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El día que Emilia creyó que empezaría otra guerra civil

La mujer, de 94 años, tuvo que ser ingresada en el hospital un día después del referéndum catalán

DUI declaracion unilateral de independencia de cataluña
Policías y manifestantes durante la jornada del referéndum catalán.

Emilia comenzó a sentir un fuerte dolor en el pecho el 2 de octubre. Tan intenso que apenas podía respirar. Sus hijos pensaron que podía estar sufriendo un infarto y que su corazón, que no había fallado ni una sola vez en 94 años, no resistía más. En el camino hacia el hospital, Emilia no hablaba, pero la palidez de su rostro y un leve arqueo en su boca eran palabras suficientes para expresar su malestar.

“Está ocurriendo lo mismo que en 1936”, aseguró la mujer al ver las imágenes del 1 de octubre

Pongamos que se llama Emilia —prefiere no desvelar su identidad—, aunque también podría llamarse Pilar, Gregorio o León. Hacía días que repetía que “el lío de Cataluña”, lo que los políticos y la prensa llaman “el desafío independentista catalán”, iba a derivar en una guerra civil. “Está ocurriendo lo mismo que en 1936”, insistía angustiada, pese a que sus hijos y sus nietos intentaran explicarle las diferencias. Pero el 1 de octubre, al ver por televisión las imágenes de la jornada del referéndum independentista catalán, sintió un miedo similar al que recordaba haber experimentado con 13 años, cuando estalló la Guerra Civil española y bombardearon su pueblo. La localidad, en el extremeño valle de la Serena, quedaría fracturada en dos bandos que todavía hoy, aunque reconciliados, no olvidan las filiaciones de cada facción.

Un día después comenzó a sentir el dolor que la llevaría a urgencias. “Su corazón y su cerebro están perfectos”, aseguraron los médicos del hospital madrileño Infanta Leonor después de haberle realizado varios análisis y un escáner cerebral. Pero Emilia, que seguía sintiendo un gran dolor en el pecho —“probablemente muscular”, por la tensión acumulada—, no hablaba. Y que Emilia no pronunciara palabra era un estado insólito en ella, que solo calla cuando duerme y cuando escribe poesía. Para descartar daños que no hubieran sido detectados en las pruebas, los médicos decidieron dejarla en observación.

Al día siguiente Emilia recuperó el habla y regresó poco después a casa sin que llegaran a diagnosticar su dolor ni hallar enfermedad alguna en una mujer que añade al café cuatro cucharadas de azúcar para que esté “más rico”, y el único problema de salud que padece es la artrosis que ataca a sus huesos nonagenarios. Quizá fuera una casualidad, pero lo cierto es que Emilia, adicta a la información política y siempre dispuesta a debatir sobre la actualidad —con quien le lleve la contraria preferiblemente—, lleva mustia desde la jornada del referéndum.

Casi una semana después del ingreso, no le abandona el miedo a una división en España que conduzca a la violencia.  “Yo he vivido una guerra”, repite, un conflicto que en su familia, hoy repartida entre Madrid y Barcelona, dejó secuelas durante dos generaciones. Ella, que se casó con un rojo pese a la oposición de su padre, sí que sabe convivir en la diferencia.

Cuando hay tormenta Emilia se asusta. Los truenos aún le recuerdan al sonido de las bombas que cayeron sobre la casa de su infancia. Aquella niña sobrevivió por estar en la habitación que no se derrumbó, esta abuela no lo olvida.

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