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Adicto al opio y seductor: Branwell, el hermano que provocó la maldición de las escritoras Brontë

Charlotte, Emily y Anne son grandes autoras de la literatura inglesa, pero en vida siempre vivieron bajo la sombra del único hijo varón de la familia.

Retrato de Anne Brontë (Thornton, 1820 - Scarborough, 1849), Emily Brontë (Thornton, 1818 - Haworth, 1848) y Charlotte Bronte (Thornton, 1816 - Haworth, 1855), pintado por Patrick Branwell Bronte (1817-1848). Su sombra aparece en el centro de la imagen.
Retrato de Anne Brontë (Thornton, 1820 - Scarborough, 1849), Emily Brontë (Thornton, 1818 - Haworth, 1848) y Charlotte Bronte (Thornton, 1816 - Haworth, 1855), pintado por Patrick Branwell Bronte (1817-1848). Su sombra aparece en el centro de la imagen.Getty

La escritora Charlotte Brontë, autora de Jane Eyre, era la mayor -dos hermanas que habían nacido antes murieron en la infancia- y esto hacía que fuese la responsable, la cabeza pensante de todos los juegos, la que el resto de hermanos miraba antes de empezar a hablar. Emily, por su parte, la autora de Cumbres borrascosas, era la tozudez, el talento bruto, la furia que no sabe cómo adaptarse a un mundo al que desprecia. Parecía no tener centro, reía más alto que las otras, gritaba más alto que las otras y se callaba más obstinadamente que las otras. Por último, Anne, la autora de La inquilina de Wildfell Hall, era la pequeña, la observadora, la delicada, la exquisita narradora que sabía moverse en silencio por las situaciones más comprometidas. Su padre, Patrick Brontë, conocía del talento y las ambiciones de sus hijas, y lo llenaban de orgullo, pero no había nada que se comparase a su único hijo varón, Branwell Brontë, el autor de… nada que se recuerde.

¿Quién era Branwell Brontë si no tiene historia? El niño mimado, el futuro gran prodigio del que poder presumir, el cuarto hijo de un pastor anglicano  que por fin veía nacer un varón. Llega a este mundo en 1817, solo un año después de Charlotte, e inmediatamente todas las grandes expectativas de grandeza de la familia recayeron en él. El padre lo tenía siempre cerca, incluso educándolo en casa mientras sus hermanas quedaban encerradas en un internado. Él sería el hombre, el heredero, el genio que pondría el nombre de los Brontë en el panteón del arte y la literatura inglesa. Sin embargo, quedó para la historia como el responsable de la caída de una de las sagas literarias más extraordinarias que hayan existido nunca.

La propia Charlotte lo dijo muy bien: «Naturalmente, mi pobre padre pensaba más en su único hijo que en sus hijas, y durante mucho tiempo ha sufrido por su culpa. Al morir, lloró su pérdida como David al perder a Absalón. ¡Mi hijo, mi hijo!, lloraba negándose a ser reconfortado», escribió en una carta a W. S. Williams. Porque Branwell fue siempre el bastión, la esperanza del padre de una familia siempre a la deriva desde que la madre muriese en 1821.

Charlotte encontraba «natural» que su padre se preocupase más por su hijo. No imaginaba que pudiese ser de otra manera, demostración de cómo la mujer de principios del XIX todavía no creía poder tener los mismos derechos que el hombre. Sí, la perfidia del patriarcado hizo que un chico sin talento preciso, lleno de frustraciones y amores locos, amante de la noche, el alcohol y el opio, tuviese en vida mayor visibilidad que cualquiera de sus hermanas.

Es curioso que aquel niño inteligente y divertido, aquel prodigio de talentos infinitos, como decían sus padres, que traducía en la primera adolescencia las Odas de Horacio o dibujaba a la perfección los retratos de sus hermanas, tomara el apellido de su madre como nombre. Él había nacido Patrick Brontë, pero todos lo conocían como Branwell Brontë, como si hasta él buscase refugio en el nombre de su madre sabedor que nunca podría llegar a cubrir las expectativas paternas. “Lloro con él y aun así me regocijo… uniendo mi voz con el coro de ángeles para bendecir el lamento del pecador”, escribirá en 1845 Anne en su poema El penitente, dedicado a su afligido hermano, que fallecerá dos años después, coincidiendo con la publicación de las obras maestras de las escritoras. El año que él muere, ellas comienzan a caminar hacia la inmortalidad. El destino es a veces macabro.

Su vida fue un caos, sí, pero sus hermanas siempre estuvieron allí para protegerlo y defenderlo del escarnio. Estaban unidos hasta el punto de que si él caía, todas estaban dispuestas a caer con él. Elizabeth Gaskell, en su libro Vida de Charlotte Brontë, lo ridiculiza en extremo y le culpa del aire grotescamente romántico de las Brontë. Pero algo de verdad hay en una estructura familiar desequilibrada por completo, en la que todo el peso cae sobre los hombros de su eslabón más débil. «Este generoso caballero en todas sus ideas, este loco en sus actos, murió por una mujer. Pero a los 22 años, que espécimen tan espléndido era, con un poder mental extraordinario corriendo salvaje. Que glorioso talento tenía todavía por desperdiciar. Murió sin honor, pero pudo haber hecho que el mundo de la literatura y el arte brillara con el nombre del que él estaba tan orgulloso», comentará Francis Grundy, uno de sus amigos más fieles.

Su decadencia empezará pronto, derivada de  no saber lidiar con el rechazo y la decepción. El niño que todo lo tuvo, el niño al que le prometieron que el mundo sería suyo, no encuentra más que indiferencia. A partir de los 18 años, le rechazan en las revistas donde quiere colaborar, desprecian sus primeros intentos como artista, sus poemas no pasan la criba de la respetabilidad, nadie toma en serio sus revelaciones. ¿Qué hacer entonces? Beber. Es un hombre culto, de un ingenio rápido y una generosidad nerviosa, así que hace las delicias de sus compañeros de la noche. Allí no es solo uno más, es Branwell Brontë, el nombre cuyo eco despierta alegría y admiración, y eso le encanta. Pero todo aquello solo es un espejismo.

Su padre nunca desistirá en reconducirlo a la vida recta. Le consigue un trabajo en la estación de ferrocarriles, pero a los pocos meses, cuando ha ascendido en sus labores y parece que ha reencontrado el camino, le acusan falsamente de robo y le echan, humillado y ofendido. No tiene suerte, desde luego. Parece que exista una conjura organizarla para minimizarlo y hundirlo.

La siguiente en salir a su rescate será su hermana Anne, que lo recomendará como profesor del niño de la casa donde ella trabaja como institutriz. Anne, al ser mujer, solo puede encargarse de la educación de las dos niñas pequeñas de la familia. Así que llama a su hermano para que sea el profesor del hijo mayor. La familia lo acepta y empieza a trabajar hasta que se enamora perdidamente de la madre de los niños. Comenzará aquí una historia de mentiras y seducción que acabará en escándalo. Branwell parece sin duda el personaje de una de las novelas de sus hermanas. Está claro que sin él, no existirían las Brontë.

La vergüenza de Anne es infinita, pero aun así lo apoya y defiende. Eso sí, creará el personaje más nocivo, seductor y terrible de El inquilino de Wildfell Hall a imagen y semejanza de su hermano. Pueden perdonarle sus faltas, pero eso no quiere decir que no las vean. Será precisamente la imposibilidad de volver a abrazar a su amante lo que acabará por desestabilizarle. El nombre de su amor prohibido, la señora Robinson, ahora parece un chiste de mal gusto, como si Branwell no fuera más que la otra cara del Benjamin Bradock, de El graduado.

Otra de las pinturas de Branwell Brontë, representado entre sus tres hermanas.
Otra de las pinturas de Branwell Brontë, representado entre sus tres hermanas.Getty

Su carácter se vuelve más irascible y miserable. Bebe, toma opio y láudano, no duerme, pero ni aun así logra calmar su ansiedad. Antes, la noche le salvaba de sus frustraciones, pero ahora no lo consigue y acabará por volverse loco. Intentará prender fuego a la propia cama de su dormitorio, obligando a su padre a no quitarle ojo, haciendo que duerma cada noche a su lado. La humillación es definitivamente absoluta.

Su vida disoluta no tardará en pasarle factura. Enferma de tuberculosis, un triste recuerdo en la casa, ya que sus dos hermanas mayores fallecieron en la niñez de esta terrible enfermedad. Emily será su apoyo en sus últimos días. Siempre fue la persona más cercana a su corazón, con la que tenía más afinidad. Charlotte era demasiado distante y fría, como si mirase al mundo desde arriba. Anne, por el contrario, es la pequeña e impresionable. Pero Emily es la estrella de sus juegos. Ella lo cuidará con amor hasta el final con tal dedicación que acabará por contagiarle la tuberculosis. Morirá muy poco después que su hermano. Lo mismo ocurrirá con Anne, la encargada de cuidar a Emily.

La infame caída de la casa Brontë no tiene fin. «Cuando miraba el noble rostro de mi querido hermano, que la naturaleza había favorecido más que a sus hermanas, me preguntaba qué es lo que pudo llevarle por el mal camino, qué hizo que descendiera a los infiernos cuando poseía tantos dones para elevarlo al Olimpo. Entonces, me embargaba una revelación opresiva sobre la debilidad del ser humano, sobre la inecuación incluso de los genios para llegar a la verdadera grandeza. Cuando la lucha finalizó, y la calma sustituyó a su última pavorosa agonía, sentí como nunca antes que había paz y perdón en el cielo para él», afirmará Charlotte tras su muerte.

En realidad, lo que quiere decir es que la paz y el perdón es lo que sienten la escritora y sus hermanas en la tierra. Ya no tienen a nadie a quien cuidar, a nadie que las obligue a luchar a su favor. La calma y el silencio en la casa de las Brontë se convierte en absoluta. Porque sin Branwell, es cierto, no existen las Brontë. La familia se ha apoyado tanto en este hijo pródigo que sin él es imposible detener la decadencia.

Branwell morirá el 24 de septiembre de 1848, sin ser consciente de que sus hermanas van a convertirse en lo que su padre quería para él. Emily morirá tres meses después, el 19 de diciembre. Anne cerrará la infame cadena y morirá el 28 de mayo de 1949, después de que su hermana Charlotte la acompañe una última vez a ver el mar. Charlotte, la mayor, morirá en 1855 como albacea y protectora del legado de la familia, también de tuberculosis. Les sobrevivirá Patrick Brontë, el padre, como si fuera un castigo por no haber apreciado en su justa medida a sus hijas. La historia le acabará de dar la estocada. Ahora solo se hablará de “las Brontë”.

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