Cómo el machismo impide terminar con el sida

El último informe de ONUsida se centra en cómo las desigualdades, incluida la de género, frenan la batalla para acabar con la pandemia de VIH en 2030

Una usuaria del servicio de metadona en Mozambique.
Una usuaria del servicio de metadona en Mozambique.Óscar Corral

El machismo perjudica la salud. En su último informe, ONUsida lo señala como uno de los grandes obstáculos que frenan la lucha contra el VIH, de formas que no siempre son evidentes. Un ejemplo: el riesgo de infección aumenta un 50% en niñas sin escolarizar, lo que, en parte, explica que las jóvenes y adolescentes (de 15 a 24 años) tengan tres veces más probabilidades de contraerla que los chicos de su misma edad en África Subsahariana, la región con más incidencia del planeta.

“El mundo no podrá derrotar al sida mientras refuerza el patriarcado”, enfatiza Winnie Byanyima, directora ejecutiva de ONUsida, en la actualización de su informe anual, que este año se centra en analizar cómo las inequidades son una barrera para terminar con la pandemia de VIH. Sucede en todo el mundo y con diferentes tipos de desigualdades: de riqueza, de edad y de género. Y es especialmente acusada entre hombres y mujeres en el África subsahariana, donde ellas registraron el 63% de las nuevas infecciones en 2021.

“Necesitamos abordar las desigualdades cruzadas que enfrentan las mujeres. En áreas de alta incidencia de VIH, las que sufren violencia por parte de su pareja tienen hasta 50% más probabilidades de contraer el VIH. En 33 países, entre 2015 y 2021, solo el 41% de las mujeres casadas de entre 15 y 24 años podían tomar sus propias decisiones sobre salud sexual. La única hoja de ruta efectiva para terminar con el sida, alcanzar los objetivos de desarrollo sostenible y garantizar la salud, los derechos y la prosperidad, es una hoja de ruta feminista”, asegura Byanyima, que ha charlado con EL PAÍS antes de la presentación del informe.

El mundo no podrá derrotar al sida mientras refuerza el patriarcado
Winnie Byanyima

Byanyima vuelve al ejemplo de la escolarización. Aunque las brechas entre niños y niñas se están acortando en África, las adolescentes todavía están por detrás de los chicos a la hora de terminar la secundaria: un 26% frente a un 29%, según datos de la Unesco. “El problema es que cuando ellas no están en la escuela se exponen a situaciones en las que tienen sexo no deseado”, señala.

Detrás de esto, dice, hay estructuras patriarcales que marginan a las mujeres y no les dejan tomar sus decisiones en buena parte del mundo. Y esto no solo afecta a ellas, los hombres también se ven perjudicados. “Las masculinidades tóxicas les disuaden de buscar atención. Mientras que el 80% de las mujeres que viven con VIH acceden a un tratamiento, este porcentaje baja al 70% en hombres”, reza el informe.

Esta realidad supone un verdadero obstáculo para la consecución de los objetivos internacionales de erradicación del sida, que pasan por la conocida como estrategia 90-90-90 para 2030. Consiste en que el 90% de quienes padecen VIH debería esté diagnosticado ese año; que el 90% de ellos siga el tratamiento, y que el 90% de estos tengan una carga viral indetectable, lo que conlleva que dejan de contagiar a otras personas.

Según el último informe de ONUsida, publicado en julio, los progresos no son suficientes para alcanzar la meta. El año pasado se produjeron 1,5 millones de contagios y murieron 650.000 personas por culpa del sida. Aunque la enfermedad sigue retrocediendo, lo hace a un ritmo menor del que se venía produciendo: con un descenso del 3,6%, es la menor bajada anual desde 2016. A ese ritmo, el número de nuevas infecciones anuales superará los 1,2 millones en 2025, año en el que la ONU se ha fijado el objetivo de que haya menos de 370.000 nuevos casos.

A pesar de estas cifras, Byanyima asegura que es posible alcanzar las metas de 2030. “Es una cuestión de voluntad política”, dice. “Tenemos los datos de dónde se producen las infecciones y los recursos para evitarlas”, añade. Pero para lograr acabar con el sida como amenaza de salud pública, continúa, en ocho años sería necesario acabar con las desigualdades que denuncia el último informe de ONUsida.

El año pasado se produjeron 1,5 millones de contagios y murieron 650.000 personas por culpa del sida

Además de las inequidades de género, el documento también observa grandes diferencias en función de la edad. Mientras más de las tres cuartas partes de los adultos que viven con el VIH reciben terapia antirretroviral, esta porción baja a poco más de la mitad de los niños. “Esto tiene consecuencias mortales”. En 2021, los niños representaban solo el 4% de todas las personas que vivían con VIH, pero el 15% de las muertes relacionadas con el sida en el mundo.

“¡Es una vergüenza!”, exclama Byanyima. “Parece que como ellos no pueden hablar y luchar por sus propios derechos nadie lo está haciendo por ellos, así que queremos poner gran énfasis aquí”.

Aunque el sida es un problema mayúsculo en países en desarrollo (en África viven el 70% de las 38,5 millones de personas con VIH en el mundo), también azota a los ricos, que no están exentos de las desigualdades que enumera el informe de ONUsida. Su directora explica que en países como Estados Unidos, Canadá o Australia, las personas indígenas tienen varias veces más riesgo de infección que el resto de la población: “En Estados Unidos, si eres una mujer negra, tus probabilidades de contraer VIH son tan altas como las de un hombre gay en Uganda, un país muy pobre”.

Sida y derechos humanos

El estigma y la discriminación van unidos al sida desde antes de que se descubriera el virus. Aunque lo peor ya quedó atrás en parte del mundo, todavía siguen creando estragos que dificultan enormemente terminar con la pandemia. Algunos datos: el riesgo relativo de contraer el VIH es 35 veces mayor entre las personas que se inyectan drogas que en la población general, cinco veces mayor entre las personas en prisión, 30 veces mayor entre las trabajadoras sexuales, 14 veces mayor entre las mujeres transgénero, 28 veces mayor entre los hombres que tienen sexo con hombres.

Esto no es casualidad y sucede, en buena medida, porque en numerosos países estos colectivos están perseguidos o criminalizados. “En los estados que dejan de criminalizar las relaciones entre personas del mismo sexo vemos cómo las infecciones entre la población gay empieza a decrecer. Sucede lo mismo con los y las trabajadoras sexuales. Es una cuestión de derechos humanos”, asegura Byanyima.

Sharon Lewin, presidenta de la Sociedad Internacional del sida, considera que es un “imperativo moral” poner a las personas con VIH en primer plano en todos los aspectos de la respuesta. “Ya sea en el diseño de ensayos clínicos, la formulación de políticas o cualquier otro aspecto de nuestros esfuerzos, las personas que viven con el VIH y están afectadas por él deben ser no solo beneficiarios, sino también los actores que impulsan nuestros esfuerzos en un mundo plagado de desigualdades”, sostiene.

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Sobre la firma

Pablo Linde

Escribe en EL PAÍS desde 2007 y está especializado en temas sanitarios y de salud. Ha cubierto la pandemia del coronavirus, escrito dos libros y ganado algunos premios en su área. Antes se dedicó varios años al periodismo local en Andalucía.

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