Columna
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‘L’État c’est moi’

Hacienda es de Montoro, la educación es de Wert y la calle es de Fernández Díaz

¿De quién es lo público? La pregunta ofende, lo público es lo que es de todos. Pues no. ¿Se acuerdan de cuando se decía que “Hacienda somos todos”? ¡Nada de eso!, Hacienda es del ministro Montoro. Igual que la educación es del ministro Wert y la calle es del ministro Fernández Díaz, aunque este último ahora la comparta con las empresas de seguridad privada. La patrimonialización de lo público por parte los departamentos ministeriales comienza a ser algo a estudiar. Lo que es de todos o lo eliminan con los recortes, o lo enajenan, como una parte de la sanidad y la seguridad, o lo quieren para ellos solos, como también ocurre con la radio y televisión públicas.

Lo público es de ellos. Han confundido gestión con apropiación. Y esto no tiene nada que ver con la crisis, sino con un “talante”, con una determinada forma de gobernar en la que el mandato electoral se interpreta como un cheque en blanco para administrar lo común como si fuera su propio cortijo. Se han contagiado de eso a lo que Bourdieu se refería como la “nobleza de Estado”, la conversión del bien público en bien privado, “la cosa pública, en su cosa”.

¡Pobre Estado! Hasta ahora siempre pensábamos que estaba relativamente inmune a los vaivenes de los diferentes Gobiernos. En parte porque sus altos cuerpos de funcionarios constituían una formidable barrera frente a la politización de sus funciones. Eso ya es una mera presunción. No es lo que vemos en Hacienda, por ejemplo, donde el poder omnímodo del ministro le sirve para destituirlos cuando le conviene; o, y esto ya roza lo intolerable, se permite la libertad de amenazar a los medios que lo critican en un gesto que delata la intención de que estos deben asimismo plegarse a su voluntad. ¿Quieren apropiárselos también? Tampoco lo percibimos en el poder judicial, tan entregado en su gestión interna a la alianza con los partidos. Ay, estamos solos. El tecnocratismo autoritario de la primera parte de la legislatura se está convirtiendo en autoritarismo tout-court. ¡Esperemos que ahora no digan que Alemania es también responsable de todo esto!

Pero lo que de verdad irrita es que son incapaces de aprender. No parecen haberse enterado de que ya no somos dóciles ciudadanos dispuestos a tragar el reparto de cromos partidista en las instituciones del Estado, ni su prepotencia, ni su pretensión de arrogarse la representación exclusiva del interés nacional. No, la crisis nos ha hecho crecer. Y sabemos que lo público es más nuestro que suyo. Y que la aparente debilidad de la oposición o el freno de la recesión no les dan carta blanca. El colmo es que luego encima se dicen preocupados por la desafección ciudadana. Sí, nos toman por tontos.

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