Opinión
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Que no se pierda una generación

Reabrir de manera progresiva y segura los centros de cuidados infantiles y preescolares es prioritario para mitigar los efectos devastadores de la pandemia sobre el desarrollo de los niños

Niños de preescolar usan sus tabletas durante una clase en una escuela pública de Montevideo, en medio de la pandemia del nuevo coronavirus covid-19, el 11 de agosto de 2020.
Niños de preescolar usan sus tabletas durante una clase en una escuela pública de Montevideo, en medio de la pandemia del nuevo coronavirus covid-19, el 11 de agosto de 2020.PABLO PORCIUNCULA / AFP

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Si las crisis económicas de los años ochenta del siglo pasado dejaron en América Latina una década perdida, la inmensa crisis sanitaria, económica y social en la que hoy estamos inmersos nos sitúa ante el riesgo de toda una generación perdida. Cientos de millones de niños han dejado de asistir a jardines de infantes y preescolares donde acceden a oportunidades y estímulos en un momento de desarrollo para sus cerebros que no se repetirá en toda su vida. Un tiempo robado por la pandemia que no se puede recuperar y que deja un vacío que afecta a su educación y a su salud física y mental, tanto presentes como futuras. Estamos, por ello, ante una necesidad imperiosa de reabrir, de manera progresiva y segura, los centros de servicios infantiles.

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La particular elasticidad que presenta el cerebro humano en los primeros cinco años de existencia hace que lo que suceda en esa etapa sea determinante para toda la vida. Las neuronas pueden llegar a formar hasta mil nuevas conexiones diarias y la calidad del desarrollo neuronal afectará las emociones, la salud y el desempeño escolar los niños, pero también la productividad, los ingresos futuros y el potencial para eliminar la pobreza intergeneracional.

Los centros infantiles proveen estímulos para los niños y les ofrecen las interacciones que necesitan para su desarrollo, pero su beneficio va mucho más allá de ser meros espacios de aprendizaje. Frecuentemente, y de manera particular en América Latina y el Caribe, son espacios de acceso a servicios de salud física y mental y de alimentación adecuadas, a la par que juegan un papel determinante en la prevención y detección de la violencia doméstica. Son, además, fundamentales para los niños que crecen en hogares vulnerables y que están menos expuestos a oportunidades de aprendizaje, a quienes el cierre de los servicios de primera infancia afecta de manera desproporcionada.

La eliminación de las oportunidades de aprendizaje y de acceso a servicios sociales provocada por el cierre de los centros infantiles está ampliando las brechas de desarrollo. El aumento del incumplimiento de los calendarios de vacunación, que a menudo se completan en estos centros, la mayor inseguridad alimentaria y el sedentarismo, la interrupción de los patrones del sueño o la falta de socialización son, asimismo, efectos colaterales y de severas repercusiones.

La particular elasticidad que presenta el cerebro humano en los primeros cinco años de existencia hace que lo que suceda en esa etapa sea determinante para toda la vida

Junto a las enormes pérdidas individuales, las consecuencias agregadas son devastadoras en términos de capital humano para la economía de los países de América Latina y el Caribe. Según un reciente estudio publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), seis meses de cierre de centros preescolares suponen una pérdida de 4,1% del PIB en México, 5,3% en Perú, 3,3% en Ecuador y 4,4% en Costa Rica. Y ya han pasado nueve meses de estos cierres.

La pandemia ha generado, a su vez, una profunda alteración de la distribución de las tareas domésticas y la rutina familiar. Al cuidado de los niños pequeños y a la escolaridad virtual se añaden presiones para los padres, madres y cuidadores provocadas por los riesgos sanitarios o la pérdida de empleo y poder adquisitivo. Las más afectadas son las mujeres que ya antes de la pandemia experimentaban profundas brechas de género y que, en América Latina y el Caribe, dedicaban más del doble de horas no remuneradas que sus parejas masculinas a tareas de atención y cuidado de la casa. La obligación de asumir ahora el incremento de las tareas domésticas y la tele-escolaridad ha obligado a muchas madres a renunciar a sus empleos para cuidar de los más pequeños, afectando no solo su capacidad de participar en el mercado laboral, sino su futura carrera profesional. Esto generará un gran impacto en el empleo femenino de la región, con consecuencias de largo plazo.

Si bien muchos programas de desarrollo han apoyado a las familias con recursos pedagógicos vía correo electrónico o plataformas de mensajería instantánea, ni el cumplimiento de los calendarios de vacunación, ni la inseguridad alimentaria, ni el maltrato infantil pueden resolverse “vía chat” y requieren de servicios presenciales. Es fundamental, por tanto, discutir con carácter urgente estrategias de reapertura de centros y preescolares en las condiciones más seguras y efectivas, que protejan a los cuidadores, que aligeren la carga de los padres y que, sobre todo, impidan que una generación entera de niños tenga acceso a mejores oportunidades de aprendizaje y desarrollo.

Marcelo Cabrol es gerente del sector social del Banco Interamericano de Desarrollo.

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