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Esperanza Aguirre en tiempo de paz

La candidata madrileña logra el truco final: ser nombrada por sus enemigos

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Esperanza Aguirre.

El viernes 6 de marzo al mediodía, en su casa de Malasaña, el mismo lugar al que llegó huyendo de una patrulla de agentes, Esperanza Aguirre (Madrid, 1952) supo que el PP quería que fuese la alcaldesa de Madrid. No solo eso, sino como candidata del partido. En la pantalla había saltado un nombre: “Cospedal”. Aguirre soltó los cubiertos, apartó el plato y escuchó como se le pedía, de paso, que dejase la dirección del PP de Madrid. Aguirre y ella discutieron hasta terminar colgándose el teléfono. La condesa consorte de Bornos y grande de España siguió a lo suyo, devorando el plato y tratando de convencer a Eva Tormo, a la que tenía en la mesa, de que fuese la candidata del PP a la Alcaldía de San Sebastián de los Reyes. Al terminar la reunión se fue a recoger a sus nietos al colegio.

Durante las últimas semanas Mariano Rajoy evocó aquella estampa que relató Carlos E. Cué en EL PAÍS tras la victoria de 2011: un hombre solo de madrugada volcado sobre cientos de números, iluminado por una lucecilla y junto a una calculadora; la última ventana encendida de Génova después de la mayoría absoluta. En aquella ocasión Rajoy armaba el mecano de su victoria escudriñando mesas perdidas de municipios insólitos; en esta, con varios sondeos internos, trataba de que los números no le obligasen a lo último que deseaba hacer: nombrar a Aguirre candidata. Pero las encuestas eran tozudas: el PP estaba perdido sin ella. Claudicó, y aún en su retirada quiso regalarse un premio de consolación. Para ello envió a Cospedal con el mensaje, pero Cospedal casi vuelve, como un personaje de Astérix, con un pescado en la boca.

Por la tarde, a las 19 horas, volvió a sonar el teléfono de Aguirre. La pantalla se iluminó: “Rajoy”. El presidente le comunicó que quería que fuese la candidata a la Alcaldía, pero debería dejar el control del partido “si ganaba”. Aguirre dijo que sí. Dos días después Abc y El Mundo publicaron que el PP quería que Aguirre dejase de inmediato la dirección de Madrid. A media mañana Aguirre llamó a la radio de los obispos e hizo unas declaraciones que su equipo fue replicando en Twitter. “Si ponen una gestora yo no soy candidata (…) No soy un monigote (…) ¿Pero esto qué es?”. El presidente del Gobierno estaba durmiendo en Guatemala; apenas reaccionó al enterarse. La última vez que abrió la boca fue cuando se enteró de que Aguirre había dejado el coche en la Gran Vía para sacar dinero del cajero. “Nada de lo que haga Esperanza le puede sorprender ya”, zanja un miembro de su equipo.

“La guerra es la paz”, dijo Orwell. Esperanza Aguirre ha hecho del conflicto su combustible político. Representa el sentido de una época que le consigue a cualquiera 15 minutos diarios de fama, incluso sin necesitarla. Sobre esa diferencia con Rajoy se suceden las demás, como esta que esgrime un colaborador: “Jamás aplaza un problema”. Aguirre siempre ha agradecido a Caiga quien Caiga que la haya hecho famosa aunque fuese como caricatura. No le importa tanto la clase de efecto que produce en la gente como que se produzca ese efecto: al terminar el sábado su entrevista en Un tiempo nuevo se congratuló de haber sido trending topic en solo 20 minutos. Poco le importó por qué.

En la dirección del PP sospechan que Aguirre está desatada. Ha sobrevivido a un accidente de helicóptero, a un cáncer de mama y salió de un hotel de Bombay descalza pisando charcos de sangre tras varios atentados que dejaron 90 muertos; al llegar a Madrid suspiró en calcetines: “Voy a poner una alfombra antideslizante en la bañera”. Ha sobrevivido a que su antigua mano derecha, Francisco Granados, esté en la cárcel por liderar una trama corrupta; a uno de sus viceconsejeros, Alberto López Viejo, le piden 22 años de prisión por la Gürtel. Son dos de los varios imputados en los que ha puesto su confianza en una Comunidad que gobernó diez años y que es pasto de escándalos de espionaje, de organizaciones mafiosas y chantajes no han impedido que se presente con la única mancha judicial de una trifulca de tráfico. La mejor descripción de Aguirre la hizo en Público Manel Fontdevila dibujándola de blanco impoluto sobre un lecho de barro y rodeada de consejeros calados hasta los pies; a la pregunta de cómo lo hace, ella responde: “¿Lo qué?”.

Y sin embargo, después de todo eso, incluido el rechazo que provoca en Génova su nombre (varios cargos la llaman la gata Flora porque “si se la metes chilla y si se la sacas llora”) ha sido nombrada candidata por la misma dirección del partido que no la quiere. Elegida por sus enemigos, que se encomiendan a su casticismo, su popularidad en la derecha, el liberalismo caribeño que le ha permitido meter mano en espacios públicos como Telemadrid y Bankia y esa especie de baraka que le llevó a ganar, en el colmo de la supervivencia y de la sospecha, unas elecciones que había perdido.

Ese liberalismo tan sui géneris la depositó el sábado en la manifestación contra el aborto porque “no hay nada más liberal que la vida”. La fotografía bajo el lema Yo rompo con Rajoy la achaca a unas personas que se presentaron solo para seguirla. En su entorno creen que fue una maniobra de Vox. Sobre las diferencias con Rajoy dice que ella nunca se ha movido de su sitio, ni con los impuestos ni con el aborto. A quien admira es a Margaret Thatcher y su sueño es emularla en España. Tiene un humor extraordinario (en eso coinciden sus adversarios, con los que siempre se ha llevado bien salvo con uno, Tomás Gómez). Se trata de un caso paradigmático: en privado se corta más que en público. Con Aznar mantiene una relación fría por la salida de Botella del Ayuntamiento, aunque defiende, ante el pasmo de quienes la escuchan, que no hizo ningún movimiento hasta que la esposa de Aznar anunció que no seguía. Pedirá al expresidente del Gobierno que la acompañe en algún mitin.

El primer roce con Cifuentes fue porque la candidata a la Comunidad se enteró por la tele de que Aguirre había roto un pacto previo. El miércoles coincidieron en la misa por las víctimas del 11-M. Al llegar el momento de darse la mano un testigo escuchó a Aguirre pedir a Cifuentes “el besito de la paz”. Al salir, en el Bosque de los Ausentes, Aguirre volvió a dirigirse a Cifuentes: “Otro besito que hay periodistas y van a pensar que estamos enfadadas”. Cifuentes se resistió diciendo que ya se lo habían dado dentro de la iglesia. Pero Aguirre insistió: “Este de verdad, el de la reconciliación”. Tras burlar a todos sus enemigos, tras doblar la mano de Rajoy en un pulso inútil, Esperanza Aguirre, en una maniobra delicadísima, había burlado a Dios. Con un beso, como todos.

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