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Las otras primarias

Borrell ha sido el único candidato a presidente que se sometió a unas primarias

La fórmula no existía con González, y después ni Almunia ni Zapatero tuvieron rival

Josep Borrell saluda a Joaquín Almunia durante el proceso de primarias de 1998. Ampliar foto
Josep Borrell saluda a Joaquín Almunia durante el proceso de primarias de 1998. EFE

Las primarias para elegir los candidatos socialistas son un invento relativamente reciente. Apenas tienen 14 años. Fue en el XXXIV Congreso, en 1997, cuando el PSOE decide incluir este sistema de elección al tiempo que sustituía a Felipe González por Joaquín Almunia en la secretaría general del partido. Impulsadas por el nuevo líder socialista, la militancia abrazaría el novedoso proceso como una fórmula innovadora de democratización del partido. Hasta entonces, el método había sido irrelevante, porque González era el candidato natural.

Casi nadie planteaba otra cosa, desde que en 1974 González se postulara en el XIII Congreso del PSOE en el exilio, en la localidad francesa de Suresnes, para convertirse en primer secretario. El partido no tenía entonces secretario general, sino secretario político, cargo que ejercía el veterano dirigente vizcaíno Nicolás Redondo, desde 1972, cuando Rodolfo Llopis fue descabalgado del puesto. Los jóvenes opositores de este último no se atrevieron a sustituirlo y optaron por crear el cargo de secretario político.

El apelativo le duró poco a González, que enseguida recuperó el viejo nombre oficial del principal dirigente socialista. Revalidaría el puesto en los años siguientes, aunque estuvo a punto de no hacerlo en 1979, cuando se negó a presentarse porque la mayoría había aprobado una ponencia marxista, lo que desencadenó casi cinco meses de descabezamiento de la dirección socialista.

Hasta que, en un congreso extraordinario en el otoño de ese año, vuelve a ser elegido secretario general y reforma la ejecutiva. En todos esos procesos, González llevó siempre una lista de candidatura, para someterla a votación. En el XXIX Congreso, en el otoño de 1981, sin candidatura alternativa, el secretario general recibe una abrumadora mayoría que sería criticada por ser una votación “a la búlgara”. González logró así ser el candidato en las elecciones de 1982, que ganaría con la bandera del cambio, en lo social y en lo económico.

En 1997 el PSOE incluye este sistema al tiempo que sustituye a Felipe González por Joaquín Almunia como secretario general

Pero llega 1996 y González pierde las elecciones frente a un joven José María Aznar (PP) y anuncia su marcha, ante la consternación de los principales dirigentes. El partido entra en crisis porque el recambio para el ya veterano líder, muy desgastado por haber perdido las elecciones tras 14 años de Gobierno y especialmente la corrupción en sus filas y el terrorismo desde el Estado de los GAL, se torna difícil. González deja paso a Almunia en la secretaría general y el partido se autoimpone un nuevo sistema para elegir a sus candidatos, con la ilusión de abrir un periodo más democrático para elegir al sucesor.

La novedad del sistema estriba en que cualquier militante puede postularse como aspirante, siempre que lo propongan la Comisión Ejecutiva Federal (por mayoría de sus 34 miembros, que hoy son 32), el aval del 15% de los 204 miembros del Comité Federal, la mayoría del Consejo Territorial (los barones) y el 7% de los militantes (hoy el requisito ha subido al 10% de la militancia), lo que entonces suponía un mínimo de 26.810 firmas. Se suponía que era una fórmula para llenar de savia nueva los mandos. Sin embargo, no era esa la idea del aparato.

Almunia decide convocar primarias con la única intención de ratificarse como candidato socialista. Contra todo pronóstico, el entonces exministro de Obras Públicas, Josep Borrell, se postula como rival y logra, tras una dura campaña, en la que reprocha al aparato el constante boicoteo a su candidatura, alzarse con la victoria. Pero el éxito le dura poco.

Poco más de un año después de las primarias, el candidato a la Presidencia decide marcharse antes de que le empujen a hacerlo. En la primavera de 1999, EL PAÍS saca a la luz que dos antiguos colaboradores de su época como secretario de Hacienda (1984-1991), Ernesto de Aguiar y Josep María Huguet, están siendo investigados por fraude fiscal. Borrell se marcha. “No se trata de mantener la carrera a cualquier precio y creo que el cumplimiento estricto de la legalidad no basta”, justifica él su abandono. Fue el último candidato a presidente del Gobierno que se ha sometido a unas primarias. Y también el único. Porque ni su sucesor, Joaquín Almunia, ni el siguiente candidato, José Luis Rodríguez Zapatero tuvieron que someterse a la fórmula, al no postularse más rivales.

En el caso de Zapatero la falta de primarias vino condicionada porque ya antes se había sometido a un proceso de refundación del partido.

La crisis abierta en el partido por el fracaso electoral de Almunia en las elecciones generales del 12 de marzo de 2000 se resuelve en un congreso ordinario en julio. A él acuden como candidatos un desconocido diputado de León, José Luis Rodríguez Zapatero, el veterano presidente de Castilla-La Manca, José Bono, la exministra de Asuntos Sociales, Matilde Fernández, y la entonces eurodiputada Rosa Díez.

Y Zapatero se impone, ante la sorpresa de todos, únicamente por nueve votos. Su victoria llena de nuevos aires el partido con la entrada en el aparato de la corriente fundada por el propio Zapatero junto a Trinidad Jiménez, José Blanco, Jesús Caldera, Juan Fernando López Aguilar y Jordi Sevilla.

“Bono hizo una campaña muy dura, sobre todo en Andalucía , Extremadura y Asturias”, recuerda Matilde Fernández, hoy diputada regional en Madrid. “Muchos compañeros entendieron que el comportamiento no iba a ser integrador y optaron por el voto útil a Zapatero”. De Bono, explica Fernández, vinculada a la corriente guerrista, no gustaba tampoco su posición moderada y su catolicismo, “que no se correspondía con el concepto laico de muchos sectores del partido”.

La victoria de Zapatero supuso la retirada temporal de Bono, hasta que lo rescató como ministro de Defensa, tras ganar las elecciones generales de 2004. Rosa Díez abandonó el partido y Matilde Fernández regresó a la militancia de base.

Entretanto, las primarias se han seguido utilizando, aunque solo para procesos de elección de candidatos municipales y autonómicos. La tradición es que ganen los aspirantes apoyados por la dirección del partido, aunque ha habido excepciones, siempre en Madrid. En junio de 1998, los militantes madrileños optaron por el exministro Fernando Morán frente al primer presidente de la Comunidad de Madrid, Joaquín Leguina. El pasado octubre, la militancia eligió a su secretario general, Tomás Gómez, frente a la candidata que prefería el presidente Zapatero y la dirección federal, la actual ministra de Asuntos Exteriores, Trinidad Jiménez. En este caso es dudoso que fuera una excepción a la tradición, porque Gómez controlaba el aparato regional.

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