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Los 100 días de Puigdemont en Bruselas

El expresident alarga su estancia para librarse de la justicia, pero se arriesga a convertirse en una figura decorativa

Puigdemont celebra un gol del Girona en un pub de Bruselas junto al empresario Josep María Matamala.
Puigdemont celebra un gol del Girona en un pub de Bruselas junto al empresario Josep María Matamala.

Juicio, campaña y ópera. Los 100 días de Carles Puigdemont fuera de Cataluña pueden resumirse en esos tres conceptos. Reclamado por la justicia española, eligió ser prófugo de la ley. Embarcado en un intento fallido de internacionalizar el procés, se implicó a distancia en la campaña de las elecciones que él mismo rechazó convocar. Y a diferencia de sus compañeros de Govern encarcelados, lleva una vida relativamente cómoda en Bélgica, salpicada de momentos para el ocio entre jornadas de alto voltaje político. Durante estas 14 semanas ha asumido múltiples roles. Cabeza de manifestación en Bruselas. Conferenciante en Copenhague. Invitado a la ópera de Gante. Hincha de fútbol en un bar del barrio europeo. Comensal preferente de la clase política nacionalista flamenca. Y siempre vecino escurridizo en su vida privada.

El deseo de sus socios de Esquerra Republicana de desbloquear la gobernabilidad y finiquitar el artículo 155 amenaza sin embargo con convertirle en una figura decorativa, pese a que hasta ahora siempre ha maniobrado para tener una vida extra. Lo único invariable en todo este tiempo es la narrativa. Mientras la justicia española aguarda su regreso para llevarle ante los tribunales, el expresidente recita con insistencia un discurso esculpido en la redundancia. El libreto del que Puigdemont vino a hablar a Bélgica tiene hoy una trama simple, dividida en cuatro capítulos con los que ha buscado el desprestigio de la democracia española. Uno: la justicia no es independiente. Dos: el Estado no respeta el resultado electoral. Tres: el franquismo sigue vivo. Y coda final: soy el único y legítimo president.

El fallido intento de internacionalizar el procés. Tras su llegada, Puigdemont tardó solo dos días en convocar una caótica rueda de prensa en Bruselas. Pero pasaron varias semanas hasta que aceptó preguntas de periodistas no catalanes. Entretanto, no ha conseguido ningún apoyo entre los países de la UE y ha sido ignorado por los representantes comunitarios. Solo el potente altavoz mediático ha dado sentido a la elección de Bruselas, pero una vez superado el interés inicial por su huida, su capacidad de globalizar la causa independentista ha perdido garra. El viaje a Copenhague, su única salida conocida al exterior, debía servir para recuperar la iniciativa. No contaba con que una profesora de universidad, Marlene Wind, le pondría en aprietos con una ristra de preguntas incisivas. En paralelo, Puigdemont ha eludido los intermediarios para lanzar sus propios mensajes y vídeos en redes sociales. Desde que abandonó Cataluña ha publicado casi 200 tuits propios con el objeto de mantener la movilización en torno a su persona.

La campaña. Convocadas las elecciones autonómicas, Puigdemont emprendió una campaña atípica desde Bélgica multiplicándose por toda la geografía catalana gracias a la videoconferencia. En el camino hacia las urnas tuvo lugar la manifestación del 7 de diciembre en Bruselas, en la que importantes miembros de partidos xenófobos de Flandes hicieron acto de presencia. La marcha, inicialmente concebida como una demostración de fuerza del independentismo, derivó en una reivindicación de su presidencia que abrió grietas con sus socios de ERC en plena lucha por el voto.

El juicio. Paul Bekaert en Bruselas. Jaume Alonso-Cuevillas en Madrid. El dúo de letrados comandó su equipo legal, pero el caso no prosperó en Bélgica. El juez del Supremo Pablo Llarena prefirió retirar la euroorden para que si regresa pueda ser juzgado por todos los delitos cometidos en España. Ante la tesitura de verse encerrado en Bélgica, uno de los países más pequeños de la UE, su visita a Dinamarca le sirvió para comprobar que su libertad de movimientos puede ser, con cautelas, mayor a la esperada: la justicia española rechazó dictar la euroorden contra Puigdemont, y el político catalán insiste en que no volverá a mientras no se le garantice que no será detenido.

Fútbol, ópera y cerveza. Puigdemont se ha dejado ver en diversos eventos sociales. Acudió a la ópera con su abogado, Paul Bekaert para ver El duque de Alba, una obra sobre la ocupación española de Flandes en el siglo XVI. Ha aparecido en varias cervecerías. Presenció un partido del Girona en un pub de Bruselas. Y cenó, junto a los exconsejeros, en casa de un diputado flamenco. La comodidad de su vida en Bélgica, cuyos gastos no ha aclarado quién cubre, contrasta con la situación de otros miembros del Govern actualmente en prisión.

¿Dónde vive? Durante su autodenominado exilio, Bruselas se ha convertido en una suerte de versión nacionalista de Lourdes. Casi todo aquel con algo de poder entre sus filas ha peregrinado al encuentro del expresident en viajes relámpago de ida y vuelta. En su día a día ha estado arropado por un grupo de fieles formado, entre otros, por su responsable de comunicación, Joan Maria Piqué; el policía que le ayudó a salir de España, Lluís Escola Miquel, y por su inseparable amigo Josep María Matamala, empresario del que se sospecha que ayuda económicamente al expresident. A su nombre está el alquiler de la nueva casa de Waterloo, el último refugio conocido al que ha querido trasladarse Puigdemont, situado en un barrio acomodado. ¿Dónde vive ahora? Hay dos pistas: una casa de fin de semana en Sint-Pauwels y una suite del hotel Husa President de Bruselas, propiedad del expresidente del F.C. Barcelona, Joan Gaspart.

El futuro. Gobernar desde Barcelona y hacerlo desde Bruselas marca la frontera entre estar cerca del ciudadano y convertirse en una figura decorativa. El camino hacia el Gobierno bicéfalo está sobre la mesa en medio de la abundancia terminológica para describir el nuevo encaje institucional: ejecutivo en Barcelona, legítimo en Bruselas; efectivo y simbólico, legal y honorífico. Su traducción, en todos los casos, es la misma. Puigdemont puede ser relegado a la condición de lejano rumor sin poder real. 100 días después de aterrizar en Bruselas, el ostracismo es su mayor temor.

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