la Nochevieja no es como cualquier otra: dura dos semanas. Son 15 días en los que un petardo acecha en cada esquina, aunque el peligro se concentra en la primera semana. Sin embargo, la celebración sale cara.

La celebración del nuevo año chino, el 4710, dura dos semanas, en las que un petardo acecha en cada esquina

En la Nochevieja, la pirotecnia provocó en Pekín una concentración de partículas contaminantes casi cien veces más de lo que se considera saludable

Y no solo por el precio de la pirotecnia. Solo hay que echar un vistazo a las estaciones de control del aire de las grandes ciudades para asombrarse del impacto que tiene la pólvora en la ya de por sí preocupante contaminación atmosférica. En la Nochevieja china (22 de enero) la pirotecnia provocó que en Pekín la concentración de partículas contaminantes alcanzara los 1.593 miligramos por metro cúbico, casi cien veces más de lo que se considera saludable en la capital china. Y en Shanghái,durante el quinto día de la festividad de Año Nuevo, momento en el que se supone que baja a la Tierra el Dios de la Fortuna, o Caishen, la concentración de partículas de menos de 2,5 micras se disparó hasta las 362 por metro cúbico de aire.

Según la nueva regulación, que entra en vigor este año, China considera este nivel como de contaminación media, pero supone cinco veces el nivel establecido por el país y resultaría más que alarmante en cualquier país de la Unión Europea. "En el momento en que se lanzó el mayor número de fuegos artificiales, entre la medianoche y la una de la madrugada, el índice se disparó", reconocía al diario oficial Shanghai Daily uno de los responsables del centro de medición, Duan Yusen. El problema, además, es que las partículas que llenan el aire son especialmente dañinas: metales pesados y químicos varios.

Pero eso no es todo. Aldeas, pueblos y megalópolis amanecen cada día de este período cubiertos por una alfombra de un rojo deslavado. Son los desechos de papel y plástico que dejan a su paso las interminables tracas, y que, en el caso de Pekín, suman nada menos que 184 toneladas. El tratamiento de estos residuos, también contaminados con metales y químicos, es nulo. De hecho, muchos de los equipos de limpieza optan por la vía rápida que proporcionan los cañones de agua, que arrastran la basura y la introducen en las alcantarillas. Ojos que no ven... Su contenido va a parar directamente al río sin ningún tipo de tratamiento efectivo.

Sin duda, son razones más que suficientes para el nacimiento de varios movimientos ciudadanos, comprometidos con la defensa del Medio Ambiente, que abogan por hacer cumplir la ley que controla el uso de material pirotécnico -no está prohibido, pero sí se estipula cuándo se puede utilizar, y la normativa no se cumple-. En el barrio shanghainés de Dongbaoxing, por ejemplo, este año se ha reducido drásticamente el número de explosiones. "Es porque en 2011 varias casas prendieron fuego", comenta una vecina. Sin embargo, muchos otros aseguran que son conscientes del impacto medioambiental que tiene la medida. "No he prendido fuego a ningún petardo y espero que el Dios de la Fortuna me favorezca por haber celebrado el Año Nuevo con conciencia ecológica", ironizaba un usuario de Weibo, la red de microblogs más popular de China. Y, sin duda, la población más nutrida del mundo exige cada vez un mayor control de la polución.

No obstante, un nuevo caso grave ha eclipsado la cara más sucia del dragón. En la provincia sureña de Guangxi, el río Longjiang se ha visto afectado por lo que parece un vertido de cadmio procedente de una mina que suministra material a fábricas de baterías. Las alarmas se han disparado en las ciudades cercanas, en las que viven más de cinco millones de habitantes que se han lanzados a todo tipo de establecimientos en busca de agua embotellada.

Aunque las Autoridades aseguran que el vertido ya ha sido controlado, las pocas organizaciones ecologistas que operan en el país no están satisfechas, y consideran que los niveles de cadmio son todavía preocupantes. De hecho, van más allá: por muy pocos ríos discurre agua suficientemente limpia como para ser consumida por el ser humano. Y mejor no hablar del aire que se respira. Incluso cuando se disipa el olor a pólvora.