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Teruel sigue ahí

El movimiento ciudadano que surgió hace 20 años lucha contra el aislamiento y por tener servicios básicos

Manifestación de 10.000 personas el 10 de febrero en Teruel para exigir

Los turolenses que viven fuera lidian a menudo con una pregunta ontológica. El guion es así: “¿De dónde eres?” “De Teruel”. Sonrisas. “Ah, ¿pero existe?”. La cosa suele seguir con el frío, el jamón, el Torico y los Amantes, que era la forma en la que existíamos para el resto antes de que naciera el lema que da nombre al movimiento ciudadano Teruel existe. Fue hace 20 años, y la frase es tan audaz que hasta IKEA la usa ahora para anunciar sus novedades. Los suecos sabrán si les ayuda a vender más muebles, pero la capital más pequeña de España y su provincia -la segunda menos poblada después de Soria- están en el mapa desde que se acuñó.

Teruel es una ciudad de 35.691 habitantes en la que lo normal es salir a la calle y que te suene la cara de la gente con la que te vas cruzando, que te encuentres con conocidos aunque lleves años sin vivir allí. A tus maestros, a esa chica que iba a tu clase y ahora lleva a su hija de la mano, a uno que te gustaba de adolescente. También se ve a gente nueva que decidió emigrar aquí, a una ciudad a un paso del campo, de zonas verdes, del río Turia. En los últimos años, más calles se han hecho peatonales y las plazas se han llenado de terrazas y de turistas, que se montan en un trenecito que recorre la ciudad. Hay un aeropuerto industrial y Dinópolis, un gran parque temático de dinosaurios. Ha cerrado uno de los dos cines de Teruel, que estaba en un teatro con palcos y butacas donde ahora, de vez en cuando, se programan otras actividades culturales. Han abierto varias franquicias, hay McDonald’s y mercadonas, y aún resiste un puñado de los comercios de siempre. Nunca tuvimos zaras ni mangos, y sí un Corte Inglés, pero de outlet. O sea, la vida en una ciudad pequeña y tranquila.

Ser de Teruel, y crecer allí, da una perspectiva particular cuando se oye a los políticos hablar de la crisis territorial de España. Porque sigue siendo la única capital sin conexión directa con Madrid por tren, y en autobús se tardan cuatro horas y media para hacer 300 kilómetros, 100 de ellos por carretera nacional, desviándose cada poco para entrar en pueblos en los que, a veces, no se subirá nadie. Cada vez hay menos frecuencias, y el servicio directo, subvencionado, se suprimió el año pasado. La presión ciudadana ha logrado que se mantengan los dos únicos vínculos de Teruel por ferrocarril, a Valencia y a Zaragoza. Pese a que Valencia está solo a 170 kilómetros, el tren más rápido tarda 2 horas y 27 minutos. Hacia Zaragoza hay dos tramos en los que se circula a 30 km/h.

Los turolenses llevan dos décadas en pie contra el aislamiento y el olvido institucional. La construcción de un nuevo hospital lleva aplazándose desde 2008, y solo ahora han empezado las obras. En febrero salieron 10.000 personas a la calle -un tercio de los habitantes, como si en Madrid se manifestara un millón de personas- días después de que el hospital cerrara el servicio de otorrino por falta de especialistas. La vitalidad del movimiento ciudadano, bien articulado y potente, da la medida de esta batalla por lo básico. Que sin infraestructuras no hay oportunidades ni jóvenes es un hecho tan conocido como implacable, pero en Teruel aún es necesario combatir por seguir existiendo.

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