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COLUMNA

Atrapados por el pasado

Una nueva clase política no se improvisa de un día para otro

El actual problema de España es que no se atisba proyecto de futuro, no se sabe hacia dónde va. El Gobierno promulga leyes sectarias a plazo fijo, hasta que venga una nueva mayoría; y las medidas económicas y fiscales responden más a impulsos por evitar el precipicio o por seguir las consignas europeas del momento que a una planificación con capacidad para establecer un nuevo modelo productivo. En otras palabras, se gobierna para una parte de la ciudadanía y se gestiona de forma improvisada buscando evitar el mal mayor. No hay horizonte a la vista, un punto de llegada después de la alocada carrera en la que nos metimos durante los años de la supuesta bonanza. La tarea del presente no consiste, pues, en trabajar para el futuro, sino en defendernos de las consecuencias de ese pasado inmediato que nos tiene hipotecado el porvenir. 

Eso vale para casi todo, pero es más flagrante en lo relativo a las cuestiones de ética pública. Si nos damos cuenta, la mayoría de los escándalos que nos saludan a diario son anteriores a la crisis, todos se fraguaron durante el clima de impunidad y golferío que imperó en aquellos años. Lo terrible del caso es que nos han estallado como una bomba de acción retardada, el daño lo ha provocado después del momento en el que fuera colocada. Y las consecuencias saltan a la vista: se acrecienta la desafección, impera el pesimismo, se nos oscurece el futuro. Somos como esos personajes de novela a los que les retorna algún acontecimiento oscuro de su pasado para tomarse su venganza en el presente y acaban siendo devorados por él. 

Es obvio que no podemos seguir así, que necesitamos procesarlos para que no nos sigan arrastrando por la pendiente. Se impone un nuevo comienzo y poder volver a confiar en nuestros políticos y en nuestras instituciones. ¿Pero cómo se hace eso? La etapa de la Transición no nos sirve de mucha ayuda. Allí las condiciones del cambio fueron la renovación (casi) completa de la clase política, la amnistía y el “olvido” de lo anterior. Un verdadero borrón y cuenta nueva. Ahora sabemos, por el contrario, que el presupuesto para el cambio solo puede hacerse desde el “recuerdo” activo y la consiguiente purga de lo que ahora nos acongoja, y con prácticamente los mismos dirigentes y partidos que entonces nos gobernaban. Una nueva clase política no se improvisa de un día para otro. 

Difícil lo tenemos cuando nadie se da por aludido con los escándalos o se anuncian indultos para corruptos condenados. O cuando la política cotidiana se ve sacudida casi a diario por cada pequeño avance judicial, que abunda en la desmoralización colectiva. Para pasar página necesitamos una catarsis que nos permita liberarnos de ese peso. Un nuevo campo de juego, nuevas actitudes radicales compartidas por todos. Sin ellas seguiremos condenados a conducir con el espejo retrovisor, sin esperanza, de espaldas al futuro.