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ANÁLISIS

Reforma política o ruptura

Hay una Cataluña decidida a separarse de España. Es una realidad social inequívoca

Quizá hemos creído demasiado a rajatabla que un nuevo discurso político coloniza en forma unánime corazones y cabezas catalanes, sin respiro y sin tasa. En palabras de Kapuscinski, podría parecer que la historia contada por los medios está suplantando la historia de verdad. Pero precisamente por esquemático, el principio es insuficiente: habrá sin duda catalanes delirantes o paranoicos con la independencia, pero esas metáforas diagnósticas confunden más que aclaran.

En una democracia ultramoderna y ultramediática como la catalana, esa unanimidad no puede ser más que una parte de la verdad, seguramente una parte interesada de la verdad. Ni todos los medios que circulan en Cataluña han virado hacia el independentismo ni tampoco la sociedad actúa o siente como un solo hombre. Pero eso no significa que el empuje y la movilización por la independencia sean artificiales o nebulosas: no hay ninguna burbuja ni hay subidón accidental.Quizá lo hubo, pero ya no lo hay. Desde hace dos años el independentismo nativo o genuino ha atraído hacia sí a un independentismo converso, probablemente nacido a medias de la desesperación ante la la crisis y a medias del despecho ante el desdén sobre todo de la derecha española (y la incapacidad persuasiva de la izquierda).

Hay una Cataluña compactamente decidida a separarse de España, y lo está haciendo de veras en su intimidad

Esa nueva realidad es incontestable porque es además una realidad anclada en sentimientos (tan difíciles de desactivar como todos los sentimientos). Lo que sí puede contestarse es la reducción de la pluralidad de la sociedad catalana al frente de viejos y nuevos independentistas porque esa suma, siendo muy grande, no atrapa ni resume la complejidad del país. Sin embargo, demasiadas veces los medios públicos, una parte de los privados y numerosos intelectuales y políticos han actuado y hablado fingiendo esa unanimidad del movimiento nacional por la independencia. Quizá porque el electorado simpatizante con un proyecto de España social y federal carece de referente creíble o potente hoy en día.

El sortilegio decisivo para esa suma fue el derecho a decidir: ha funcionado como auténtica cola de contacto para impacientes, pero también para oportunistas. Para muchos, quizá para la mayoría de sus partidarios, es la expresión metafórica de una decisión ya tomada, que es la independencia; para otros, es una forma de expresar el hartazgo o la desilusión ante una convivencia con el Estado averiada, o quizá sólo desmochada y ajada. Tanto el lenguaje de los medios públicos catalanes (y algunos privados) como el de los políticos del frente independentista presupone una colectividad unida bajo una nueva bandera, la estelada. Una y otra vez, el lenguaje de los sobrentendidos percute sobre la misma idea: la situación se ha hecho irreversible y la separación ha empezado ya. Por eso es un proceso, porque hay una Cataluña compactamente decidida a separarse de España, y lo está haciendo de veras en su intimidad, en su aversión a España, en su impaciencia y en su movilización. Esa es una realidad social inequívoca y flagrante.

Es una reforma inaplazable por la misma razón por la que el independentismo siente que el proceso es irreversible

La pregunta real es si en Cataluña ha encogido hasta la extinción una actitud menos temperamental o emocional, un análisis menos desesperado o terminante. ¿Existe una Cataluña que cree en la redefinición de las relaciones con el Estado como mejor solución frente a la independencia? Las encuestas dicen que sí existe, alguna publicada en este mismo periódico, y lo dicen sin dejar a esos ciudadanos en una posición testimonial o sólo numantina. Mayoritariamente el votante de PSC, ICV, Podemos y Ciutadans está a favor de un modelo federal o federalizante, mientras que el 40% del electorado de CiU ve bien esa misma solución antes que la ruptura. Esa realidad social está infrarrepresentada en los medios públicos catalanes y su movilización ha sido tardía a la fuerza: nadie se moviliza por una causa cuyo cauce de solución natural y obvio es precisamente el sistema democrático.

Esa Cataluña no es silenciosa: esa Cataluña no está movilizada porque confía en los mecanismos de reforma política a través de los partidos y los pactos, las propuestas electorales y las alianzas de poder. Y también cree, me parece, que 40 años después de la muerte de Franco esa reforma estructural puede corregir la distancia entre un Estado construido en y para condiciones ya desaparecidas y una sociedad que vive otro presente, el de la actualidad. Es una reforma inaplazable por la misma razón por la que el independentismo siente que el proceso es irreversible. No hay tercera vía; sólo hay dos: reforma política o ruptura. 

Jordi Gracia es profesor y ensayista.