Tribuna
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Después del ruido

El silencio de las opciones no soberanistas hizo que tardara en oírse la otra voz de Cataluña

Llega a su fin una interminable campaña electoral catalana, que tuvo su inicio, de hecho, inmediatamente después del 11-S. Si pudiera plasmarse en un gráfico de intensidad, estaríamos ya en la parte baja de la curva. La política es propicia a las pasiones, pero las vividas en estos dos últimos meses exceden lo habitual y se nota la fatiga. Pocas cuestiones han captado la atención como el órdago soberanista de Mas. Ha monopolizado las conversaciones ciudadanas, ha creado una verdadera explosión de artículos de opinión, y ha incendiado las redes sociales. Ha entrado ruido en el sistema, mucho ruido, que se ha incrementado con las acusaciones lanzadas por el periódico El Mundo y las correspondientes reacciones de la cúpula de CiU. Con el agravante de que el impacto de esta cuestión no ha podido ser recogida por las encuestas y ha creado una cierta incertidumbre sobre su efecto en el resultado final.

Pocas veces hemos asistido a una discusión más intensa sobre “quiénes somos”, las razones de unos y otros, las virtudes y deficiencias del federalismo, la viabilidad económica y constitucional de la independencia y un sinnúmero de cuestiones asociadas. Con independencia de cuáles sean los resultados de las elecciones, creo que, paradójicamente, el primer balance que cabe establecer es que no hemos avanzado ni un ápice en la comprensión mutua. Lejos de tenderse puentes, tanto la visceralidad de la mayoría de los medios de Madrid como el crescendo mesiánico-redentor de la patria de Artur Mas han favorecido al final la polarización. El relativo silencio —seguramente por su perplejidad— de las opciones no soberanistas del catalanismo, apocadas sin duda por el éxito sin paliativos de la manifestación del 11-S, hizo que tardara en oírse la otra voz de Cataluña, la via media, el tertius genus. Fuera del Manifiesto de los 300, dicha voz, ciertamente apagada, no encontró el eco que merecía.

Si se hiciera una estadística de los temas más tratados, el que se lleva la palma es el relativo a la viabilidad o no de una Cataluña independiente, de su inserción o no en Europa, de las consecuencias económicas de la medida. O sea, el contraste de la utopía independentista con la realidad. Después le sigue, ya de forma menos enfática, la cuestión del federalismo y la reorganización territorial de España como un todo. Eso que desde Cataluña se ha visto como la sorprendente y súbita conversión española al federalismo. Puede interpretarse como un intento casi desesperado por salvar los muebles y tratar de construir a partir de los destrozos. Pero aquí el intento por canalizar racionalmente la cuestión identitaria se acabó quedando cojo porque no supo salirse del guion trazado por Mas. La cuestión relativa a la equidad territorial o el discurso social quedaron en meras anécdotas. El PSC, al menos, no ha sabido incorporarlas a un discurso en el que tuviera la capacidad de rimar con su propuesta federal.

Y esto nos lleva a otras de las consecuencias de la estrategia de CiU, montar una campaña de single issue, de tema único. Casi un referéndum anticipado en el que el derecho a decidir se acaba confundiendo prácticamente con lo que debería ser su resultado. De esta forma ha conseguido llevar a las demás formaciones a su terreno. En el contexto catalán, fuera de las fuerzas políticas estrictamente españolistas, no hay quien pueda negarse al ejercicio de dicho derecho sin recibir una fuerte sanción en las urnas. El problema es que eso no solo no facilita una solución, siempre a más largo plazo, de las espinosas cuestiones constitucionales, sino que consigue incorporarlas así, aunque sea por la vía indirecta, a la propia estrategia de Mas.

Ya veremos cómo se resuelve este tema. Lo más importante, a mi juicio, es que hemos perdido una magnífica ocasión para abundar en las causas del agravio, en la comprensión profunda de las razones que hay detrás de esta explosión de una sociedad que hasta ahora siempre ha dado muestras de moderación y de propensión al diálogo. En ningún momento nos hemos planteado en serio la pregunta del porqué se ha alienado de esta manera, no la hemos sabido dotar del “reconocimiento” que exigía, y ahora que nos muestra su ira preferimos refugiarnos en la viabilidad o irracionalidad de sus propuestas antes de acercarnos humildemente a escuchar sus alegaciones. Si siguen dispuestos a hacerlo, claro.

Si aspiramos a instituir algún orden después del ruido y la furia no queda más remedio que tender puentes, acercarnos, hablar, eso que se hace entre gente civilizada.

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