“Las personas con discapacidad hemos vivido mucho el aislamiento”

La activista ciega Yésica Beatriz del Milagro Gutiérrez es coordinadora de Mudeba, una organización que busca brindar apoyo a otras mujeres afectadas a través de capacitaciones adecuadas a sus necesidades

El grupo de Mudeba, en Buenos Aires.
El grupo de Mudeba, en Buenos Aires.Mudeba

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Hasta los 15 años, Yésica Beatriz del Milagro Gutiérrez acumulaba revistas en un cajón de su cuarto con la idea de leerlas en el momento que recuperara la vista. Pensaba que su ceguera era una etapa que podía superar. “Un día me dije: ‘no puedo vivir así. No puedo seguir esperando’. Entonces, decidí tirar todas las cosas que guardaba y eran muy visuales. Fue muy fuerte. Enseguida empecé a ir a una escuela de Braille y ahí me di cuenta de que podía hacer de todo. Aprendí que podía seguir viviendo sin ver”, recuerda esta argentina de 32 años.

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Cuando las mujeres con discapacidad llegan a la edad adulta, la sociedad las sigue viendo como niñas. “Es frecuente que a mi mamá le hablen de mí como su nena. Cuando decidí independizarme, la gente le cuestionaba: ‘cómo le vas a dejar vivir sola’. Es necesario que la sociedad nos empiece a mirar de otra manera y nos permitan tener nuestros proyectos de vida. No hace falta tener una vecina o un pariente con discapacidad para que tomen noción de todo lo que somos capaces de hacer”, expresa la joven, que vive en San Salvador de Jujuy, una ciudad al norte de Argentina.

Gutiérrez tiene retinopatía del prematuro, una enfermedad ocular que puede afectar a bebés que nacen antes de tiempo y que hace que los vasos sanguíneos en la retina crezcan demasiado, lo que puede llevar a la ceguera, como le ocurrió a ella. A los cinco años se le extendió en la retina del ojo derecho y a los once, la del ojo izquierdo. “A raíz de eso, perdí la vista”, dice.

En su madurez, Yésica encontró su propósito: brindar apoyo para lograr el empoderamiento de otras mujeres con discapacidad. En la provincia de Jujuy hay aproximadamente 5.930, según censos oficiales que cita Gutiérrez, y es difícil encontrar espacios apropiados para su capacitación. “Los hombres con discapacidad tienen muchos más espacios que nosotras para desarrollarse”, señala la activista. En total, un 16% de la población de esta provincia padece algún tipo de discapacidad permanente, y de ellos un 64% padece una de tipo visual. Para dar respuesta a esta situación, se creó la organización Mujeres Derribando Barreras (Mudeba).

Cuando decidí independizarme, la gente cuestionaba a su madre: ‘cómo la vas a dejar vivir sola’. Es necesario que la sociedad nos empiece a mirar de otra manera y nos dejen tener nuestros proyectos de vida

Mudeba cuenta con el proyecto Mujeres que transforman la vida de otras. Allí se brindan cursos de formación profesional, espacios de fortalecimiento personal y talleres para facilitar su vinculación con la sociedad, a fin de lograr su independencia.

“Las personas con discapacidad hemos vivido mucho el aislamiento. En algún momento de nuestras vidas, hemos tenido que estar apartadas de la sociedad porque nos faltaba autonomía e independencia, ya sea por falta de orientación o movilidad, en el caso de la discapacidad visual, o si tenés discapacidad motora probablemente la ciudad no tenga las condiciones para que circules y, en ese caso, vivís en aislamiento constante. Construimos Mudeba desde la vivencia personal, desde los prejuicios, desde nuestros derechos y obligaciones”, dice Gutiérrez.

La organización surgió en marzo de 2018 de una reunión entre cuatro mujeres ciegas. Yésica se sumó al tercer encuentro. “En ese momento, tenía que hacer una tesina para mi carrera y el tema que me interesaba trabajar era la autoestima de las mujeres con discapacidad”, cuenta Yésica, que estudia psicología.

Para ella, es muy difícil que una persona con discapacidad pueda terminar los estudios universitarios. La joven concreta: “Muchas universidades no tienen propuestas accesibles. Se espera que todos puedan hacer las mismas cosas. Yo tuve que esforzarme el triple y sufrí actos discriminatorios, que, en el momento de cursar mis estudios, minimizaba”.

Pero no los olvida. Recurrentemente, Yésica se iba llorando de las clases. Una profesora le exigía interpretar de alguna manera los test psicodiagnósticos. Recuerda: “Era muy frustrante porque no tenía una solución. No podía verlos. Esa misma profesora, cada vez que yo levantaba la mano para decir algo, hacía que no me veía y no me dejaba hablar. Incluso, una vez me dijo que iba a causar mucho daño a mis pacientes por no poder verlos”. En ese entonces, Yésica estaba en el cuarto año de la carrera y por esos actos discriminatorios, ella dejó de estudiar por tres años.

Mi profesora llegó a decirme que iba a causar mucho daño a mis pacientes por no poder verlos”, cuenta la estudiante de psicología. Estaba en su último año de carrera y lo abandonó por la presión y la discriminación

En Mudeba se fue creando un espacio de reciprocidad y trabajo colaborativo. “El grupo que se armó me encanta y además me ayudó a descubrirme a mí como una persona ciega. Me ayudaron a darme cuenta de que no tengo que hacer lo mismo que una persona que ve, sino hacer las cosas hasta donde yo puedo”, reflexiona Gutiérrez. En este espacio, ella descubrió que tenía derechos y que tenía que defenderlos. Así fue como decidió volver a la facultad y la retomó con una actitud distinta. Ahora siente que ser parte de la organización la empoderó un montón. En Mudeba hay mujeres que ya terminaron sus carreras en universidades, que ya fueron madres o que crearon sus proyectos de vida; compartir esas experiencias son de gran ayuda para derribar prejuicios.

En total son 35 mujeres con discapacidad que se reúnen al menos cada 15 días. Cada integrante puede proponer un tema para capacitarse. Ya se trabajó en talleres de inteligencia emocional, orientación vocacional, inclusión laboral, informática y educación sexual, entre otros. “Una dice ‘yo quiero hacer un curso de tal cosa’, lo genera y las coordinadoras le damos el soporte para que se pueda llevar adelante. Es todo muy autogestionado. El año pasado, las chicas querían aprender maquillaje. Buscamos profesionales, pero antes los capacitamos para que pudieran enseñar a mujeres ciegas a maquillarse o a mujeres con discapacidad motriz con técnicas que ellas puedan usar”, cuenta Yésica, que es una de las coordinadoras voluntarias de la organización. Su papel es acompañar en las actividades para que se puedan llevar a cabo.

Seguir pese al coronavirus

La pandemia generó angustia a las integrantes del grupo porque suspendió los encuentros presenciales. “Para nosotras era importante ese vínculo. Con el aislamiento fue difícil mantener el contacto. Algunas mujeres no sabían manejar WhatsApp y no nos podíamos comunicar. Empezamos a llamar al teléfono de línea, estas conversaciones eran todo un costo porque las charlas eran largas porque todas necesitaban hablar. Llamabas para ver cómo estaban, y te quedabas hablando dos horas. Me pasó de quedarme sin crédito varias veces. Fue un reto enseñarles a usar el celular a distancia. No podía mostrarles donde están los botones. Ahora, buscamos la forma de juntarnos en plazas cada 15 días y hacer algún encuentro al aire libre”, comenta Yésica.

Todo este año fue una congoja para ella. También se contagió de covid-19. “Los días que tuve el virus me quedé aislada, sola. Mi mamá no podía acercarse porque es mayor y tiene diabetes. Yo sufrí algunos problemas respiratorios, pero lo que más se sentía era la angustia de la incertidumbre”, recuerda. Ella para tomarse la temperatura tenía que hacer una videollamada y mostrar el termómetro. “Por esto de haberme quedado sin trabajo, no tengo internet en casa, cuando se me acababan los datos ya no podía hacer videollamadas. Por suerte tuve buenos vecinos que me traían cosas y me ayudaban bastante”, agrega.

Yésica vive en el barrio Alto Comedero, donde las familias no tienen garantizados servicios esenciales, y residen en condiciones de pobreza. “No tenemos veredas, las paradas de los colectivos no están marcadas, pasa una sola línea por el barrio. A las mujeres con discapacidad motriz les cuesta llegar a la parada. Yo me la rebusco y llego. Me muevo por la orillita”, explica.

Desde la organización hacen mucho trabajo con la sociedad para que las mujeres con discapacidad sean tratadas con igualdad de derechos. Yésica reflexiona: “Queremos que se respeten nuestros derechos, que la sociedad nos vea como iguales, aunque todos seamos diferentes”.

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