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“Lo ves, ¿no?”

Conversador infatigable, exprimía tanto sus argumentos que no dejaba ni un espacio libre para la duda

Alfredo Pérez Rubalcaba, en una pista de la Complutense en junio de 2011. En vídeo, un resumen de la trayectoria del político socialista.

A las 13.37 de aquel jueves 7 de marzo de 2008, Alfredo Pérez Rubalcaba se desentendió de la mirada de su interlocutor, se encerró en un silencio profundo del que solo salió unos minutos después para decirse a sí mismo: “Lo sabía. Sabía que estos canallas lo iban a intentar. Me dicen que es un exconcejal. Por eso no llevaba escolta. Canallas”. Un día después, el entonces ministro del Interior estaba en la plaza de Mondragón, despidiendo al socialista Isaías Carrasco, en medio de un puñado de hombres y mujeres valientes que seguían resistiendo al pie del cañón los últimos zarpazos de ETA. Años después, ya con la paz reconquistada, la hija de uno de aquellos políticos, durante una conversación informal, recordaba que Pérez Rubalcaba nunca se olvidó de llamarles de vez en cuando, de acompañarles en la ausencia, y soltó de repente una frase que ahora sirve tristemente de epitafio:

—Alfredo es el hombre que siempre está.

Incluso ahora que ya no está, todos los que por un afán u otro, la política, el periodismo, la universidad, se cruzaron alguna vez con Rubalcaba recordarán que sus herramientas para convencer eran muy difíciles de esquivar. Más que mirar a su interlocutor, tenía la habilidad de enganchar las dos miradas y, a continuación, mientras buscaba soluciones arriesgadas a problemas complejos, repetía un latiguillo —“Lo ves, ¿no?”— del que resultaba casi imposible zafarse. Era muy difícil no ver aquello que Rubalcaba dibujaba con sus palabras. Exprimía tanto sus argumentos que no dejaba ni un espacio libre para la duda.

—Lo ves, ¿no?

En marzo de 2007, cuando ya se habían iniciado las últimas conversaciones de un Gobierno con ETA, el preso etarra José Ignacio de Juana Chaos se puso en huelga de hambre y tuvo que ser ingresado en el Hospital 12 de Octubre, de Madrid. La situación del terrorista amenazaba las negociaciones para el fin de ETA y Rubalcaba ideó una fórmula audaz para situaciones límite. Suavizó el régimen penitenciario del etarra, que fue clasificado en segundo grado, lo que atenuaba las condiciones de cumplimiento de su condena y le permitía cumplir la pena en un hospital del País Vasco y, luego, en su domicilio bajo vigilancia. De Juana dejó la huelga de hambre. El PP y las asociaciones de víctimas del terrorismo zarandearon a Rubalcaba con insultos mayores. El entonces ministro del Interior asumió la lluvia de piedras y defendió su posición: “He meditado mucho sobre las consecuencias de hacerlo y también sobre lo que hubiera podido pasar si no lo hubiera hecho”. Así trabajaba Rubalcaba, recorría las esquinas de un problema, buscaba los ángulos muertos para evitar accidentes, analizaba ventajas e inconvenientes de las soluciones que pensaba, y después ejecutaba.

—Lo ves, ¿no?

Cuando, en marzo de 2006, el Parlamento catalán aprobó un Estatuto que puso en marcha el desafío independentista, Rubalcaba encaró una misión imposible: desactivar la deriva independentista. Como experto en el uso de las palabras, limó el texto hasta dejarlo, en apariencia, listo para encajar en la Constitución. Como veterano en negociaciones imposibles, convenció a los nacionalistas para que aceptaran su texto corregido. Intentaba apagar los incendios sin que el agua arruinase los edificios.

—Lo ves, ¿no?

La crisis por la llegada de inmigrantes en cayucos se hizo inabordable durante el verano de 2008. Rubalcaba negoció entonces con Gobiernos africanos para conseguir la repatriación de los sin papeles en tiempo récord. Y cuando la Unión Europea aprobó la directiva de la vergüenza que ampliaba el plazo de retención de los sin papeles en centros de internamiento, se afanó en hacer pedagogía de una medida criticada desde sectores progresistas. Acudió a librar aquella batalla perdida con la determinación de un convencido. Tanta pasión puso en el empeño que su derrota pareció un empate.

—Lo ves, ¿no?

Caminaba por el futuro con un aplomo sorprendente. Sus quinielas parecían hechas después de jugado el partido. El historiador más riguroso hubiera firmado sus vaticinios sin dudarlo. Aunque a veces se equivocaba. Su obsesión por adivinar la pantalla siguiente de la vida le llevaba en ocasiones a imaginar peligros inexistentes.

Solo aquel jueves de 2008, a cuatro días de las elecciones generales, el asesinato cobarde de Isaías Carrasco dejó sin palabras, dolorido y desorientado a Pérez Rubalcaba, que se ha ido pronto, pero no tanto como para no dejar solucionado, también, aquel problema.

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