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“¡Caudillo Blas Piñar!”

Era fácil verle rodeado de pequeñas masas, en mítines o recordatorios de la muerte de Franco

Notario de profesión, se ofrecía como nuevo caudillo para continuar la obra del dictador muerto

Blas Piñar (segundo por la izquierda), conmemorado el XXVII aniversario de la muerte de Franco. Ampliar foto
Blas Piñar (segundo por la izquierda), conmemorado el XXVII aniversario de la muerte de Franco.

Unas veces en el corazón de Madrid y otras en mítines y recordatorios de la muerte de Franco, no era difícil tropezarse con las (pequeñas) masas que rodeaban a un hombre de verbo encendido y pelo perpetuamente engominado, al que gritaban a pleno pulmón: “¡Caudillo Blas Piñar!”, en medio del tremolar de banderas, camisas arremangadas y boinas rojas, subrayando sus gravísimas advertencias contra “el avance de los rojos”, “la división de España” y otros terribles males que aguardaban a la Patria.

En efecto: Blas Piñar, notario de profesión, se ofrecía como nuevo caudillo para continuar la obra del dictador muerto en noviembre de 1975, que se había autoproclamado “Caudillo de España por la gracia de Dios”. Muerto este hombre e instalados en el poder un Rey y, sobre todo, un primer ministro sospechoso y traidor para ellos (Adolfo Suárez), los neofranquistas cayeron en cismas que les impidieron actuar al unísono y reconocer entre ellos a un Jefe. Blas Piñar no era falangista –Manuel Vicent le describió como un “católico de camisa blanca” – y todavía menos era capaz de seguir a los “siete magníficos”, aquellos exministros de Franco que abrazaron la oferta de Manuel Fraga para participar en la democracia. El fraguismo no consiguió gran cosa en los primeros compases electorales de la Transición –solo 16 escaños en junio de 1977- , pero Blas Piñar fracasó al intentar la cuadratura del círculo, esto es, denunciar al democracia mientras pretendía ser elegido senador.

Comprendida la lección, los grupúsculos neofranquistas concentraron sus votos y en las elecciones de 1979 lograron un escaño para Blas Piñar, que se pasó casi cuatro años en el Congreso. Pero influyó bastante poco. La irrupción de la tropa de Antonio Tejero, el 23 de febrero de 1981, le sorprendió en el escaño y tuvo que aguantar 18 horas de secuestro como los demás diputados. Tras las elecciones de 1982 (las del primer triunfo de Felipe González), Piñar perdió el escaño y Fuerza Nueva se disolvió como partido, dejando una deuda considerable. Entonces trató de imitar a los movimientos ultraderechistas francés e italiano de la época: cambió la nostalgia franquista por un mensaje de nacionalismo español y espíritu cristiano, y eliminó de entre los suyos los conatos de violencia y coacciones con los que algunos de sus jóvenes cachorros se habían conducido. Incluso llegó a reconocer la Constitución como un “hecho irreversible”. Pero nunca lo consiguió: la derecha española ya había descubierto muchas más posibilidades en la Alianza Popular de Manuel Fraga y, cuando esta llegó a su límite electoral, en el Partido Popular encabezado por José María Aznar, autor de la gran operación de integrar a toda las tendencias de la derecha y del centro bajo un único mando político.

Blas Piñar perdió toda oportunidad. Durante los primeros años de este siglo todavía clamaba contra el peligro de una nación “enferma, obnubilada, agonizante y frívola”, que iba a romperse de un momento a otro, pero dejó en el ambiente más ideas que influencia política. Arrinconado completamente, el caudillo que pretendía continuar a Franco tuvo un papel realmente efímero.

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