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Mogarraz, el pueblo del millar y medio de ojos

Más de 700 retratos colgados en las fachadas de un pueblo de Salamanca recuerdan a los vecinos que decidieron no emigrar en la década de los años sesenta

Varios de los 751 retratos que cuelgan en las fachadas de Mogarraz, Salamanca. Ver fotogalería
Varios de los 751 retratos que cuelgan en las fachadas de Mogarraz, Salamanca.

Entre las montañas salmantinas de la sierra de Francia se levanta Mogarraz, un acogedor pueblo con un centenar de casas de madera y piedra donde las paredes miran. De sus fachadas cuelgan desde hace seis años, pintados en chapa, más de setecientos retratos de vecinos actuales y pasados. Un millar y medio de ojos en las paredes para mirar y ser mirados que ahora buscan la manera de perdurar como una atracción más de una villa declarada bien de interés cultural.

La idea fue del artista local Florencio Maíllo, que reprodujo a gran escala las fotos de carné que 388 mogarreños se hicieron en 1967 para el DNI de entonces. Después, los retratos se colgaron en las casas donde vivieron, o continúan viviendo, sus protagonistas. Ahora, el Ayuntamiento está trabajando para que la obra Retrata2/388 sea la clave para convertir Mogarraz en un museo al aire libre y los turistas sigan acudiendo para intercambiar miradas con “el pueblo de las caras”.

Francisco Maíllo Calama, de 84 años, tenía 33 cuando fue fotografiado. Nació sin audición y, a diferencia de los que emigraron, decidió quedarse en Mogarraz (donde viven actualmente 283 habitantes). Ahora, con la ayuda de un bastón de senderismo, se pasea por las calles empedradas y recuerda, con el lenguaje de signos, las vidas de cada vecino retratado. En uno de sus paseos, el octogenario apunta con su dedo índice el retrato de un hombre vestido de negro. A continuación, hace la señal de la cruz y hace un gesto de desaprobación. Era el párroco del pueblo, don Francisco. Según cuenta, era famoso por llamar a los niños para que le besasen la mano y, acto seguido, les daba una bofetada en la mejilla.

“Ese día fueron fotografiadas todas las clases sociales del pueblo. Ricos y pobres. Es un homenaje a la gente que decidió quedarse. En esa época, muchos decidieron salir del pueblo para buscar una vida mejor”, dice el pintor que, ante las insistentes peticiones, aumentó la colección hasta los 751 retratos.

El día de la foto, Francisco Becerro, de 81 años, estaba trabajando como peón caminero en la carretera de Salamanca. Becerro narra que esa mañana llegó apurado en moto a la bodega del pueblo donde los vecinos, delante de una sábana blanca, hacían fila ante el objetivo. “Tenía que volver al trabajo rápido. Me quité el casco y me hicieron la foto. Por eso salgo tan despeinado”, relata entre risas mientras señala su retrato. El fotógrafo, Alejandro Martín, era un aviador que años después se convirtió en el primer alcalde en democracia de la localidad.

“Con Retrata2, ha habido un antes y un después. Han venido interesándose por el pueblo hasta de EE UU”, explica Concha Hernández, alcaldesa del municipio. Miguel Sánchez inauguró hace seis años la única librería de Mogarraz y confiesa que mucha gente viaja exclusivamente para ver “las caras” y, de paso, recala en su establecimiento. “Una vez entró el editor de Le Monde Diplomatique y estuvimos hablando del pueblo”, relata.

En el transcurso de su paseo matutino, Maíllo Calama hace un alto en la iglesia y se queda mirando fijamente. Decenas de caras cubren la torre del campanario. Sus retratos corresponden con aquellos que no tenían casa o que, años después, decidieron venderla. Pese a que la exposición hace tiempo que debió haber terminado, los vecinos se niegan a descolgar los cuadros.

Antes de que el recorrido de Maíllo Calama llegue a su fin, se desvía por una estrecha calle, empinada y recubierta de musgo. Mira hacia una pequeña fachada y comienza a reírse. Apunta a uno de los tres retratos colgados y luego se golpea el pecho. Es él, 51 años más joven, junto a sus padres. A las puertas de su casa recuerda nostálgicamente su pasado, como lo bien que cazaba conejos su padre. Parte de la historia de Mogarraz no está escrita, parece silenciosa, como Maíllo Calama, pero sigue viva en los mogarreños y en el millar y medio de los ojos que recubren sus casas.

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