ELECCIONES 2008

Hombres y mujeres valientes

Un puñado de concejales y cargos socialistas amenazados por ETA acude al funeral de Isaías Carrasco en Mondragón. Su historia es también la del País Vasco

Su madre se llamaba Agustina y su hijo Adei, y ya sólo con esos dos nombres se sabe mucho de Isaías Carrasco. Se sabe de dónde venía y también adónde quería ir. Pero ahora va dentro de un ataúd, por medio de la plaza de Mondragón, a hombros de socialistas llegados de todo el País Vasco y de más lejos, algunos con el puño levantado, otros cantando la Internacional, muchos llorando. Porque Isaías, ya lo sabe todo el mundo, fue asesinado el viernes por un pistolero de ETA. Lo que tal vez no se sabe es que, entre la muchedumbre, está su amigo Pedro, y que fue él quien compartió la última ronda con Isaías. Fue al filo de la una de la tarde, en el bar Toki Eder, que en euskera significa lugar bonito.

El ex concejal fue llevado a hombros por socialistas de Euskadi y más lejos
Las últimas palabras de Isaías a su mujer: "Ahí te dejo al niño, me voy al trabajo"
Poco antes de recibir los cinco disparos tomó algo con su amigo Pedro
Acaba la homilía y los políticos de Madrid se van con grandes medidas de seguridad
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Cuando terminaron, Isaías cogió de la mano a su hijo Adei, de cuatro años, y se encaminó hacia su casa, en la calle Navas de Tolosa del barrio de San Andrés. Le dio un beso a Adei, pulsó el 2º C en el telefonillo y le dijo a su mujer:

-Ahí te mando al niño, que me voy al trabajo.

Fueron cinco disparos. De revólver. Del calibre nueve. Pero eso también se sabe.

Lo que tal vez no se sepa es que el funeral por un socialista asesinado es una convención de hombres y de mujeres valientes. Es curioso que el obispo Uriarte, plantado ante todos ellos, delante del ataúd de Isaías, diga: "Hay que tener libertad de espíritu, coraje para ejercerla en este momento político decisorio, sin que ninguna coacción que pretenda amedrentarnos o doblegarnos encuentre el eco más mínimo en nuestra voluntad". Sólo hace falta girarse un poco para ver a Ana Urchueguía, la alcaldesa de Lasarte, para quien ETA ya tenía fecha de muerte. O a Eduardo Madina, a quien le quitaron una pierna pero no fueron capaces de arrebatarle la alegría. O a José Morcillo, atacado decenas de veces en la Casa del Pueblo de Hernani. O a Izaskun Gómez, ex alcaldesa de Pasajes, a la que los amigos de Batasuna le quemaron la cafetería después de conseguir ahuyentar a toda su clientela. O a...

Pero el obispo sigue con su homilía, no muy larga, no demasiado cariñosa. Habla de "la esperanza de paz de este pueblo, construida entre todos y para todos, que no quiere ni puede resignarse a la presente situación y exige a ETA su definitiva desaparición".

La "presente situación" es un hombre metido en un ataúd.

Un hombre de 43 años, cuya madre se llamaba Agustina y cuyo padre, Isaías, se pasó 17 años niquelando cadenas en una empresa de Mondragón. Habían llegado de un pueblo de Zamora. Como casi todos los que viven en el barrio de San Andrés, con una mano delante y otra detrás. Extremeños, andaluces, gallegos. Su idea era ganar algunas perras y volverse al calor de su tierra, pero fue pasando el tiempo y tuvieron hijos, y pasó más tiempo y tuvieron nietos. Y Agustina -como muchas de las mujeres mayores de este y de tantos otros pueblos de aluvión- se encontró con que tenía un nieto que se llamaba Adei y que iba a una escuela en la que se habla un idioma que ella jamás conseguiría descifrar. Y, roto el sueño de volver, decidieron quedarse, y se integraron, y consiguieron hacer del humilde barrio de San Andrés -edificios idénticos de cinco plantas sin ascensor- un buen lugar para vivir. E Isaías padre consiguió ser el representante de Seguros Ocaso, e Isaías hijo cobraba los recibos por todos los portales del barrio, cinco pisos para arriba y cinco pisos para abajo. Y luego se integró en un equipo de fútbol, y hasta se metió en política.

-En política no -tercia su primer entrenador- en política no. A él le gustaba ayudar, y por eso se puso a organizar esto y lo otro, y luego vinieron las cosas rodadas.

Las cosas rodadas quiere decir que ser socialista y de UGT en Mondragón no es lo mismo que serlo en Cádiz. Que te miran, que te señalan. Que un día Isaías sale elegido concejal y le ponen escolta. Y entonces por el barrio de San Andrés se ve a un obrero saliendo y entrando del bar -del Toki Eder sin ir más lejos- con dos guardaespaldas detrás.

-Pero yo te digo a ti que en San Andrés nadie lo miraba mal.

Pero alguien -eso lo saben todos, por eso nadie quiere prestar su nombre- tuvo que ser. Alguien que dijera a la hora que entraba a trabajar en el peaje de la autopista, alguien que pasara la matrícula de su coche. Alguien. Siempre hay alguien. Y eso es lo que -a los vecinos reunidos esta tarde lluviosa en la plaza de Mondragón- les trae de cabeza. "Si yo te contara de esta mafia, pero no te puede contar". Donde no hay siempre hay alguien es en las ventanas. Cerradas. Sólo en algunas se adivina alguien detrás de los visillos. Y en otras, la bandera que pide el acercamiento de los presos. Esas son las únicas enseñas visibles en Mondragón. Los trapos blancos que piden el acercamiento de los presos de ETA y los carteles morados que exigen la abstención en las elecciones de hoy.

Cuando Uriarte termina de hablar, los políticos llegados de Madrid se van entre grandes medidas de seguridad. Varias parejas de francotiradores de la policía vasca vigila su marcha desde los balcones. Sólo se quedan los concejales socialistas vascos. Hablando entre sí. Reconfortándose los unos a los otros, como no queriéndose ir de allí, porque irse significa volver al miedo, a un miedo conocido, trillado, el de no poder bajar la basura, un miedo que ETA -más débil que nunca pero igual de asesina que siempre- quiere extender más y más.

-Yo me vine cuando los padres de él. Hará 40 ó 50 años. Mi marido estuvo alojado de pupilo en una de esas casas.

A la puerta del número 6, donde vivía Isaías, se llega ahora por una vereda de rosas rojas, decenas, cientos de rosas rojas, algunas pisoteadas. Las mujeres mayores como Agustina se paran y se santiguan, encienden una vela y luego se van, arrebujadas en sus abrigos, tristes, llorando, como aves enfermas que no pudieron emigrar.

Compañeros de Isaías Carrasco transportan su féretro tras su funeral en Mondragón.
Compañeros de Isaías Carrasco transportan su féretro tras su funeral en Mondragón.SANTOS CIRILO

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