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Y de repente, Europa

Rajoy, con intenciones electoralistas, ha reaccionado ante el 'Brexit' con un llamamiento a la estabilidad

Mariano Rajoy, este viernes, en La Moncloa.

Ha estallado una crisis europea de dimensiones incalculables, que sume al continente y a sus economías en la incertidumbre, mientras los candidatos españoles se debatían en cómo salir de nuestra propia incertidumbre interna.

Desde la llegada de la democracia, el "proyecto país" de España ha ido en paralelo a la construcción de Europa. La fortaleza de una y otra iban aparejadas. Y, sin embargo, el discurso europeo ha desaparecido del debate político. No de los programas de los partidos, evidentemente. Todos ellos incluyen propuestas concretas, para renegociar las condiciones de la lucha contra el déficit o para abordar de un modo más justo la crisis de los refugiados, pero apenas han formado parte de la discusión durante esta campaña, centrada más bien en los reproches mutuos, los vetos, los futuros pactos y los cálculos electorales.

Mariano Rajoy, con intenciones claramente electoralistas, ha reaccionado ante el Brexit con un llamamiento a la necesaria estabilidad política y económica en estos momentos de zozobra. Reafirma así, probablemente, la decisión de aquellos electores que han decidido darle un nuevo voto de confianza. Es poco probable, sin embargo, que con ese mensaje atraiga a los votantes que ya decidieron abandonarle por la alternativa de Ciudadanos o quedarse en sus casas el 26-J. El discurso europeo de Rajoy tiene las mismas carencias que su discurso económico. Amortizada la recuperación económica, aún débil, el PP ha sido incapaz de proponer un nuevo proyecto para España, y solo reclama que se premien sus esfuerzos de de los últimos años para enderezar la economía. Ni proyecto para España, ni proyecto europeo. El Gobierno se ha convertido en un actor irrelevante en Bruselas durante los últimos años, justo cuando debían abordarse asuntos tan importantes para el futuro de la UE.

Pero si la tormenta desatada en Europa no beneficiará especialmente al PP, tampoco es una buena noticia para una formación como Unidos Podemos, que ha construido un discurso europeísta en las formas pero antieuropeísta en el fondo. En tiempos de desolación no conviene hacer mudanzas. Al menos, mudanzas drásticas. El mensaje de de Pablo Iglesias, cuestionando la naturaleza democrática de las instituciones comunitarias, sirve para agitar al electorado, pero resulta contraproducente cuando la vajilla ha estallado y lo prioritario es recuperar el mayor número de piezas posibles.

Con todos estos condicionantes, quizá lo más atractivo sea lo más racional: aquellas ofertas que huyan del inmovilismo o de la ruptura. Las que sean capaces de poner en valor todo lo alcanzado hasta ahora, sin cuestionarlo de raíz, y a la vez proponer las reformas necesarias para que el proyecto europeo, que es el español, siga avanzando.

Tarde, y a la fuerza, el debate de Europa ha llegado a la campaña electoral. La campanada del Brexit puede tener un efecto positivo: recordar a los candidatos que no somos una isla en el mundo, y que ni sus promesas ni sus intenciones son realistas si no son capaces de integrarlas en la realidad que nos rodea y de la que formamos parte.

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