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OPINIÓN

Los límites del malhumor

Cataluña no se merece esta solemnidad de campanario que ahora marca el desencuentro que vive

 Carles Puigdemont y Oriol Junqueras en el Parlament de Cataluña.
Carles Puigdemont y Oriol Junqueras en el Parlament de Cataluña. EL PAÍS

Ya basta. Que entre el humor, que se acabe esta solemnidad de iglesia vieja que domina la conversación, el cuchicheo de esquina de pueblo que distingue el entrecejo catalán y, por extensión, la frente entera de la Península. Ya basta. El malhumor ha de tener un límite.

Cataluña no se merece esta solemnidad de campanario que ahora marca el desencuentro que se vive en el propio territorio del procés y que exuda la sensación de que no se puede hablar sino de lo que manda la santa madre iglesia del independentismo.

Ciudadanos otrora críticos con todo lo que se movía, se sienten obligados ahora a la genuflexión ante cualquier ocurrencia que venga de las brumas de Bruselas o de las cartas egocéntricas del líder de Esquerra, al que deseo libertad, por supuesto, cómo no. Y también le imploro descenso a la tierra de los mortales, control de sus autorreferencias, que es una manera de atenuar los daños que los egos causan también en la expresión pública de quien le disputa el cetro. Que se dejen de vender como salvadores de la patria.

Se ha llenado la nomenclatura de imprescindibles que se sienten obligados a gobernar. A gobernar o a romper la baraja si gobierna el otro, aunque el otro utilice el mismo alcanfor, el mismo tinte, igual intensidad de ego. Como los dictadores de manual, los dos contendientes por el poder catalán sienten ahora que sólo uno de ellos está capacitado para pilotar el futuro. Artur Mas, el conductor desposeído por la CUP, posó como un mesías, y los que le disputan el trono, tras haberlo desempeñado con las consecuencias que ya son históricas, quieren el mismo trato de su pueblo: son dos ahora en el portal de Belén.

La disputa es sobre quién es más mesías, si él o yo. Pero hubo un solo mesías, el resto es herejía. Y ese yo vive en Bruselas, y desde allí tuitea órdenes, como Trump, y que el mesías me perdone. Como Trump y como los antiguos dictadores, que decían que a los suyos no se los podía dejar solos. Las peregrinaciones a Lourdes han cambiado de sitio, y este país (España, donde vive Cataluña) ha vuelto a creer en santos imprescindibles cuya palabra basta para sanar los males habidos y por haber. Y, sobre todo, para curar el mal español.

Que los imprescindibles dejen de sentirse tales, que permitan que otros se muestren capaces de ocupar sus sitios, o al menos de disputárselos. Pero, sobre todo, que entre el humor en escena. Cataluña es país de grandes humoristas, de actores sublimes, de periodistas del humor y de la carcajada, de escritores que hicieron (y hacen) del humor y de la risa propia espejo de una sociedad que dio de sí, por ejemplo, Por favor. Y, sin embargo, está permitiendo que entren, en el espejo en el que se mira, la circunspección solemne, el espíritu religioso, en el que caben la culpa (del otro), la condena (al otro) y el castigo (que se merece el otro). El malhumor.

Que venga la risa y que el mesías recién renacido nos libre de una vez por todas tanto del malhumor como de los imprescindibles.