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OPINIÓN i

Mejor Europa

Debemos recordar que la paz y prosperidad que ha conseguido nuestro continente es un triunfo de la política

Manifestantes a favor de la Unión Europea (UE), ante Westminster (Londres).
Manifestantes a favor de la Unión Europea (UE), ante Westminster (Londres). EFE

Ahora que triunfa la antipolítica, debemos recordar que la paz y prosperidad que ha conseguido nuestro continente, la más duradera en un milenio, es un triunfo de la política. Es el triunfo de unos políticos franceses, italianos y alemanes visionarios, que, tras la II Guerra Mundial, propusieron una solución nueva a las crisis periódicas causadas por los nacionalismos: la creación de una institución supranacional basada en el derecho, la UE.

Pues bien, Europa es más necesaria que nunca. El cambio climático, el aumento del poder de China mientras EE UU se retira hacia al aislacionismo, la migración, son retos imposibles de solucionar para un país europeo por sí solo. Desgraciadamente, en muchos países de la Unión gobiernan, o amenazan con gobernar, partidos nacionalistas, que defienden las mismas políticas identitarias que nos han llevado a la catástrofe a menudo en nuestra historia. En España gobiernan en Cataluña, presididos por un inconsciente que busca, como ha dicho recientemente, hacernos regresar a lo más oscuro de nuestra historia común.

Estas elecciones europeas serán el momento en que las sociedades deben decir, con claridad, no a esta deriva. No al nacionalismo identitario. No a los que buscan dividirnos. No a los que quieren regresar al pasado. Los europeos tenemos la oportunidad de regresar por el camino de la soberanía compartida, de las instituciones comunes y del Estado de derecho. Para ello, primero es necesario que quienes defendemos la UE reconozcamos los graves errores que Europa ha cometido y que han sido, en parte, la causa del ascenso de las fuerzas antieuropeas.

Hasta los noventa, el gran proyecto de Europa había sido construir un mercado único. Se trataba de sustituir las confrontaciones en el campo de batalla por las discusiones en la mesa de negociación. Este ha sido un proyecto exitoso que ha unificado el continente. Pero durante las últimas tres décadas, Europa se ha embarcado en dos proyectos más ambiciosos: la Unión Económica y Monetaria, lanzada a raíz del tratado de Maastricht en 1991 y culminada con la introducción de una moneda común, el euro; y el espacio de Schengen, un acuerdo firmado en 1995 por el que 26 países han abolido las fronteras entre ellos para que ciudadanos y mercancías viajen sin obstáculos burocráticos. Desgraciadamente, en ambas áreas de integración Europa ha avanzado sin hacer los cambios necesarios para que la integración funcione.

Al crear el euro y abandonar su propia moneda, los gobiernos ceden funciones clave de la política económica. En particular, el control de la política monetaria, de la política bancaria (un país sin moneda propia no puede garantizar en términos nominales los activos de los bancos ante un pánico bancario) y de la política fiscal, cuyos límites se establecen de forma conjunta. Compensar esa pérdida de autonomía requiere políticas comunes. Eso se ha hecho solo parcialmente: el BCE está a cargo de la política monetaria, pero no se creó ninguna institución capaz de hacer una política fiscal anticíclica común ni ninguna otra capaz de llevar a cabo rescates bancarios y garantizar los depósitos. Tuvo que venir una crisis sin precedentes para que los países dieran pasos adelante para resolver estos problemas. Incluso tras esa crisis, falta terminar la unión bancaria con un seguro de depósitos común y erigir instituciones que gestionen la política fiscal del euro.

Lo mismo sucede con Schengen. Los países han activado un sistema que permite la libre circulación por el interior de las fronteras europeas. Pero gestionar ese espacio requiere gestionar juntos las fronteras y las políticas migratorias y de asilo. Si no, un emigrante que vea rechazada su petición de asilo en un país puede, simplemente, partir hacia otro y aprovechar la falta de fronteras para volver a empezar. O quien huye de la justicia de un país puede refugiarse en otro, como sucede ahora con los políticos separatistas procesados.

El nuevo Parlamento Europeo deberá resolver estos dos problemas. Debemos construir un euro sólido, con capacidad para resolver crisis bancarias y fiscales, y una frontera exterior común, con una política migratoria común que acoja a los refugiados, regule la migración ilegal y resuelva la situación de los irregulares buscando su regreso a sus países de origen. Sin avances en esas dos áreas, la incompleta construcción europea dejará un espacio creciente para que populistas y nacionalistas terminen por acabar con ella. No nos podemos permitir el regreso al pasado. Es el momento de un contrataque decidido de quienes creemos en que compartir nuestra soberanía es la única forma de preservarla.

Luis Garicano es vicepresidente de la Alianza de Partidos Liberales y Demócratas Europeos.

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