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REFERÉNDUM 1 DE OCTUBRE

Un referéndum en Cataluña sí, pero así no

En la polarización del debate hay una postura intermedia: quienes se bajan del tren en marcha porque quieren una consulta, pero no esta consulta

Una mujer pasa ante un cartel del publicidad del referéndum del 1 de octubre en una calle de Barcelona.

Es revelador que mucha gente en Cataluña no quiera hablar, por cansancio o por el temor a que le machaquen de un lado u otro, o ambos. Parece en realidad un mundo pequeño donde todos se conocen. Se sabe perfectamente de cualquier persona pública catalana, sea político, escritor, deportista o presentador de la tele, cuál es su postura. Y todos saben que al hablar se les coloca en un bando u otro. Ante el llamado choque de trenes, se tiende a la polarización y se censura la equidistancia. La batalla ya es entre votar o no votar, la sola defensa del derecho a decidir se ve desfasada. Pero hay quien se baja del tren. La intervención del portavoz de Catalunya Sí que es Pot, Joan Coscubiela, en el Parlament la semana pasada dio voz a una postura intermedia: la de aquellos que defienden un referéndum, pero no este, por cómo se ha gestado. Así no, en resumen. Una de las estadísticas más citadas es que el 80% de los catalanes quiere una consulta. La clave es si todos están de acuerdo con la de este 1 de octubre. No es fácil saberlo. Para este reportaje muchos de los consultados han preferido no ser citados.

"Malditos sean los que en su día impidieron una solución"

Los ánimos están tan caldeados, y esto viene de tan lejos, que hay quien, pese a todo, por decepción de todo, ya se fía del instinto. También personas que han sido uña y carne con las instituciones, como la exconsejera del PSC Montserrat Tura, sobrina de uno de los padres de la Constitución, Jordi Solé Tura. Pasó siete años en la Generalitat, en Interior y Justicia, con Maragall y Montilla, de 2003 a 2010. Ahora habla con mucha amargura: "El espectáculo del Parlament fue bochornoso, ninguna ley está por encima de la Constitución, eso es inaceptable. Las cosas se están haciendo muy mal. Se vulnera la ley, desde luego. Pero los que nos rompimos los cuernos por el Estatut de 2006 y vimos cómo se dinamitaba nuestro trabajo ahora vemos cómo los pirómanos de entonces aparecen por aquí y quieren que la Fiscalía, la policía, actúen de bomberos en un incendio que causaron ellos. Hablo del PP, recuerdo su recogida de firmas contra el Estatut, se llegó a decir que si legalizaba la poligamia, que lo había redactado la mano larga de ETA... Pero las responsabilidades están muy repartidas, nadie está libre de culpa, mucha gente no estuvo a la altura. CiU tampoco quería que el tripartito tuviera éxito. Nos acusaron de romper la cohesión y la convivencia en el Estado, cuando los socialistas nos sentíamos precisamente valedores de esa cohesión. El 1 de octubre yo iré a votar, donde sea, para que el Estado vea que este deseo de libertad es real, para no claudicar. A mí estos tipos, los independentistas, no me engañan, a veces son muy ignorantes, y no soy nacionalista, y nadie me ha sorbido el seso, pero quiero decir al Estado que no nos puede maltratar. Se han perdido tantas oportunidades... Malditos sean los que impidieron en su día una solución cuando estábamos a punto de arreglar esto para 25 años".

Josep Cuní, uno de los periodistas y rostros televisivos más populares de Cataluña, admite que hasta ahora ha mantenido las distancias, pero está muy molesto: "Soy muy crítico con las formas. Pero no tanto por lo ilegal, sino por la estética. Los independentistas nos han dibujado un trampantojo, y los otros, una larga agonía. Quizá suene muy de clase, selectivo, pero creo que el respeto y la delicadeza en las formas son la esencia del catalanismo: el trabajo bien hecho no tiene fronteras, y el trabajo mal hecho no tiene futuro. Como decía Pla: oiga, usted en la vida haga lo que quiera, pero sobre todo no haga el ridículo. El ridículo marca mucho en Cataluña, es una frase de las abuelas: tú, sobre todo, no te hagas notar". No sabe qué hará el 1 de octubre. "Mi posición es muy incómoda porque cuando la situación es de trincheras acabas en el fuego cruzado y luego las dos partes se acusan de haberte matado, aunque conviene recordar que para entonces ya estás muerto. Estamos en la Cataluña de la rauxa, la locura, de la pérdida del sentido común. Y cada vez que lo hemos hecho nos hemos estrellado".

El escritor Sergi Pàmies también se confiesa "muy pesimista". "Es un problema sin solución, que a veces se olvida que también los hay. Se está dejando en el ámbito jurídico un problema que supera esa dimensión. Me recuerda la época de la objeción de conciencia con la mili: la ley obligaba a los objetores a desobedecer hasta que se cambió la ley. La ley no basta. La Constitución no puede quedar en esos límites y la nueva ley catalana no puede imponerse con las mismas armas. En este cruce de inmovilismos se va hacia una solución injusta. En nombre de la injusticia se está siendo injusto. Es un problema entre demócratas, pero casi diría que estamos en manos, no de demócratas, sino de radicalismos que se amparan en la democracia para no moverse. Por un lado un falangismo vintage, con la Guardia Civil registrando semanarios, y por otro, un radicalismo revolucionario asambleario, absolutamente impresentable. En medio quedamos una gran mayoría de demócratas, independentistas y no independentistas, desamparados por la dialéctica de los extremos".

El jurista y notario Juan-José López Burniol lleva años empeñado en salir de ese atolladero. Acaba de publicar Escucha, Cataluña. Escucha, España, junto a Josep Borrell, Josep Piqué y Francesc de Carreras. Subtítulo: "Cuatro voces a favor del entendimiento y contra la sucesión". Ya en un libro de 2007, España desde una esquina: federalismo o autodeterminación, advertía que antes o después los catalanes debían ser consultados. "Es absolutamente inevitable", reitera. "Entonces hice una propuesta de tres puntos: reconocimiento de derechos históricos; competencias identitarias (lengua, enseñanza, cultura) exclusivas; y el dinero, lo más fácil, con un tope al fondo de solidaridad y una agencia tributaria compartida. A estas alturas del siglo XXI una relación de convivencia debe asentarse sobre una base de libertad, y la propuesta debe salir del Gobierno central. Como en el patio del colegio, si se pegan un niño grande y otro pequeño, el primero tiene mayor responsabilidad. Que en cinco años su única respuesta haya sido que la Constitución no lo permite es muy pobre. Con la misma claridad digo que lo del Parlament es un golpe de Estado, y sobre esa base no se puede construir nada firme ni sólido”. Cree que hasta el 1-O la situación está bloqueada y “solo queda cruzar los dedos para que no pase nada irreparable”. Luego, opina, elecciones, y un Gobierno que se entienda con el central. “Todo esto es posible sin cambiar la Constitución, porque además no hay tiempo, no podemos esperar dos años, el problema no lo tolera”.

La causa catalana también ha tenido apoyos desde fuera, con manifiestos de personalidades extranjeras que defendían el derecho a decidir. Uno de sus primeros firmantes, en 2014, fue el historiador británico Paul Preston: “Sigo pensando que cualquier pueblo tiene derecho a decidir su futuro, pero no es lo mismo que decir que me parece bien lo que está pasando, la situación actual. Se han cometido errores de los dos lados. Hay muchos modos de llegar a una solución, es cuestión de negociar, pero eso requiere flexibilidad y tolerancia por ambas partes, sobre todo en Madrid”.

Las posiciones, en todo caso, no son inmóviles. Los acontecimientos, que se suceden vertiginosamente, las van moldeando. Es la opinión de Joan Herrera, exlíder de Iniciativa per Catalunya Verds: "Sí, yo creo que esto solo se solventa con un referéndum, pero este no es el que necesita Cataluña. Ahora bien, el escenario anímico va girando: la semana pasada en el Parlamento se impuso la lógica de que el fin justifica los medios y notabas que la gente era muy crítica; pero la siguiente ha habido un reacción del Estado de sobreactuación, la política no responde y solo hay soluciones judiciales, y el estado anímico gira".

La unanimidad solo es total en una cosa: la situación es muy grave, y nadie se atreve a aventurar cómo va a terminar.

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