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"Aprender a leer y a escribir ha cambiado mi vida, me siento útil"

Cruz del Carmen, nicaragüense de 33 años, cuenta cómo la educación le ha permitido sacar a su familia de la pobreza

“Voy a aprender y un día mi vida va a cambiar”, eso es lo que se decía a sí misma todas las noches durante tres años la nicaragüense Cruz del Carmen. Lo repetía cuando estudiaba después de haberse pasado todo el día vendiendo dulce de leche en las calles de la ciudad de León. Y su vida cambió. Dejó la pobreza extrema en la que malvivía para montar su propio negocio con el que mantiene a su familia de seis hijos. Tras superar seis cursos de primaria en tres años, Cruz recuperó “la autoestima” y el control sobre su vida, explica a EL PAÍS.

La inestabilidad de la que ha salido Cruz comenzó en las navidades de 2004. Entonces estaba instalada en el domicilio familiar de su actual marido. Su suegra, que tampoco sabía leer, fue estafada en la firma de unos documentos y acabó perdiendo la casa en la que todos vivían. “En esas fechas nadie nos pudo ayudar y lo perdimos todo”. Su suegra murió pocos días después “por el disgusto que le causó el engaño”, cuenta Cruz.

El alcalde de la ciudad de León, Tránsito Téllez, les ayudó entregándoles un terreno donde poder instalarse. “Es una casita pequeña, muy pobre, con latas, con plástico con ripio. No tengo cocina, ni cuartos ni nada de eso, pero tengo la esperanza de poder construir mi casa en esas tierras”, afirma Cruz.

Estabilidad emocional

Ya en su nuevo hogar decidió que su vida tenía que cambiar. Se apuntó con un centenar de compañeras al plan Paebanic, destinado a la alfabetización y educación básica de adultos en Nicaragua. “Estudiaba por las noches y los domingos”, recuerda. Tras superar la enseñanza primaria se interesó por los cursos que ofrecía el Paebanic, plan financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) desde 1998. Finalmente, se decidió por el de belleza. Por dos razones: “Porque las herramientas que tenía que usar eran las más cómodas y porque me gusta”.

Había logrado la estabilidad emocional. Tras pedir un microcrédito comenzó su negocio de “pedicura y manicura”. Se traslada “de puerta a puerta” para atender a sus clientas. Su marido, artesano, se quedó sin su negocio con la pérdida del hogar familiar y sólo realiza trabajos esporádicos. “Mi vida me ha cambiado mucho, he conocido a mucha gente, me he relacionado y me siento útil. He brincado al otro lado. Hoy en día, mis hijos y yo tenemos trabajo, educación y estudios”, dice sonriente.

Cruz también reconoce el esfuerzo y los logros del resto de compañeras: “Hay gente muy capacitada. Antes no sabían leer ni escribir, luego hicieron costura, belleza, repostería...”. La emotiva lectura del texto que realizó durante su intervención el pasado miércoles en la Casa de América en Madrid fue la mejor prueba del éxito de su aprendizaje.