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TRIBUNA

Contra los referéndums

Las opciones que se les ofrecen a los ciudadanos son simples y poco matizadas

Una vez más, se ha demostrado que el referéndum es un mal método de ejercer la democracia. La democracia no es sólo votar, sino que es un proceso más complejo, en el cual las diversas opciones deben deliberar, según unas reglas preestablecidas, para alcanzar la mejor solución posible al problema que se plantea y, al final, adoptar decisiones por mayoría. El voto directo de los ciudadanos sólo expresa la suma de sus voluntades individuales, pero no asegura que estas voluntades se hayan formado de una manera adecuada a los fines que se pretenden, es decir, no asegura que los votantes, todos los ciudadanos, sean plenamente conocedores de todas las consecuencias de su voto y de que este sirva a sus propios intereses.

La democracia liberal, la que se practica hoy en los países de cultura política semejante a la nuestra, es fundamentalmente una democracia representativa, aquella que consiste en que los ciudadanos elijan a sus representantes entre las personas que les susciten confianza. Esta confianza no es ilimitada, sino que se otorga por un periodo tiempo, hasta las próximas elecciones o, excepcionalmente, en los sistemas parlamentarios, hasta una disolución del Parlamento por la imposibilidad de gobernar, es decir, de seguir suscitando confianza a una mayoría.

Por tanto, la democracia no pretende sólo que la voluntad del pueblo se exprese, sino también que lo haga de la manera más acertada posible. Por ello, en las democracias representativas el ciudadano deposita su confianza en aquellas personas —los políticos, agrupados en partidos— que considera son defensoras de sus intereses, están técnicamente bien preparadas y son honestas en sus comportamientos personales.

En definitiva, en una democracia representativa, el ciudadano considera que estos grupos de personas están mejor preparadas que él mismo para resolver los asuntos públicos. Les da a los elegidos un voto de confianza por un determinado tiempo y si, tras ese periodo, queda descontento, les retira la confianza. Por tanto, el voto no refleja una voluntad popular, un mito metafísico que todavía perdura, sino que otorga su confianza en los grupos políticos para que ejerzan el poder, un poder dividido y sometido a controles mutuos de muy diverso tipo.

Los referéndums, por tanto, son un mal procedimiento para la toma de decisiones. Muchos ciudadanos desconocen la problemática acerca de aquello sobre lo que les hacen votar, las opciones que se le ofrecen son simples y poco matizadas, la propaganda gubernamental es arrasadora, el ciudadano vota más con el corazón que con el cerebro. Una de las lecciones del referéndum escocés es que se trata de un método de participación democrática muy primitivo e imperfecto, que sólo es aceptable en casos excepcionales y muy bien justificados, normalmente como complemento de la democracia representativa.